Observador


Llueve, tras el estallido fosforescente que cubrió la ciudad, llueve, en medio de esta calima sensual que instiga a lo que brota a confabularse con la vida de mañana.Y ahí, en un reducto domesticado de la naturaleza, en un parque de las afueras de un lugar cualquiera, se entremezclan hechos quizá intrascendentes, de seres quizá minúsculos y que tejen en cada instante el lienzo de un momento que quedara en la retina del transeúnte que observa.

Tanto es dentro como fuera, las mismas fuerzas alcanzan a forjar los astros como ese polen que cerca los charcos, se dice, el que mira con afán de ver.

Y llueve, y se queda absorto en la gota que pende de las rama desnuda, en esa gota que pareciera atentar a las leyes de la gravedad con su persistirse, en las cientos de gotas, miles, millones de gotas que oscilan en sutil equilibrio antes de la caída entre lo enrevesado del ramaje.

Minúsculas esferas que parecieran atrapan el mundo en su interior para ponerlo panza arriba, estáticas pese al aguacero arreciando, sujetas a una extraña voluntad que las mantiene titilando como luceros en la madrugada.
El observador admira la idea y abraza la belleza cuando lo inasible lo alcanza.
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