Los barrotes de lo indiscutible..




Llueve, esa lluvia laxa de las primaveras enrarecidas de las que somos testigos y Carmen, organiza mentalmente el menú de mañana bajo en sodio mientras, como una planta en un invernadero se deja estar en el sofá, frente a esa luz sintética de la pantalla, esperando la llamada de su única hija proporcionándole esa conversación que la permita sentirse parte del flujo de la vida. Siempre junto a ella, una libreta llena de números de los que solo ella debe conocer el significado apuntala esos momentos de ausencias y falta de riego subproducto de esa picazón insistente, de la enorme cicatriz que la parte en dos el pecho. Carmen, es buena esposa, una mujer ejemplar de su tiempo que llevo con estoicismo las pequeñas escaramuzas mensuales de su contrario en los puticlubs locales, y la afición deportiva de este por el levantamiento de vidrio tras las megajornadas en la fabrica de rodamientos, y alrededor de unos cientos de bofetones que asumió con admirable resignación. 

 Faustino, su marido, es una sombra rendida que recorre las habitaciones desorientado, falto de significado desde que hace seis años lo jubilaron. Suele bajar la basura a menudo aún cuando la bolsa esta medio llenar, es el motivo lógico que se facilita para asomarse al mundo, a los cien metros de realidad que hay desde el portal al contenedor mas cercano. También ha generado sus pequeñas obsesiones, las manías que en la rutina de la ratonera  que asumieron como objetivo indiscutible y cohesión de sus caminos, lo definen y logran frenar el terror por lo incontrolable que intento acallar a base de lingotazos. Tiene un frente abierto con la joven peruana que acude por horas a luchar contra ese olor avinagrado de la derrota que se hace fuerte en las casas de los ancianos. Es una carne mansa, tostada y debida, una muchacha comprimida y robusta que le otorga las tres horas mas estimulantes del día. Siempre al despiste añade sal a sus guisos, cantidades insanas para la pareja de ejemplares abuelos, también esconde los productos de limpieza o formula pequeñas tretas para que se de el vivificante encontronazo de la reyerta entre su parienta y ella. Y como no, con sutil maestría deja caer objetos por la casa para disfrutar de lo que intuye se esconde entre esas desorbitadas nalgas.

Llueve, impregnando las ventanas de esos anónimos exiliados, humedeciendo la tarde de esa reconocible monotonía que les permite mantener a raya  la sensación de tristeza y fracaso, de estafa y fraude que no escapa mas allá de los cristales. Son dos personas discretas, dos personas que asintieron que se debían a la formulación de lo indiscutible, y soportan los últimos coletazos gracias a la mil boticas que ocupan la balda central del mueble del salón junto al televisor que incesantemente encendido, a un volumen invasivo, ejerce su función de paliativo para la distancia y el silencio corrosivo entre ambos.

Sobre las siete de la tarde, Carmen se apura un buen puñado de nueces y un vaso de leche. Tras la operación a corazón abierto la seccionaron noseque nervio, lo que la provoca cierta incapacidad para respirar con normalidad.
Faustino, debido a sus problemas de colon irritable se pasa las dos siguientes horas tras la merienda en un trasegar constante al baño mientras ella permanece conectada a la maquina de oxigeno. A veces, sentado en la taza observa sus genitales, mansos y cedidos,  pendiendo sobre la porcelana blanca y contiene el impulso de presentarse en la habitación contigua donde ese soniquete mecánico  le recuerda el cada vez menor préstamo de tiempo del que disponen.  Carmen no fue una mujer sexual, no fue una hembra encendida que disfrutara de los encontronazos de la carne y el sabor de los cuerpos enredados y sin limitaciones, demasiados días buscando sentido en los sermones de la iglesia, demasiado tiempo empleado en aparentar la normalidad, en afianzarse en la dignidad  que carecían las putas a las que acudía su marido para que le ensalivaran los bajos. Faustino, espera la cena observando esa copia del Gernika de Picasso que domina la sala como una especie de broma macabra.

Llueve, en la ciudad de los anónimos el agua tibia de esta primavera que sume la totalidad de las historias en un caldo de apatía.  Los motores rompen la indiferencia de las ciudades por segundos, y la tarde continua, inevitable para todos, pesada para los muchos que hicieron de sus horas una comunión de cobardía.

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