Musicar

Drumspyder - Ingwaz


Gritar, romper los pretextos que hacen guarida en el verbo hasta sumirlo en silencio, musicar el dolor hasta volverlo tonada del alma en purga. 
Asir el aire en leve bocanada para retornarlo sugestión, afrenta, suspiro, reclamo o quejido. 

Si, sacude y expande la vida con tu voz.

Inmerecido

Portishead - All Mine

Supongo que nos cedimos un tiempo inmerecido, momentos en los que la herida supuraba anhelos de cura, extendiéndose, tomando la sospecha y el juicio con la misma mano que pretendía sujetar los delirios, de vernos, de encontrarnos más allá de la fragilidad que maquillan los animales heridos, esos animales con las tripas llenas de hebras de atardeceres y briznas secas, de viento y espumas, que braman, rugen, aúllan, maldicen, cosechando distancias en cada gesto, alzando muros en cada ademan descreído que los salvaguarde del mismo daño que aún cargaban.
Si, creo que ganamos los dos la batalla, aunque yo prenda rubores sobre tu ventana
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Otoño

Hiatus - Precious Little

Un paseo entre la arboleda del parque y te asalta la belleza, sin previo aviso, y como un geómetra ebrio, espoleas palabras hasta erigir ese algo donde sostener la idea.

La memoria en flama, eso es el Otoño, la nostalgia entre los arboles amasando recuerdos hasta ruborizar cada hoja, hasta prender sus copas ante lo inevitable del invierno. Fragmentos de la pasada primavera atestados de mil matices se amontonan a su pies, la musicalidad de la hojarasca crepitando atardeceres y esos días de radiante verano descomponiéndose mansamente antes de la desnudez y la intemperie, como el arranque de un moribundo aferrándose a la vida, como el verbo del anciano frente a su soledad.

Ay


Hay una tristeza que parece agazapada bajo las bóvedas de las ciudades, que apenas es percibida al dejarse ir sobre el frenesí de las aceras pero, ay, en las salas de espera, ay, en los autobuses, semáforos...ay, en esos momentos en los que la quietud obliga. Es entonces que asalta, que brota de adentro de los ojos, como una epidemia que se extiende silenciosa aprovechando la contención, aprovechando el desconcierto y el otro... como ese cuchicheo de cucarachas esperando la complicidad de la oscuridad para corretear libremente. 

Y es curioso, casi podría decirse que si permaneces atento las vieras avanzar, así, como a brincos cuando las miradas se tornan huidizas y ya ensimismadas hacen de todo espacio una prolongación de soledad.

Que no falte


Balkansky - A Storm

Que no falte la bondad del agua prolongando la piel, los aromas dulzones entretejidos en lana, ese arrullo a primavera anudando el hambre en la garganta.

Que no falten los azules inabarcables y magnéticos de los días de verano,  las noches cerradas cuajadas del fulgor de lo indescifrable, ni las gotas en plena tormenta estampándose contra las ventanas reafirmando el sueño y el hogar.

Que no falten las miradas en las que recomponerse, bálsamos frente a la escarcha, ni tan siquiera esa tenue melancolía que le da por vivir en mi mecedora, ni tan siquiera ese poso de corazón prestado al dejarse más allá del horizonte.

Que no falte sobre todo, el aire que gravita en algunas melodías, paisajes devueltos al frenesí de las aves, ni lo que revuelto cobijar entre las manos ya fuera el mismísimo mar, o lo que quedara por respirarse

17 de Octubre...





Así como canta el mar bajo el madero alzado que zarpa, así como permanece sereno el cielo en el acantilado, así, vagaremos en el azar de no dar nombre a lo que brota en madrugada.


... pareciera el encabezado de un cuaderno de bitácora o la memoria para futuras regresiones de un diario adolescente, pero no, o si. El caso es que la noche es inusualmente cálida, como si a este botxito se le hubiera venido encima medio trópico, ahora que debieran comenzar los bailes de hojarasca, ahora que la lluvia debiera estamparse contra las vidrios narcótica y embelesante abriendo los pequeños torrentes de dulce melancolía, pero no, es un estallido de calidez que ha dejado un reguero efervescente que se percibe en las calles y un cielo de una monumental claridad en el que dejarse ir tras el rastro de la Osa Mayor con el infantil anhelo de localizar a Arturo en algún punto de esta inmensidad.

Emisión...



Enciendo un cigarro como quien regula unos anteojos frente a un escenario y me dejo sobre el bataqueado sofá que hace años corteja los atardeceres de mi ventana. Hoy se insinúa purpurea, desgajada por momentos por esos últimos rayos que no alcanzan a combatir la bruma que los desdibuja, que torna los perfiles acerados de los edificios en espejismos que abrazan en la distancia los montes afelpados. 

