La entropia y las sirenas




Observo entretejidas con agua y viento pedazos de vísceras diseminándose en las rocas.

“Solo hacia falta tiempo y salitre para reblandecer el cuerpo, para mermar la terquedad de la carne y ver como, en estallido
s contra el arrecife, de nuevo, todo ese amasijo átono de nervios y sangre se tornaba vibrante exclamación y yo estaría allí, dispuesta a impregnarse de nuevo.”

Estas fueron sus palabras tras nuestro primer encuentro, cuando delirante entre sollozos los agentes consiguieron alcanzar su vestido y ponerla a salvo sobre el malecón e introducirla en la ambulancia.
Pasados los años, asistiendo como espectador del escándalo y como sondeador de motivos, puedo afirmar que carezco de la entidad moral para señalar la culpa en una dirección única, la del individuo. Así pues, esto pudiera ser otra historia mas de angustia y desgarro, otro ser abatido por la entropía emocional o quizá una victima que sumar a la caprichosa genética. La convulsión química y estremecedora de una simple vida.

Transcurridas las semanas, y tras varias entrevistas con ella, no logre dilucidar como logro arrastrar el cadáver a lo largo y ancho del puerto, esquivando los corrillos de las mujeres pálidas reunidas entorno al café, inmersas en sus bacanales de repostería y secretos de cocción, parecían no haberse percatado de la joven del vestido purpura, caminando las horas y el sendero de guijarros que bajaba al mar, explorando el firmamento turbio de su memoria con los restos de su amante cargados a sus espaldas.
Ni tan siquiera los antaño lobos de mar, vigilantes del atardecer sobre la bahía, eran capaces de recordar a esa muchacha de mirada esquiva y piel de blanca muselina, antes del inesperado azote de las sirenas de la policía y las ambulancias.


Podría uno dejarse seducir por la fantasía y visualizarla como un ente liquido, traslucido y etéreo, mientras sobre el rompiente retó la voracidad del mar con los brazos abiertos durante dos largos días, antes de que alguien por fin fuera participe de su presencia, alertado por el anormal numero de famèlicos perros merodeando y aullando escandalosamente sobre la zona en la que ella se encontraba.

Recuerdo con cierta inquietud, la octava y ultima vez que la vi. Se incorporo fatigosamente de la cama del hospital, emergiendo como una promesa de la penumbra de la habitación. Mirándola a los ojos, sentí el destello fugaz de lo imposible en el interior de esos ojos , que revelaban el magnetismo de una nada abisal. Se alzo sobre sus rodillas, temblorosas en principio, una vez libere sus extremidades de los grilletes, y pese a estar entumecida por las horas de inmovilidad y sedacion caminaba con una sutileza propia de los juncos. Con cierta parsimonia se acerco hasta el ventanal para abrirlo, y mirar con desden los barrotes antes de girarse y sonreír, comenzando así a relatar su historia.

“Aquella madrugada lo visite, como todas las noches en las que los latigazos de la luna lo obligaban a deambular sin aire por un tiempo imperfecto y lleno de dolor. Tejía versos, cosía pedazos de belleza y esperanza con los que me arropaba, y taponaba a su vez las llagas de poeta. Lo abrace, buscando su calidez, pero estaba frió, tendido como una flor muerta entre las hojas de un viejo libro, solo destilaba silencio. Apoye mi mejilla sobre su mejilla y su cabeza no batallaba por mantenerse mis labios. Sentí la dentellada del hielo en mi boca y la defunción de las palabras. Agarre su cuerpo que yacía sobre la alfombra, rendido al desencanto, rodeado de vómitos y botellas vacías de licor y decidí, esperar que la materia de desmadejara bajo el azote del mar. Que se alimentaran de el las gaviotas y cangrejos, que los niños hicieran castillos de arena con sus huesos molidos, que su sangre y sus vísceras se fusionaran con el agua y la sal, para así lograr que su esencia se difundiera en direcciones infinitas. Para poder abrazarlo, para volver a sentir tibieza sobre mi piel y ya, cuando la ultima partícula que lo conformo se libere de su antigua forma, me desvanecería con el”


Tras nuestra breve entrevista, su tendente pensamiento mágico me hacia intuir un cierto grado de enajenación, sus delirios emanaban una búsqueda de trascendencia para no llegar a asumir la realidad de la perdida, pero mi diagnostico era ciertamente optimista, señalando la posibilidad de su rehabilitación mental tras un adecuado tratamiento y terapia.

En medio de la mas prolongada borrasca que tomo esta ciudad, meses mas tarde de nuestro encuentro, una indescriptible bruma alcanzo los jardines del psiquiátrico. Como contó uno de los pacientes, la naturaleza parecía rebelarse. Las currucas cantaban como endiabladas y la hierba crepitaba, parecíera que las mismas estrellas se descascarillaran mientras lentamente la muchacha de muselina se desvaneció, como un garabato de tiza ante los ojos perdidos de los locos.

A fecha de hoy, solo tengo la extraña sensación de que aquel suceso, que en las tascas de la costa se extendió como la historia de "El poeta y la sirena”, se escapaba de lo habitual.

Bueno, quizás la existencia sin un ápice de misterio, nos encerraría en mundo frió y lleno de racionalidad, aunque el amor, pues nunca dejo de resultar un golpe de estado a la razón.
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