Contrarreloj


Dentelladita de un verso 
suspendido 
en el vació que me toma de la mano

Y que el suspiro entrecortado se abra en grito 
lanzando afrenta al abismo 

que absurdo

hurgar entre los cadáveres
descompuestos
al sol de media tarde

Mastica
se te hace tarde...

A quemarropa...




Todo le resulta una visión de algo que fluye, como el agua de una ciénaga que flameara levemente con el viento, de esa forma también trascurre ante sus ojos el escote que estira una de las putas sin discreción alguna.

El hombre de gabardina marrón piensa, divaga sobre el eco de los pasos que le devuelve la calleja paralela al canal. Camina ensimismado, entre decenas de pupilas que lo jalean e incitan tensas ante la ambición de predominar, anhelando resultar el objeto que destaque y hacerse con la moneda de cambio. Ellas desconocen que ese hombre modesto de mirada esquiva es un predador, un verdugo benigno que aspira arrancarlas el alma, y que este lugar, se le antoja como el fértil coto de caza de variopintos conejos de colores vibrantes y miradas entumecidas, una madriguera para refugiados y malditos en la periferia de la ciudad.

Las grúas gimen lastimeras como mastodontes agónicos acosados por el relente, sus sombras se contonean como larvas sobre las fachadas, inquietas, perturbadas ante los caprichos de los focos de los autos. Camina y camina, pudiera dar la impresión del que aturdido pretendiera en el movimiento redimirse, que caminara mientras la realidad se bambolea a cada paso pero, anda en busca de su tributo a la luna, lleno de ansia y bien armado.

El hombre del abrigo marrón juguetea nerviosamente con la mira telescópica que guarda en uno de sus bolsillos a la espera de la complicidad del espacio y la vulnerabilidad de la carne que herir y profanar. La busca a ella, a esa musa pálida hecha de fósforo y nervios, esa belleza carcomida por la miseria humana que asemeje la angustia vital para poseerla, doblegarla y participar de su mortalidad. Degollar el tiempo que denuncien sus rasgos y acribillarla a disparos, sin contemplación, anudándola así a su memoria como una especie de ungüento frente al vació

 Las farolas parpadean desde el punto más alejado de la callejuela hasta la farola  junto a la que decidió orinar. El aire húmedo sacude su pituitaria, al mismo tiempo que un pulso ionizado se instala en su boca cuando se percata que las nubes van tomando la ciudad. Siente un dolor intenso, como si algo se calcificara y desgarrara su vejiga al sacudir las ultimas gotas de orina, sus piernas se reblandecen, y de nuevo siente la presión de ese tiempo que se le escapa entre las manos. Postrado ante la incertidumbre, con todos los sentidos encendidos, la ve. Anda ausente, como ajena a la propia sensualidad de su cuerpo contoneándose entre la alteridad de la luz, desmenuzando la distancia que los separa con el extraño magnetismo que desprende aquel que es ajeno a la cercanía de lo inevitable.
En un arrebato, el hombre marrón, se parapeta tras unos contenedores dándose el anonimato necesario para ajustar la mira telescópica, y disfruta de la medida lasitud del gato apostado observando al ratón antes de comenzar a consumirla a disparos, sin miramiento alguno, participando de lo efímero y circunstancial de esa musa avocada a la muerte.

Un certero disparo en el pecho junto al rosario de strass da inicio a la bacanal, un numero indeterminado a ese rostro que versátil delata esas cosas que ocurren en los adentros cuando el rostro se deforma ante los disparos, hasta desposeerla, hasta consumir ese brillo que se empeña en ocultar su pelo, y sublimar el abatimiento ante la dejadez de ese cuerpo. Decenas y decenas de disparos antes de verla desaparecer en la nada, tantos como le permitió la memoria de su cámara.




La imagen fotográfica es dramática, hay una lucha entre la voluntad del sujeto de imponer un orden, de erigir un lugar inmutable ante lo efímero y fluctuante. Es un intento de profanar el tiempo a través de la porosidad de los cuerpos, de los objetos, de los espacios que quedos por el instante parecieran pequeños fragmentos de lenguaje que rompieron su inercia para ser escuchados. Instantáneas donde la mirada se hace cómplice del que observó, y nos cede esos fragmentos de difunta belleza.

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