Hermoso, solo alcanzo a definirlo como hermoso, es un fin de acto soberanamente hermoso, como un león reconfortado tras devorar los parabienes del día preparándose con ademanes de lasitud para el sueño. Y ahí me quedo, dejando que el tiempo mute frente a mis ojos, ahí, ansiando que se evidencie en esa especie de batalla de matices mientras se filtra la brisa ya fuera el aliento de la propia vida. 


La huida de la luz ejerce algo que me fascina, atrae a su vez un velo que de forma progresiva se extiende amortiguando el runrún de las cosas. Debe ser porque cuando todo calla te escuchas claramente de nuevo que amo estos momentos, sera porque en la oscuridad no hay asideros para las sombras.

Soy



Soy esa niña que corre con la piel herida por el napal, llena de cicatrices, de sinuosos pasadizos que asemejan las cortezas de los árboles donde la nieve se dejara reposar. 
Soy los ojos prendidos de un cuerpo minúsculo, templo del dolor, que avanza esperanzado con los brazos abiertos hacia las limosnas del que observa para nombrarla memoria en su objetivo.
El epicentro fosilizado del drama descubriendo la gravedad y lo incomprensible.

Soy la sospecha del sonido tembloroso que acompaña el rictus de un verbo, también el desconcertante aroma de la carne abierta y su rubor íntimo, ese instante magnifico donde el caos reto a la nada de tú aséptica habitación.

Soy, amasijo de vísceras, ejército único de voluntad y creación.

Contrarreloj


Dentelladita de un verso 
suspendido 
en el vació que me toma de la mano

Y que el suspiro entrecortado se abra en grito 
lanzando afrenta al abismo 

que absurdo

hurgar entre los cadáveres
descompuestos
al sol de media tarde

Mastica
se te hace tarde...

A quemarropa...




Todo le resulta una visión de algo que fluye, como el agua de una ciénaga que flameara levemente con el viento, de esa forma también trascurre ante sus ojos el escote que estira una de las putas sin discreción alguna.

El hombre de gabardina marrón piensa, divaga sobre el eco de los pasos que le devuelve la calleja paralela al canal. Camina ensimismado, entre decenas de pupilas que lo jalean e incitan tensas ante la ambición de predominar, anhelando resultar el objeto que destaque y hacerse con la moneda de cambio. Ellas desconocen que ese hombre modesto de mirada esquiva es un predador, un verdugo benigno que aspira arrancarlas el alma, y que este lugar, se le antoja como el fértil coto de caza de variopintos conejos de colores vibrantes y miradas entumecidas, una madriguera para refugiados y malditos en la periferia de la ciudad.

Las grúas gimen lastimeras como mastodontes agónicos acosados por el relente, sus sombras se contonean como larvas sobre las fachadas, inquietas, perturbadas ante los caprichos de los focos de los autos. Camina y camina, pudiera dar la impresión del que aturdido pretendiera en el movimiento redimirse, que caminara mientras la realidad se bambolea a cada paso pero, anda en busca de su tributo a la luna, lleno de ansia y bien armado.

El hombre del abrigo marrón juguetea nerviosamente con la mira telescópica que guarda en uno de sus bolsillos a la espera de la complicidad del espacio y la vulnerabilidad de la carne que herir y profanar. La busca a ella, a esa musa pálida hecha de fósforo y nervios, esa belleza carcomida por la miseria humana que asemeje la angustia vital para poseerla, doblegarla y participar de su mortalidad. Degollar el tiempo que denuncien sus rasgos y acribillarla a disparos, sin contemplación, anudándola así a su memoria como una especie de ungüento frente al vació

 Las farolas parpadean desde el punto más alejado de la callejuela hasta la farola  junto a la que decidió orinar. El aire húmedo sacude su pituitaria, al mismo tiempo que un pulso ionizado se instala en su boca cuando se percata que las nubes van tomando la ciudad. Siente un dolor intenso, como si algo se calcificara y desgarrara su vejiga al sacudir las ultimas gotas de orina, sus piernas se reblandecen, y de nuevo siente la presión de ese tiempo que se le escapa entre las manos. Postrado ante la incertidumbre, con todos los sentidos encendidos, la ve. Anda ausente, como ajena a la propia sensualidad de su cuerpo contoneándose entre la alteridad de la luz, desmenuzando la distancia que los separa con el extraño magnetismo que desprende aquel que es ajeno a la cercanía de lo inevitable.
En un arrebato, el hombre marrón, se parapeta tras unos contenedores dándose el anonimato necesario para ajustar la mira telescópica, y disfruta de la medida lasitud del gato apostado observando al ratón antes de comenzar a consumirla a disparos, sin miramiento alguno, participando de lo efímero y circunstancial de esa musa avocada a la muerte.

Un certero disparo en el pecho junto al rosario de strass da inicio a la bacanal, un numero indeterminado a ese rostro que versátil delata esas cosas que ocurren en los adentros cuando el rostro se deforma ante los disparos, hasta desposeerla, hasta consumir ese brillo que se empeña en ocultar su pelo, y sublimar el abatimiento ante la dejadez de ese cuerpo. Decenas y decenas de disparos antes de verla desaparecer en la nada, tantos como le permitió la memoria de su cámara.




