De cuando todo se precipita...



La tarde se precipitaba como un augurio oscuro que el cielo mecía algodonoso, un descuido de Otoño agrietando lo preciso de los calendarios y eso que alguien nombro por primera vez como estaciones, comprimiendo los ciclos y lo cambiante. Al otro lado de las ventanas, en el reverso de la ciudad que como un espejismo por piezas se forma en los cristales, a las casas se les prendía las tripas, con un capricho de calidez que narraba del quien y desde donde latía y se conformaba el hogar.
Tal vez solo los que cargan su intemperie fueran sensibles a esos fuegos eléctricos donde se intuyen una suerte de paños calientes y bálsamos. Se puede dar que esta mirada en constante alerta no dista mucho de la del niño hambriento frente a un escaparate de dulces que de una forma cruel le son vetados. Un tejer de maravillas en lo que se carece, un justificar el hambre.

En fin, empieza a llover, a desmadejarse las nubes en su narcótico devenirse sobre los objetos y las letras se perfilan como lo irrevocable, ese sumidero sobre el que habitualmente apetece dejarse ir en un ritual a medio camino de la pataleta o el ruego, en la necesaria distancia del que analiza sus propias tripas llena de los restos de aquellos otros en sus excesos o en sus ausencias. Al fin,  la llamada del propio verbo reivindicándose como las hebras anaranjadas del atardecer que no fue.
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...