El estanque




Pasear abstraída en los devenires caprichosos de la luz sobre el estanque, era uno de los deliciosos vicios que Sayako se negó abandonar. Esas noches preñadas de luna, se perdía durante horas del mismo tiempo, se dejaba en minúsculos detalles que el agua facetada desplegaba, en el magnético juego chinesco de los arboles mecidos por la extraña musicalidad de la brisa, y en la bruma, atrapando y proyectando efluvios de otras eras en los que la fantasía quebraba las fronteras de la lógica. Era entonces que su mundo de esposa entregada se tornaba libre y su horizonte, ilimitado, como la profundidad de sus cada vez mas prolongados silencios.

Hacia tiempo que Sayako dejo de soñar, imbuida en las rutinas de sus quehaceres al amantisimo servicio hacia aquel que pago su exigua dote, liberándola así, de sus labores de Geisha en un mediocre Okiya.

Sayako, una mujer apagada, una mujer habitada por un oculto anhelo, ese espacio reservado donde aun, sempiternas primaveras invitaban a su esencia a fluir sobre el estanque sin esa extraña patina que mermaba sus antes vivaces gestos.

El, su señor, siempre la azotaba con el ayer, la sometía con el desprecio buscando la asepsia cuando la tocaba, cuando la obligaba al metódico ritual de borrar su piel entre pociones y baños antes de invadir la humedad de sus pliegues, antes de arrojarla con fuerza y un vació animal sobre el futon, donde colmaba su sed ajeno a los requiebros de su cuerpo.

Sucia, así se sentía, amarrada al pasado donde otros se reafirmaron sabiendo doblegada su voluntad, alimentándose del arte que desprendía hasta la mas cortesana de sus miradas.

Quizá por esto, y por la existencia pese a todo de esa ascua con la que fue bendecida, gustaba caminar esas noches claras hasta alcanzar la orilla para, con la pausa propia de los amaneceres en invierno, desnudar sus pies y sumergirlos en una especie de estática sensual que culminaba con el tamborilear de sus manos sobre el agua, una sutil clave que se prolongaba sobre la superficie del estanque.

A su llamada, quebrando el espejo plateado, una hermosa carpa dorada emergía de algún lugar recóndito del estanque, estallando sobre el aire como el mismo sol entre un aguacero de diamantes. Koy acudía a ella, en busca de la calidez de sus dedos. Aquel pequeño pero vertiginoso remolino de escamas agitaba la quietud que como un influjo caía sobre el estanque, hasta alcanzarlos y darlos a su boca para, con el ansia propia del niño, degustarlos, lo que provocaba en el cuerpo de Sayako, el brío de los relámpagos que en plena tormenta hacen gala frente a la oscuridad.

Aquella noche Sayako hundió lentamente su cuerpo entre el lodo, enraizándose entre la mugre, dada a aquella danza efervescente donde Oky la viajaba, colándose entre la calidez de sus pechos, accediendo en la cueva de su amante con la delicadeza de un remanso que se abre a torrente, rompiendo así el castigo del azar sometiéndolos a la lejanía.

Mientras el horizonte se desdibujaba ante su mirada, pensó en cuan rabioso se hubiera mostrado su señor si pudiera contemplarla de esta forma, cubriendo su carne de excrecencias vegetales, arrobada por aquel cuerpecito maloliente dibujando arabescos por cada resquicio de su piel antes de entregar su ultimo aliento a los labios de la dorada carpa.

Ya dado el amanecer, el estanque flameaba con una luminosidad casi mágica, unas delicadas flores blancas emergieron cubriéndolo casi por entero, como si la esencia de aquella silenciosa cortesana hubiera revivió dando lugar a la flor de los lotos.

Y es por esto, deseado lector, que imagino siempre retozan doradas carpas entre flores de loto acariciadas.


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