La imagen fotográfica es dramática, hay una lucha entre la voluntad del sujeto de imponer un orden, de erigir un lugar inmutable ante lo efímero y fluctuante. Es un intento de profanar el tiempo a través de la porosidad de los cuerpos, de los objetos, de los espacios que quedos por el instante parecieran pequeños fragmentos de lenguaje que rompieron su inercia para ser escuchados. Instantáneas donde la mirada se hace cómplice del que observó, y nos cede esos fragmentos de difunta belleza.

Tus dedos...

Tienen tus dedos la precisión de desentumecer los nervios y hacerlos crepitar, aún cuando te declamas en la más glacial madrugada, evocas afán de carantoñas voraces, segregas el regusto almendrado de lenguas que anudadas se mofan del recelo, como si en cada nota te fueras en abrazar el absoluto.

La perversión es una linea discontinua para aquellos que temen abordar lo insondable de esos cosmos azabache, para los que no perciben la fulminante sensibilidad  que reside en tu retina ennegrecida, esos mismos que aplaudirán el silencio del ansia como tú obra magna y jalearan ante otro mundo dilapidado.

En fin, los pájaros parecieran empeñados en perseguir las estelas de un cielo demasiado nostálgico, así que, habrá que permitir la quietud en la ausencia y reservarse tanta gula para el próximo amanecer.




Ride



En la sugerencia del aire perfilando lo inexplorado, se edifica el animo que, aglutinado, da consistencia a la piel que se nos ofrece como amparo, y los kilómetros se suceden en la insuperable eufonía del rió embebido de si mismo, pleno de su exuberancia liquida, acariciado en el abrazo de su propio cauce, retoñando los espacios que quedan atrás con el ansia del que aspira dejarse ir en la voluptuosidad de un mar.




Sublimación...


Opeth - Epilogue


Arañame con fósforos los ojos, en el espacio mismo donde nace y muere lo observado, haz de la herida la ventana reconocible para mirarme y de las manos confundidas en la piel, el mundo o su olvido.




A través de los desiertos en las noches calientes, el aire liquido y respirable se abre en oleadas por los conductos olvidados de los dedos, y ahí esta, la luna, intermitente en un cielo de negru
ra clara, abriéndose en flor de instantes, en el vértigo lento que regurgitan las insalvables primaveras en lo mullido del sexo.

Exudo palabras, en los círculos perfectos de la piedra y el agua, sobre el abismo del silencio bien entonado para numerar a cuantos poemas de distancia nos quedamos de lo que seria nuestro, a cuanto del rumor de nuestros infiernos derrotados por compartidos, a cuanto de quebrarse sobre el eco de la onda de choque. Y me saben a agujas dulces sobre la piel que claquetea, tus dedos, tus ausencias, aquello que se desprendió a jirones junto a la carne. Y me dejo en idearte, en rememorarte, en conformarte como el dormir del sueño, como el soñador sin parpados que relame lo azucarado del ayer momificado en los pasadizos de la memoria.

Te disecciono y magnifico mientras te masco lentito, conformando el necesario engrudo que reclama la poética de trazar, un sutil aliento, un caminar de hormigas mordiendo lo que enmudeció bajo el pecho.

Es la inmensa y estúpida crueldad del aspirante a hacer suya la poesía. 

Agárrate si puedes

Y como esa tormenta que asciende desde leve susurro a través de los montes lívidos hasta la contundencia de la sacudida. Así se ofrece la madrugada al que se rasca complacido, sabedor de su presencia, tomador del tiempo que le es dado, placido en la tregua de saberse prescindible en el rotar de los cosmos, acurrucado, lamiéndose ufano. Y la decisión bien dentro, y la apuesta sin amarras.

Agárrate si puedes.

Te extraño..



Ryan Vail - Free 


Te extraño de esa forma que agujerea el pecho llenándolo de corrientes que desordenan papeles. Y la casa patas arriba, sumida en una dulce anarquía, repleta de lo que te dejaste en lo breve del transito. Así que mastico tus discos, la música que insistente se hace dueña del reproductor. Y me basta con saberte, apostando para ganar destellos de plenitud en cualquier otro espacio, en cualquier otra retina que sea capaz de reconfortarte y que el mundo al fin, volvió abrazarte.
 
En realidad, creo que no te extraño, ya que aunque ni quieras ni sepas formas parte de mi, como ese sonido que delata la amabilidad del aire en las noches de verano.

Esos otros días en los que no enredas palabras...


La trampa del lenguaje



Y así como el fuego seduce a la roca dando inicio al baile de sombras, 
alcanzó el pensamiento a nombrar,
 en un intento de amarrar lo inasible y fluctuante. 

Sombra, dijo, y supuso ya entonces el mundo entre sus manos.

De como mueren las golondrinas...

