Ay


Hay una tristeza que parece agazapada bajo las bóvedas de las ciudades, que apenas es percibida al dejarse ir sobre el frenesí de las aceras pero, ay, en las salas de espera, ay, en los autobuses, semáforos...ay, en esos momentos en los que la quietud obliga. Es entonces que asalta, que brota de adentro de los ojos, como una epidemia que se extiende silenciosa aprovechando la contención, aprovechando el desconcierto y el otro... como ese cuchicheo de cucarachas esperando la complicidad de la oscuridad para corretear libremente. 

Y es curioso, casi podría decirse que si permaneces atento las vieras avanzar, así, como a brincos cuando las miradas se tornan huidizas y ya ensimismadas hacen de todo espacio una prolongación de soledad.

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