De cromáticas desnudeces..


Moby-Porcelain


Sabe una lo complicado de pincelar un escenario con palabras, lo reconozco cuando en muchas ocasiones pretendo componer esa melodía cromática que se desnuda velada por nuestro lenguaje, intentando trasgredir la férrea forma de este, y dejar fluir la impalpable esencia que nos habita. Las limitaciones son tan nuestras como los matices de nuestras emociones, como nuestro arsenal de conocimientos o habilidades. Por supuesto, me refiero al comprometido ejercicio de la escritura, aunque me resulte casi imposible desvincularlo en mi mapa personal a los mismos trazados que recorren la música o la pintura. Siempre que observo un lienzo de Monet, no puedo evitar cierto estremecimiento, muy similar al que te invade cuando reconoces en una mirada o en la cadencia de unas palabras eso que definen como afinidad. Hay algo en esas pinceladas ajenas a la precisión, que me invita vibrar en una sensación de plenitud mucho mas duradera que los pequeños encontronazos de comprensión con los que con suerte te puedes topar en el día a día.
¿Sera esta la adictiva magia del arte, la belleza que sublimada permanece queda en un momento casi perpetuo, pudiendo acudir a ella en busca de esos pellizcos al alma, de esas sedantes caricias que nos hacen renacer en un ahora mas amable y con un ápice mas de fe? Al menos esta tarde si, hoy reniego de su forma convulsa empujándome a trasgredir mis limites, hoy simple, me apetece reconciliarme, recordarme cuando de topetazo el azar te guiña el ojo.
Hoy me senté frente al teclado con la inquietud que acompaña a todo tejedor de lenguajes, me aventure a la caza de alguna imagen por la red mientras a través de mis cascos un piano se funde sobre una base rítmica que enmudece a ratos, un latido acompasado que genera una atmósfera casi ingrávida que me permite dejar que mi pensamiento se comprima en estas lineas que desconocen su objetivo. Y apareció, como surgen las tempestades que ponen patas arriba nuestras vidas, imprevisto y voraz, toda la obra de Monet impregnada de ese aliento liquido que traspira. Y me sentí de nuevo seducida, como cuando de niña me sobrecogí ante aquellas imágenes que emergían del libro de sociales y que almacene durante mucho tiempo en los espacios de mi vida. Siento cierta desnudez frente a la hoja en blanco, pero no es hiriente, es una entrega consentida al amante simétrico que desprende de ti cualquier condicionante o motivo. Es un átomo de perfección escapándose del tiempo, abriendo una grieta hacia otra realidad en tu propia esencia.
Lo miro, y me adentro en ese atardecer invasivo que detona bajo una bruma crepuscular que viaja a lo largo del cerebro evocando adormecidas estelas de mi “yo” no sugestionado por el pensamiento, y el gozo que nace , me empapa del indefinible dialogo de naranjas que, entre una nebulosa armónica logran que la parsimonia de la tarde se convierta en una obscena descarga de emociones. Todo la magnitud de un ser azotado por escalas de sonido, por unas simples notas reiterándose indefinidas frente a las pinceladas que conforman una imagen que carece de margenes salvo los del color invitando a el que lo contempla, a definirlo con pedazos de sus emociones. Una nada diluyéndose en energía, espolvoreándose sobre el tiempo que sus dedos perfilan los contornos de una sensación que brota y quisiera atraparla por siempre. Es mi personal dialogo con los objetos, con esta a ratos desconocida que soy yo.


La Susodicha
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