Aleah - Vapour


Te quiero cierta, aleteando entre los limites con los que he ideado la exuberancia del paraíso en el pequeño jardín de mis manos.Te quiero frágil, debida al temblor de mi animo, cuando percibo que revoloteas y mis puños se llenan de ira hacia las corrientes del mundo. Te quiero queda, figurada como un pájaro de mármol que contemplar aventando así mi amor, sin miedo, sin vértigo arañándome las tripas ya te echaras a volar. 

Tranquila vida mía, seré sutil, iré tan de a pocos desraizando el mal que sacude tus alas que apenas te dolerá.

Te quiero, mi adorable golondrina de cristal, con esto, creo te debería bastar.

La entropia y las sirenas




Observo entretejidas con agua y viento pedazos de vísceras diseminándose en las rocas.

“Solo hacia falta tiempo y salitre para reblandecer el cuerpo, para mermar la terquedad de la carne y ver como, en estallido
s contra el arrecife, de nuevo, todo ese amasijo átono de nervios y sangre se tornaba vibrante exclamación y yo estaría allí, dispuesta a impregnarse de nuevo.”

Estas fueron sus palabras tras nuestro primer encuentro, cuando delirante entre sollozos los agentes consiguieron alcanzar su vestido y ponerla a salvo sobre el malecón e introducirla en la ambulancia.
Pasados los años, asistiendo como espectador del escándalo y como sondeador de motivos, puedo afirmar que carezco de la entidad moral para señalar la culpa en una dirección única, la del individuo. Así pues, esto pudiera ser otra historia mas de angustia y desgarro, otro ser abatido por la entropía emocional o quizá una victima que sumar a la caprichosa genética. La convulsión química y estremecedora de una simple vida.

Transcurridas las semanas, y tras varias entrevistas con ella, no logre dilucidar como logro arrastrar el cadáver a lo largo y ancho del puerto, esquivando los corrillos de las mujeres pálidas reunidas entorno al café, inmersas en sus bacanales de repostería y secretos de cocción, parecían no haberse percatado de la joven del vestido purpura, caminando las horas y el sendero de guijarros que bajaba al mar, explorando el firmamento turbio de su memoria con los restos de su amante cargados a sus espaldas.
Ni tan siquiera los antaño lobos de mar, vigilantes del atardecer sobre la bahía, eran capaces de recordar a esa muchacha de mirada esquiva y piel de blanca muselina, antes del inesperado azote de las sirenas de la policía y las ambulancias.


Podría uno dejarse seducir por la fantasía y visualizarla como un ente liquido, traslucido y etéreo, mientras sobre el rompiente retó la voracidad del mar con los brazos abiertos durante dos largos días, antes de que alguien por fin fuera participe de su presencia, alertado por el anormal numero de famèlicos perros merodeando y aullando escandalosamente sobre la zona en la que ella se encontraba.

Recuerdo con cierta inquietud, la octava y ultima vez que la vi. Se incorporo fatigosamente de la cama del hospital, emergiendo como una promesa de la penumbra de la habitación. Mirándola a los ojos, sentí el destello fugaz de lo imposible en el interior de esos ojos , que revelaban el magnetismo de una nada abisal. Se alzo sobre sus rodillas, temblorosas en principio, una vez libere sus extremidades de los grilletes, y pese a estar entumecida por las horas de inmovilidad y sedacion caminaba con una sutileza propia de los juncos. Con cierta parsimonia se acerco hasta el ventanal para abrirlo, y mirar con desden los barrotes antes de girarse y sonreír, comenzando así a relatar su historia.

“Aquella madrugada lo visite, como todas las noches en las que los latigazos de la luna lo obligaban a deambular sin aire por un tiempo imperfecto y lleno de dolor. Tejía versos, cosía pedazos de belleza y esperanza con los que me arropaba, y taponaba a su vez las llagas de poeta. Lo abrace, buscando su calidez, pero estaba frió, tendido como una flor muerta entre las hojas de un viejo libro, solo destilaba silencio. Apoye mi mejilla sobre su mejilla y su cabeza no batallaba por mantenerse mis labios. Sentí la dentellada del hielo en mi boca y la defunción de las palabras. Agarre su cuerpo que yacía sobre la alfombra, rendido al desencanto, rodeado de vómitos y botellas vacías de licor y decidí, esperar que la materia de desmadejara bajo el azote del mar. Que se alimentaran de el las gaviotas y cangrejos, que los niños hicieran castillos de arena con sus huesos molidos, que su sangre y sus vísceras se fusionaran con el agua y la sal, para así lograr que su esencia se difundiera en direcciones infinitas. Para poder abrazarlo, para volver a sentir tibieza sobre mi piel y ya, cuando la ultima partícula que lo conformo se libere de su antigua forma, me desvanecería con el”


Tras nuestra breve entrevista, su tendente pensamiento mágico me hacia intuir un cierto grado de enajenación, sus delirios emanaban una búsqueda de trascendencia para no llegar a asumir la realidad de la perdida, pero mi diagnostico era ciertamente optimista, señalando la posibilidad de su rehabilitación mental tras un adecuado tratamiento y terapia.

