Las piedras sucias de los caminos



Las piedras sucias, no restan belleza a los caminos. Cuando la patina del tiempo las hace estallar de humedad, cuando la vida que se descompuso toma nueva forma y las rescata de esa grisácea indolencia, la simple piedra emerge correspondida a su voluntad de permanecer, y es reintegrada a ese pulso cambiante y bullicioso del que, como en una especie de dictamen cruel, de broma maliciosa, fue expulsada. Y son partes aceptadas como marco, referencia o traspiés de lo transitado, del necesario espacio a explorar que toma forma en la retina del que esculpe la realidad.

Hay piedras simples, vulgares, piedras que no fueron talladas por el magma hasta convertirlas en féretros  hechizantes de luz, que poseen  el encanto de una historia narrada bajito. Un murmullo para aquel capaz de mirar y desnudar las cicatrices, las texturas que la conforman, como la más esquiva de las miradas para un oculista de almas.

Tienen encanto esas piedras, esos pedazos de entrañas diseminadas por los suelos, entregadas a la creación y los flujos, sumisas ante el todo, ante las manos que doman sin fatigarlas los surcos que las conforman. Un algo constituido por inclusiones que las aleja de la ostentación de presunta pureza de las piedras preciosas.

Siempre me gustaron las piedras sucias y su natural franqueza.


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