El fluir de las vulvas de entre vías...





Tú jugando a buscar a tú puta triste, la hermosa, la sucia y dadivosa, la obscena e imperfecta, sublime en su entrega, la niña maltratada, la diosa de la caja de muñecas que apilas en los bajos de la cama con todas esas revistas con las que aprendiste a sacudir el aburrimiento engrosando tú polla, la ansiedad agolpandose en las pelotas, la libertad transitoria en lo perfecto de la hidráulica. 

Y yo sin mas dueño que la necesidad de asombro y treinta euros la media hora. El precario travestí predispuesto al capricho de los días apurándose las colillas, observando, con el corazón tan hinchado como lo carnívoro de su sexo el trasegar de los hombres a la deriva, el feto indefinido flotando en una probeta llena de tierra haciendo guardia en los callejones de entre vías con sus dos flamantes y ofensivas tetas a modo de portentosa sintaxis.

Eras más de lo mismo, el mal común, el común de lo hombres, el denominador de las cosas, el denominado ¿Gregorio? Y su petulante sombra convirtiendo el planeta en un gran estercolero, lo reiterativo con ciertas capas de heroicidad  tras los alardes de estar follándote la vida apurándote las botellas, el coraje que se presupone bullir en la autodestrucción, el grito en la renuncia, el placer del martirio, porque no estabas purgando vicios, no. 

Acudías a mi en busca del castigo, del placer de desconocerte cuando ebrio de frustración y al borde de la inconsciencia mas absoluta, te necesitabas ofrecido, rendido a ser invadido, tomado por la consistencia del deseo echo tibia y gruesa carne...o en su defecto, buen latex. Me recordabas a la Dolo, chupeteando los antidepresivos que engulle sin medida a modo de caramelitos mientras invade la ventanilla de los coches dejando caer sus flácidas mamas, pero gustabas que te llamaran escritor, así que vomitabas palabras en vez de ese marasmo espumoso como ella, aquello que la acabo por vencer junto a los contenedores de descarga, reventada y tan azul como los pensamientos de la floristería de Doña Gracia. 

Si, quizás esto te libraba de la quema donde nos dejamos  arder las putas enmudecidas, aun así, resultabas tan o mas barata que cualquiera de nosotras,  pero habías leído aquella interminable lista de autores que podrías nombrar sin apenas respirar. Hasta cuando me pedías que citara a los ojos de Dios sacudiendo tù próstata hasta el delirio solías correrte recitando versos de Gloria Fuertes.


Padre que habitas en cualquier sitio,
Dios que penetras en cualquier hueco,

Tú que quitas la angustia, que estás en la tierra.

En este punto, era inevitable lo que se arrancaba de mi garganta hacia tu nuca, mientras la mordía con la suficiente energía para inquietarte, y acaecía  el susurro que te sumergía en esa extrañeza que te liberaba.
"Y en tú agujero" 
Lo que provocaba el latigazo que recorría como un impulso enloquecido tus nervios narcotizados para dar a morir en la sacudida, en el espasmo blanquecino de tu ansiedad empapando las sabanas como la más deliciosa poesía, que luego gustabas lamer. 

Era algo casi protocolario, que repetíamos al igual que la conversación del después, cuando me observabas con esos ojillos de virgen de estampa, bello y alucinado, y decías que podrías llegar amarme de esa forma atroz que hace del pecho tempestad y ausencia, que mañana sufrirás el mas funesto de los males una vez superada la descomunal borrachera, que no existía un Adiós posible en mi.

Y acariciándote con ternura los muslos y enfundándome la polla de goma dentro de las bragas te recitaba los últimos dos versos de la realidad...

"No cariño, no, adiós no. Son 130, pero hoy no hace falta que lo dejes en la mesilla."

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