En medio de la mas prolongada borrasca que tomo esta ciudad, meses mas tarde de nuestro encuentro, una indescriptible bruma alcanzo los jardines del psiquiátrico. Como contó uno de los pacientes, la naturaleza parecía rebelarse. Las currucas cantaban como endiabladas y la hierba crepitaba, parecíera que las mismas estrellas se descascarillaran mientras lentamente la muchacha de muselina se desvaneció, como un garabato de tiza ante los ojos perdidos de los locos.

A fecha de hoy, solo tengo la extraña sensación de que aquel suceso, que en las tascas de la costa se extendió como la historia de "El poeta y la sirena”, se escapaba de lo habitual.

Bueno, quizás la existencia sin un ápice de misterio, nos encerraría en mundo frió y lleno de racionalidad, aunque el amor, pues nunca dejo de resultar un golpe de estado a la razón.

El estanque




Pasear abstraída en los devenires caprichosos de la luz sobre el estanque, era uno de los deliciosos vicios que Sayako se negó abandonar. Esas noches preñadas de luna, se perdía durante horas del mismo tiempo, se dejaba en minúsculos detalles que el agua facetada desplegaba, en el magnético juego chinesco de los arboles mecidos por la extraña musicalidad de la brisa, y en la bruma, atrapando y proyectando efluvios de otras eras en los que la fantasía quebraba las fronteras de la lógica. Era entonces que su mundo de esposa entregada se tornaba libre y su horizonte, ilimitado, como la profundidad de sus cada vez mas prolongados silencios.

Hacia tiempo que Sayako dejo de soñar, imbuida en las rutinas de sus quehaceres al amantisimo servicio hacia aquel que pago su exigua dote, liberándola así, de sus labores de Geisha en un mediocre Okiya.

Sayako, una mujer apagada, una mujer habitada por un oculto anhelo, ese espacio reservado donde aun, sempiternas primaveras invitaban a su esencia a fluir sobre el estanque sin esa extraña patina que mermaba sus antes vivaces gestos.

El, su señor, siempre la azotaba con el ayer, la sometía con el desprecio buscando la asepsia cuando la tocaba, cuando la obligaba al metódico ritual de borrar su piel entre pociones y baños antes de invadir la humedad de sus pliegues, antes de arrojarla con fuerza y un vació animal sobre el futon, donde colmaba su sed ajeno a los requiebros de su cuerpo.

Sucia, así se sentía, amarrada al pasado donde otros se reafirmaron sabiendo doblegada su voluntad, alimentándose del arte que desprendía hasta la mas cortesana de sus miradas.

Quizá por esto, y por la existencia pese a todo de esa ascua con la que fue bendecida, gustaba caminar esas noches claras hasta alcanzar la orilla para, con la pausa propia de los amaneceres en invierno, desnudar sus pies y sumergirlos en una especie de estática sensual que culminaba con el tamborilear de sus manos sobre el agua, una sutil clave que se prolongaba sobre la superficie del estanque.

A su llamada, quebrando el espejo plateado, una hermosa carpa dorada emergía de algún lugar recóndito del estanque, estallando sobre el aire como el mismo sol entre un aguacero de diamantes. Koy acudía a ella, en busca de la calidez de sus dedos. Aquel pequeño pero vertiginoso remolino de escamas agitaba la quietud que como un influjo caía sobre el estanque, hasta alcanzarlos y darlos a su boca para, con el ansia propia del niño, degustarlos, lo que provocaba en el cuerpo de Sayako, el brío de los relámpagos que en plena tormenta hacen gala frente a la oscuridad.

Aquella noche Sayako hundió lentamente su cuerpo entre el lodo, enraizándose entre la mugre, dada a aquella danza efervescente donde Oky la viajaba, colándose entre la calidez de sus pechos, accediendo en la cueva de su amante con la delicadeza de un remanso que se abre a torrente, rompiendo así el castigo del azar sometiéndolos a la lejanía.

Mientras el horizonte se desdibujaba ante su mirada, pensó en cuan rabioso se hubiera mostrado su señor si pudiera contemplarla de esta forma, cubriendo su carne de excrecencias vegetales, arrobada por aquel cuerpecito maloliente dibujando arabescos por cada resquicio de su piel antes de entregar su ultimo aliento a los labios de la dorada carpa.

Ya dado el amanecer, el estanque flameaba con una luminosidad casi mágica, unas delicadas flores blancas emergieron cubriéndolo casi por entero, como si la esencia de aquella silenciosa cortesana hubiera revivió dando lugar a la flor de los lotos.

Y es por esto, deseado lector, que imagino siempre retozan doradas carpas entre flores de loto acariciadas.


Feux Follets


Murcof - Rostro


Hay algo terrible y siniestro en la belleza, en la propia vida cuando proyecta partículas de perfección, la sospecha y la irrevocable certeza de su extinción.

