Podrida de primavera...



Censura la ternura, maquilla tu hambre suplicante con los restos entregados pudriéndose a la intemperie, niégate la inspiración hasta que la muerte despiece la grandilocuencia de la nostalgia a la que tributas lo bendito, tú rabia. Castígate al olvido de lo que supone rozar nuevos amaneceres, temeroso de la altitud que sustenta rozar por instantes la luz, déjate rendido, en la voluntad de las piedras porosas. Juzga, tasa, etiqueta amparado en la confusa memoria, persevera en la ausencia. Total, que importara.

Ampárate en el absurdo en proyección, con las órbitas desencajadas del que observa con mutismo acercarse la ultima y determinante tempestad sin compasión alguna, ajeno, tendido y ausente sobre un lecho de palabras... o duerme por siempre de una vez, en el sueño de los ciegos donde el sabor defina paisajes, donde el olor tiña los campos del rumor de hierba, donde el tacto de una piel te narre los matices del gesto de quien te abraza. Y que alguien, al fin, susurre el brillo lunar e imposible de atrapar en la cambiante mar.

Se lengua erguida inyectando adrenalina entre labios mullidos de carne coralina, que ya procederá el tic tac a desalojar lo piretico y deforme de tu hambre versada en mi memoria, se el domador de los versos acuosos amortiguando las ortigas de tus entrañas, y si te atreves, vacíame el mirar, miénteme hasta matarte y sino, púdrete en la indiferencia del universo.

Dijo ella, un Domingo cualquiera podrida de primavera.

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