Momento angular




Los semáforos obcecados en el orden continúan con su dinámica de colores. Petirrojos y gorriones no atienden a razones, y revolotean, y canturrean ajenos a la grandilocuencia de un decorado sin figurantes, al silencio impuesto de las aceras.

Soy una desertora, lo sé. Más ahora, cuando la ciudad dormita sacudida por el aguacero y todo lo inerte adquiere musicalidad, cuando se estampan las gotas y los pulmones henchidos de aroma de adormideras te empujan al espacio de reencuentro. 
Todos duermen, indiferentes a este momento, debidos, productivos mañana y esta bien, siento el privilegio de la desnudez que ofrece la madrugada, de esta belleza que no va de la mano de lo estructurado, también un dolor añejo en los pies, la impresión del tiempo del que camina entre guijarros.

Otra madrugada, otro amanecer y el trascurso agrietando la persistencia, la piel abrasada dulcemente por las manecillas hasta someterla en la caducidad. 
Y todo esta bien.

Soy una desertora, lo sé.

Que asustadiza andaba la luna... ¿La viste ayer?

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