In the Box...

 Margaret M. de Lange


La adolorida, la que me observa desde el espejo y pretenciosa dice "Yo", alzando así el endeble púlpito desde donde las palabras son suspiros agostando el porvenir, me desprecia, como el amanecer toxico de un vertedero la persistencia de los pájaros.

Clava sus retinas atestadas de paisajes lunares sobre mis desordenadas tripas que rugen de dolor para, con la sutilidad de una soga de seda abrazando la garganta del galgo, susurrar...

"Vamos amor, ven, dejate de una vez"

 "Disculpa, joder, alza tus pies... ¿Acaso no entiendes que pretendo fregar el suelo?"

Oh lector...



Roger Ballen


Como un pez varado en medio de la arena pretendiendo desentrañar la geometría de las margaritas al que nadie llora apuro el cigarro, amparada de la urgencia de la ciudad en la loma trasera del edifico del fracaso.


(Oh lector, emocionate, regodeate en el consuelo, mengua esa jodida sensación de insatisfacción ante la posibilidad de comparativa. Soy generosa, como un lactante cubierto de mierda experimentando con sus manos la forma)

Y mira...



Zzzzra - Mecanographie Phase 2


Que complicado es detener la noche en una imagen, como una efigie mortecina de pura serenidad que nos salvaguarde de la mecánica cruel y ficticia que nos azota más allá del refugio que no alcanza el grado de hogar. 


El minutero es ínfimo en su discurso, y los días trascurren entre paradas de autobús y un conglomerado de retinas correteando frenéticas a golpe de necesidad. Días sin replica ni compensación, en un persistir, vaya a sucederse aquello de los brotes y la alerta previa a la inevitable combustión.

La ciudad se trasluce vestida de cansancio pese a su mascara centelleante y grandilocuente de vidrio y acero, lo denotan los carteles de "Se Vende" de"Se Alquila", aunque permanece postrada al rítmico bamboleo de miles de bolsas llenitas de prótesis momentáneas para vidas que se saben tullidas. Consumo, ergo sum.
La Gran Vía luce como un hervidero de abrigos corriendo de aquí para allá, presurosos en sus rutinarios presidios, intentando así rescatar algo de tiempo en que reclamarse como individuos en el placer.

A esta niebla le faltan condimentos para ser asible, para adquirir la consistencia de un muro franqueable desde donde ya, en su cima, alzar el vuelo lejos del asfixiante ruido del asfalto y entregarse, posibilidad del mundo, vomitando arco iris sobre sus escombros.

Escribo, y me resulta un discurso manido, retornar a mostrar un catalogo de la carcoma del alma frente a notario mientras parapetada tras la mesa de tu habitación el mundo te observa indiferente.

Y mira, sonrio.


Y los días trascurren...



El minutero es ínfimo en su discurso, y los días trascurren entre paradas de autobús olvidadas y un aglomerado de retinas correteando frenéticas a golpe de tarjeta de crédito. La ciudad se trasluce vestida de cansancio pese a su mascara centelleante, tras el rítmico y amenazante bamboleo de miles de millones de bolsas sobre las aceras rellenitas de prótesis momentáneas para vidas que se interpretan tullidas. Un desfile de pulsos enmohecidos bajo los abrigos corriendo de aquí para allá, presurosos en sus rutinarios presidios de afectos discontinuos y obliga estética en la moral.

Que complicado es detener la noche en una imagen, como una efigie mortecina de pura serenidad que nos salvaguarde de la mecánica cruel y ficticia que azota la vida mas allá de nuestros limites.

A esta niebla le faltan condimentos para ser asible, para adquirir la consistencia de un muro franqueable desde donde ya, en su cima, alzar el vuelo lejos del asfixiante ruido de las autovías y entregarse, posibilidad del mundo, vomitando arco iris sobre sus escombros.

Besos con fecha de caducidad humedecen mejillas bajo la marquesina, juguetean dilatando los labios que se necesitan purpuras sin tildes, exclamaciones o acentos... pero que probablemente serán enterrados en algún diario rosa o numerados sobre copas que sean inevitables de apurar. Se anudan brazos en una coreográfica inercia dos metros mas allá de mi, es Navidad, y los buenos propósitos son como el vaporoso encaje de una puta, un obligatorio complemento.

No se, esto me parece un discurso manido, volver a escribir es el retornar a mostrar un catalogo de la carcoma del alma frente a notario, un tramite, que cada día me parece mas sinsentido.
Bueno, al menos, hemos sobrevivido a otra estúpida Navidad.

La Susodicha.

Cuando cantan las putas...


Velvet Underground-Venus In Furs

En la calle de las putas, el farolillo colorado se encendía en el segundo repique del campanario, al llamado del atardecer. Felisa, una portuguesa de escasas carnes, angulosa como su historia, de la que solo como pinceladas de un ciego dejaba entrever las noches que los whiskys aun aguados agujereaban sus tripas, se encargaba del encendido del local. Era entonces que como barcos a la deriva, comenzaba el trasegar de hombres por la calle de la antigua serreria, y era a esas horas, en las que yo hacia mi aparición.
Siempre con su media sonrisa y aquellos ojos hundidos, "la portuguesa" me alborotaba el flequillo, en un ademán que pretendía ser de cariño y que nacía de unos dedos que destilaban tristeza. Tras pagar al taxista cargaba a su hombro mi mochila, su huesuda mano anudaba la mía mientras resuelta me acompañaba en la inmersión hacia esa  penumbra agria, donde ya algunos feligreses buscaban acomodo y redención entre las tetas de las putas.
Pocas cosas habían variado desde mi ultima visita, las tulipas de grecas afrancesadas estaban siendo veladas por las horas de soledades compartidas y alcohol, por esa patina ocre que la nicotina y el abandono del tiempo impregnaba en las paredes, sobre aquel papel tan cargado de arabescos.
Tan solo yo había cambiado, la redondez de mis rasgos infantiles se desdibujaron, y mi cuerpo ya sugería la llegada de una adolescencia incomoda, donde el mundo se abría mas allá de la necesidad del abrigo de mi madre, ese lugar que siempre se encontraba tras unas pesadas cortinas granates que daban paso a nueve escalones, al final de los cuales, un almacén caótico y desorganizado hacia las veces de oficina y donde, en el rincón mejor iluminado, un sofá cama esperaba mis visitas.
Aquella tarde, la mano de Felisa me oprimía con una determinación enfermiza, y su mirada de recelo y desaprobación obligaba a entornar la cara a los hombres que apoyados en la barra tanteaban los licores y los escotes, sobre todos el de Encarna, una gallega opulenta y de rotundas formas que me narraba historias de su tierra. Leyendas y cuentos heredados todas las madrugadas de mi niñez en que las pesadillas o el sonido de caja registradora me desvelaban, o cuando berreaba espantada por que algún despistado, ebrio de evasiones, equivocaba el camino a los baños.

Allí, tras las cortinas, como una tramoyista en bambalinas estaba ella, con aquel pelo rubio platino, aquellos ojos color miel y ese efluvio mentolado en sus tenues besos, antes de sus invariablemente, numerosos regalos. Ella, mama.


Continuara…
Esperando que alguien lo disfrute... La susodicha.
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