Perderse...


El amor era como un juego entre parvularios que nacieron difuntos, era la inconsciente inspiración de la piel buscando la certidumbre de la herida para sentirse viva.
La huida del "Yo" en camino a su propia busqueda.



Todo podría resumirse como fascinación, febril y reiterativa por dibujar a tientas todo el plantel de sombras agazapadas mas allá de esta tenue penumbra, que solían llamar soledad.

Empujada siempre por la enfermiza querencia de observar la luz troquelando juguetona la oscuridad, se adentraba entre el ramaje del bosque, y apostaba al descuido dejándome ir tras el mas nimio sonido, porque el susurro de estas naturalezas muertas del inconsciente, poseían la virtud de tornarlo el eco magnético por donde precipitarse.

Siempre había un lugar, una cita inexcusable que se insinuaba entre al paso bajo y sobre las hojas, que daba un sentido a cualquier extravió, así que, un sutil canturreo de aves entre la mas densa bruma, una delicada brisa generando cierta embriaguez sinfónica, eran motivos mas que suficientes para aceptar la invitación de la frondosidad.

Perderse era requisito obligado, la necesaria travesía para integrarse con el paisaje una vez que la noche se daba por instaurada, ya que solo entonces, aquel cosmos de humedades, de lenguas astilladas, de saliva arcillosa, se revestía con un halo de gentil gesto, de perfil de almohadas compartidas y añoranza ante el éxtasis sublimado de la desesperación , de la soledad mutada en desamparo en medio de... una simple arboleda.


Líbrenme mis ojos de los tontos, los gloriosos y sus palmeros.

  Es verdad que hace frió, que el aliento comprimido y extensivo de tanto mirar privado de libertad gesta los carámbanos afilados que nos podrían, ( oh, azar) perjudicar. También es cierto que me subyuga esta primavera absurda, y el compás veleidoso de los copos de nieve en sus repentes, ese desconocer de los patrones y la voluntad intacta ante las direcciones. Porque gravitan sobre la ciudad y sus alambradas de tendidos eléctricos, leves, tenues sobre ese flujo de pulsos e impulsos, en este increchendo de distancias, de ruidos, bocas y palabras enredándose como hiedras sobre lapidas, vacías de melodía, valor y vida. Por esto me dejo ir en su danzar, arrebatada ante lo impalpable, a lomos de lo que los mueve y promueve a ser, en ese instante, un germen efímero de belleza y entrega. Es entonces cuando escribo lo inenarrable que me acontece, ese maná que brota y me vence ante lo común de los guiños a través de la mirilla, invisibles para muchos, la magnificencia de lo insignificante que me apasiona de lo que me es dado.

Más tarde enciendo el ordenador, y oigo el rumor de algunos muertos arañando sus féretros de hormigón, con las yemas abiertas, resecas, carcomidas en el ultimo acto que les permitió la hemorragia de esos dedos líricos, infectos en una desconcertante cantidad de revanchismo (compensación blandiría yo, si me importara algo más que el desentrañarte) escribiendo poemas hasta agujerear la pasividad que los rodea, hasta recuperar la tibieza de los labios consumidos en apatía por sus reconocibles rutinas, acaparando deseos transitorios que los salve de su Doña Muerte, temosos del arma definitiva que aletargan a base de nostalgia, parapetados tras sensaciones prestadas en papel o en la inmediatez de la red.

No hay mayor amor que el del cobarde amparado en la oquedad maternal de las ciudades, esas viejas solicitas de pellejos resecos, edificadas sobre el delirio de los siglos y siglos que consentirán tus crímenes y tropelías, en ese afecto tributario donde los pulsos adormecidos, mecidos en lo reconocible acallan el hambre con bálsamos de memoria e insignificantes trofeos sobre las baldas que mirar de soslayo cuando entre las sabanas, todo se viene abajo. A veces sucede que las ciudades van dentro de uno, y hasta en el paraíso y el exilio, las transita en runrún automático.

Quizás tú, revanchista, pretensión de animal intuitivo, disfrutes de tus caseras monterías de corderos postrados en la embriaguez de ser, al fin, sacrificados, por algo que tan siquiera es una sospecha de vida, incapaz de sostener y manifestar la destreza necesaria para proceder al movimiento definitivo del que ejecuta la liberación del agónico. Ten al menos cierta mesura sobre el lustre que pretendes a las victorias sobre tus iguales, no vayas a descubrirte otro idiota venido arriba por el soniquete de las palmas.
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