Cuando las noches alcanzarón esos momentos de brillo y vibra, cuando se dieron conversaciones con la piel puesta del revés y la risa emerge después como un reflejo compartido de los que se ven, y el absurdo es barro con el que liberar la carcajada del afín. Cuando se dan esas noches, lo difícil siempre resulta afrontar la resaca cuando vas camino a casa.

Comete las flores exultantes de vida, me digo... No hay otra forma ni salida.

Muertos... (0,00)





El mundo ya hace tiempo estallo, y su defunción fue tan sonora como el silencio que le precedió. Murieron, el tu, el yo, y las palabras. Se desintegraron bajo la conspiración de letal sonoridad de nuestros ecos, se engarzaron sobre la transparente modulación de nuestros nudillos, nuestros hombros, muslos y sexos. Y ahora, se difunden en todas las direcciones atravesando los cuerpos opacos. Abrasaron la piel, el quebradizo refugio de la memoria y la nostalgia para abandonarnos mas allá de su grafía y, nos vemos, braceando, sobre el vértigo, sobre los charcos de vidrio y cemento, ajenos.

Hemos muerto, el sujeto, la entidad, ya no quedan metáforas, tan solo una suma imaginaria que escapa al concepto, adherida a las nociones que intuimos en el ser.. tras no ser. Y rotamos, como esferas sobre el aire encendido de esta tarde tan llena de luz, tan humedecida de inesperada lluvia.
Nos despeñamos del gris de las fachadas al encuentro de la calidez de la tierra, sumidos en la perfecta adherencia que germino intenciones en el ultimo aliento, en la llegada del vacío de la voluntad y del cuerpo.

Estamos muertos, tendidos, bajo los escombros de lo que fuimos, desfragmentandonos y respirando nuevas dimensiones impalpables a dos centímetros de un supuesto, del borgoña de las vísceras enraizándose en los inexplorados territorios, enmudecidos, como la brutalidad del rumor que conformo el universo. Inmersos, en una ilimitada negrura que aclama la clave del sol mientras nos descomponemos, y todas las cadavéricas estructuras se tornan proyectos.

Somos los muertos, la exquisita musicalidad del ayer descompuesto... la ternura de la muerte cediéndonos su seno, la ejecución de los miedos royendo los paladares enfermos en el anhelo.

Aleación...




Como el roció del mes de mayo se entrega en las amanecidas, como la madrugada predispone al sembrador de galaxias a seducir a la misma luz, así como las flores chiquitas y asilvestradas estallaban ahora sobre los verdes, humedecidas y magnéticas, es que se nos prende rotunda la primavera.

Que bien te sienta la dejadez poblando tu cara.

Tras...






Tras la lluvia, un mirlo alborozado hace la tarde tan suya que pareciera que el amanecer se viene encima. Parapetado entre los arboles del parking atenta el imperio de la quietud con sus minúsculos pulmones, con ese cuerpecito gritón haciéndose saber, prevaleciendo sobre el sonido de los neumáticos en el asfalto mojado, sobre el tumulto que moderado retorna al hogar, al descanso. 

Lo observo, me alcanza, su canto germina en esa tierra que emerge y se dilata en mi, el paraíso que sentimos perdido le da acogida tras el paso de la tormenta.

Bienvenida a casa, me estabas preocupando.

Nos va a faltar...





Nos faltara una vida para sanar este edén petrificado, para detener las sombras desfiguradas en trascurso sobre los restos que se decidieron como nuestra historia. No nos llegara con una vida para asumir la marea imparable, espesa, que nos abrazo hambrientos de carne y gloria.

Sin el filo de la convicción sajando el hambre que gravita en las proclamas, las manos quedaran como lapidas sin nombre donde brotan las malas hierbas, si es que la hierba alguna vez fue mala.

¿Sabés...?





Me nutro de atardeceres, de esa melodía decreciente que los acompaña y que deja al desnudo el tenue ronroneo eléctrico que emiten las ciudades ya anochecidas. A veces me pareciera algo palpable, una especie de ente que de aquí para allí, va haciendo suyos los espacios con esa oleada de quietud. Ralentizando el absurdo, acomodando la realidad a un lenguaje asumible que invita a rememorar y paladear claves silenciadas por el tumulto. 

Lo interpreto, así como un susurrador opalescente, un Que compuesto por brisas y remansos, y noches que aún no fueron presentadas al tiempo que me arropa, que se prende por los adentros cuando el cielo se desgaja en colores.

¿Sabés? Me encantaría atardecerte.

Apuesta...







Maravillarse, hasta que el eco y las sombras de lo que se descompone en las calles sea ajeno, hasta que la intemperie en la piel enmudezca, que no deje ni un resquicio en las retinas de mendicidad, que el buscar la flor no acompañe el remover restos de cadáveres y nos duelan las manos cuando emerge el abrazo, que no pesen los dedos mancillados de tanta muerte hasta quebrar el revoloteo de nuestras propias palabras, y todo ya, se nos antoje con esa puta indiferencia de la que hacer gala. 


