Cuando cantan las putas...


Velvet Underground-Venus In Furs

En la calle de las putas, el farolillo colorado se encendía en el segundo repique del campanario, al llamado del atardecer. Felisa, una portuguesa de escasas carnes, angulosa como su historia, de la que solo como pinceladas de un ciego dejaba entrever las noches que los whiskys aun aguados agujereaban sus tripas, se encargaba del encendido del local. Era entonces que como barcos a la deriva, comenzaba el trasegar de hombres por la calle de la antigua serreria, y era a esas horas, en las que yo hacia mi aparición.
Siempre con su media sonrisa y aquellos ojos hundidos, "la portuguesa" me alborotaba el flequillo, en un ademán que pretendía ser de cariño y que nacía de unos dedos que destilaban tristeza. Tras pagar al taxista cargaba a su hombro mi mochila, su huesuda mano anudaba la mía mientras resuelta me acompañaba en la inmersión hacia esa  penumbra agria, donde ya algunos feligreses buscaban acomodo y redención entre las tetas de las putas.
Pocas cosas habían variado desde mi ultima visita, las tulipas de grecas afrancesadas estaban siendo veladas por las horas de soledades compartidas y alcohol, por esa patina ocre que la nicotina y el abandono del tiempo impregnaba en las paredes, sobre aquel papel tan cargado de arabescos.
Tan solo yo había cambiado, la redondez de mis rasgos infantiles se desdibujaron, y mi cuerpo ya sugería la llegada de una adolescencia incomoda, donde el mundo se abría mas allá de la necesidad del abrigo de mi madre, ese lugar que siempre se encontraba tras unas pesadas cortinas granates que daban paso a nueve escalones, al final de los cuales, un almacén caótico y desorganizado hacia las veces de oficina y donde, en el rincón mejor iluminado, un sofá cama esperaba mis visitas.
Aquella tarde, la mano de Felisa me oprimía con una determinación enfermiza, y su mirada de recelo y desaprobación obligaba a entornar la cara a los hombres que apoyados en la barra tanteaban los licores y los escotes, sobre todos el de Encarna, una gallega opulenta y de rotundas formas que me narraba historias de su tierra. Leyendas y cuentos heredados todas las madrugadas de mi niñez en que las pesadillas o el sonido de caja registradora me desvelaban, o cuando berreaba espantada por que algún despistado, ebrio de evasiones, equivocaba el camino a los baños.

Allí, tras las cortinas, como una tramoyista en bambalinas estaba ella, con aquel pelo rubio platino, aquellos ojos color miel y ese efluvio mentolado en sus tenues besos, antes de sus invariablemente, numerosos regalos. Ella, mama.


Continuara…
Esperando que alguien lo disfrute... La susodicha.
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