Hoy vi...



Pasea un muchacho de pelo espumoso y oscuro, con una especie de campo de gravitación rodeandole, visible. Lo miro apostada bajo un árbol, mientras desordeno los tiempos y los lleno de ecos fúnebres y arquitecturas sutiles.
Lo observó en su caminar alentado, en su trayecto a alguna parte acompañado por su música cuando sonríe, pleno, en un destello secreto que palidece en su cara cuando su mirar de burbuja se topa con mi retina, y como un niño descubierto en su locura infantil al que reprendieron, se pinta de nuevo la careta de grisácea indiferencia que exigen las ciudades.

Hoy vi otra estrella muriéndose lentamente en el firmamento.

Trinidad



Plaid - Ol

 Miércoles, acúmulo de ganas en saldo y esquina. 

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Y que las uñas hieran el cielo mismo de mis días, que aventada en la herida arda ya el ascua pálida de algunos poemas, como sarmientos de hiedra abrazando el fuego en su consumación.


Brote de "a media mañana" en cuarto de baño...

Plaid - Eye Robot


Nos han educado para ocultar la tristeza, como si fuera una deformidad del alma, un algo ajeno a lo humano, ese algo epidémico que muchos callan o maquillan. Y como si de la muerte misma se tratara, provoca reacciones variadas en el entorno del que la verbaliza. Unos toman distancia del afectado, otros lapidan la tristeza ajena con frases que posiblemente enmudecen la suya, frases engalanadas de un supuesto brillo y auto-conocimiento que los hace verse lejos de tan temida circunstancia, los hay que cargan con cierta crueldad sobre el individuo apesadumbrado, como sí les resultara insoportable esa muestra de debilidad, también los hay que besan la tristeza de otros, que la alientan y nutren, incluso idolatran, ya crearán así la forma de su propio pesar y realizaran el viaje que no se permiten. 
Quien acepto su dolor, su penar, sus incertidumbres, quizás solo aquel sea capaz de permanecer, de no tratar de extirparla como si de un bubón de peste en la edad media fuera. Quizás quien bien te ama, te vele y arrope con su calor, y rompa el silencio una vez tras otra para que percibas que no estas tan solo, y que como apunta todo este magma de tránsitos, pasará.

Parábola de lo escaldado


Bonobo - Silver



Al verse en sus ojos, percibió la luz, esa que como un coro de girasoles saludando con infantil entusiasmo el día que los terminaría por arrasar se daba en los locos. Y como un gato que descubre repentinamente en un espejo su propia retina, se alzo soberbia, y corrió hacia la penumbra de cualquier habitación dándose tiempo al zurcir de heridas. 

Agazapada y curiosa, respiro el aire de todas las madrugadas hasta que llego el día, pero ya, no había nadie más que su alargada sombra retándola en la habitación.


Donde sacudir el légamo



En la demora del cuerpo moribundo aquejado de margaritas que, como un rumor de pájaros erráticos conforman los caminos del aire sobre los fértiles pastizales de lo onírico, se erigió la voz del suicida.


Algo donde sacudir el légamo de estos ojos, clamó.. 

Escupe, salpica con tu rabia lunar paisajes nuevos u olvidados, sin mesura, hasta que se disipe el peso de la intemperie. Orina sobre la indiferencia que emanan los caminos, remueve y tamiza las partículas de lo aséptico con tu olor celado, abraza el lodo entre los dedos serviles a la idea, oprime el lenguaje hasta deformar su inmovilismo y ábrete el vientre, contempla tu hogar... los gusanos es que no entienden de arte ni pediatría, hazte el favor.



De cauces...





Dejemos que corran los flujos soberbios del hambre o desviemos rabiosos  y encolerizados el posible renacer del rió, que engulla toda esperanza que como un tumor galopante esculpieron tus dedos.

Las cortesías, entiéndeme, para los que no se olisquearon los sexos.

Cuentito para arañas




Y de repente las piedras ya no fueron memoria, y los anillos de los arboles se divorciaron del tiempo y de la tierra. 
Y al mundo, se le enredo un compás de pulsaciones que decían ser su historia, pero poco más que la sombra de un mono que se soñó era aquella cosa intangible y que todos alimentaban.
Y sucedió, (aunque nadie sabe como ni donde ocurrió...) que aquella cosa enorme tomo forma, y arácnida ella, los engulló. 

Lo más desconcertante fue que ni tan siquiera emitiera un leve pestañeo cuando al desvanecerse un mal día, los vomitó.

Ctrl z...


Margaret.M. de Lange


Me quedo absorta mientras a ventoleras desabrochas tus melodías, como visados escupidos al aire, como proclamas en callejones intransitables aún reconocibles donde los desconocidos se patean el pecho y se cruzan las caras.

Me puede el palpitar de larvas enloquecidas en las tripas, esas que emergen de la amalgama cobriza que dice, que mana silencios, que cita noseque memoria del hambriento frente a las puertas de los extraños.

Y no sé, pero me quedo ahí, en ese extraño compás, porque sí, absorta, en esa quietud de los gatos petrificados maullando sobre los charcos donde vieron la luna.

Tengo la carne apestada de rosas como heridas recién abiertas...y un suspiro involuntario de amortajado como ultima declaración de intención.

Es posible que la joda... 
¿Ctrl Z?

Se me da tan bien.



In the Box...

 Margaret M. de Lange


La adolorida, la que me observa desde el espejo y pretenciosa dice "Yo", alzando así el endeble púlpito desde donde las palabras son suspiros agostando el porvenir, me desprecia, como el amanecer toxico de un vertedero la persistencia de los pájaros.

Clava sus retinas atestadas de paisajes lunares sobre mis desordenadas tripas que rugen de dolor para, con la sutilidad de una soga de seda abrazando la garganta del galgo, susurrar...

"Vamos amor, ven, dejate de una vez"

 "Disculpa, joder, alza tus pies... ¿Acaso no entiendes que pretendo fregar el suelo?"

Oh lector...



Roger Ballen


Como un pez varado en medio de la arena pretendiendo desentrañar la geometría de las margaritas al que nadie llora apuro el cigarro, amparada de la urgencia de la ciudad en la loma trasera del edifico del fracaso.


(Oh lector, emocionate, regodeate en el consuelo, mengua esa jodida sensación de insatisfacción ante la posibilidad de comparativa. Soy generosa, como un lactante cubierto de mierda experimentando con sus manos la forma)

Y mira...



Zzzzra - Mecanographie Phase 2


Que complicado es detener la noche en una imagen, como una efigie mortecina de pura serenidad que nos salvaguarde de la mecánica cruel y ficticia que nos azota más allá del refugio que no alcanza el grado de hogar. 


El minutero es ínfimo en su discurso, y los días trascurren entre paradas de autobús y un conglomerado de retinas correteando frenéticas a golpe de necesidad. Días sin replica ni compensación, en un persistir, vaya a sucederse aquello de los brotes y la alerta previa a la inevitable combustión.

La ciudad se trasluce vestida de cansancio pese a su mascara centelleante y grandilocuente de vidrio y acero, lo denotan los carteles de "Se Vende" de"Se Alquila", aunque permanece postrada al rítmico bamboleo de miles de bolsas llenitas de prótesis momentáneas para vidas que se saben tullidas. Consumo, ergo sum.
La Gran Vía luce como un hervidero de abrigos corriendo de aquí para allá, presurosos en sus rutinarios presidios, intentando así rescatar algo de tiempo en que reclamarse como individuos en el placer.

A esta niebla le faltan condimentos para ser asible, para adquirir la consistencia de un muro franqueable desde donde ya, en su cima, alzar el vuelo lejos del asfixiante ruido del asfalto y entregarse, posibilidad del mundo, vomitando arco iris sobre sus escombros.

Escribo, y me resulta un discurso manido, retornar a mostrar un catalogo de la carcoma del alma frente a notario mientras parapetada tras la mesa de tu habitación el mundo te observa indiferente.

Y mira, sonrio.


Y los días trascurren...



El minutero es ínfimo en su discurso, y los días trascurren entre paradas de autobús olvidadas y un aglomerado de retinas correteando frenéticas a golpe de tarjeta de crédito. La ciudad se trasluce vestida de cansancio pese a su mascara centelleante, tras el rítmico y amenazante bamboleo de miles de millones de bolsas sobre las aceras rellenitas de prótesis momentáneas para vidas que se interpretan tullidas. Un desfile de pulsos enmohecidos bajo los abrigos corriendo de aquí para allá, presurosos en sus rutinarios presidios de afectos discontinuos y obliga estética en la moral.

Que complicado es detener la noche en una imagen, como una efigie mortecina de pura serenidad que nos salvaguarde de la mecánica cruel y ficticia que azota la vida mas allá de nuestros limites.

A esta niebla le faltan condimentos para ser asible, para adquirir la consistencia de un muro franqueable desde donde ya, en su cima, alzar el vuelo lejos del asfixiante ruido de las autovías y entregarse, posibilidad del mundo, vomitando arco iris sobre sus escombros.

Besos con fecha de caducidad humedecen mejillas bajo la marquesina, juguetean dilatando los labios que se necesitan purpuras sin tildes, exclamaciones o acentos... pero que probablemente serán enterrados en algún diario rosa o numerados sobre copas que sean inevitables de apurar. Se anudan brazos en una coreográfica inercia dos metros mas allá de mi, es Navidad, y los buenos propósitos son como el vaporoso encaje de una puta, un obligatorio complemento.

No se, esto me parece un discurso manido, volver a escribir es el retornar a mostrar un catalogo de la carcoma del alma frente a notario, un tramite, que cada día me parece mas sinsentido.
Bueno, al menos, hemos sobrevivido a otra estúpida Navidad.

La Susodicha.
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