Aviso a la ciudadanía...



Cuando hayas vendido lo que quedaba del pulso que imprimía verdad a tus palabras, deberás entonces,  acercarte a la gran acequia global, al sublime vertedero de vivencias conocido como internet y desconocer de pudores y respeto.
Para ser ladrón de palabras debes tener nombre y dos apellidos, reconocidos, reconocibles en el submundo de los parásitos. Aunque siempre es mas heroico si te agencias un seudónimo  Debes al menos, configurar dos sombras propicias sobre las que atraer a la victimas, puedes elegir entre la fresca sombra del árbol para los crédulos donde como articulo decorativo, le pendes un ahorcado, así de cuando en cuando. O el intransitable y apestoso callejón de las antiguas putas para los que dicen renegaron del alma y dejar crecer de vez en cuando flores en sus esquinas. Darte al placer exquisito de follarte los cadáveres que andan pudriéndose en los cementerios, en el olvido de antiguas entradas. Para luego, pasearte hegemónico haciendo alardes de los restos como si fueran fruto de tu talentosa condición para la caza  y la creación, pero si eres de rango,  iras sustrayendo metódicamente y en silencio para dar forma a algo de peso que podrás poner en venta a tus numerosas fanstint... (tras haber humedecido con un sutil gesto de predi lección sus grises vidas), o en las paginas de librillos de descarga.
Así que, sabedor de las delicias que se esconden bajo las cándidas braguillas de las niñas, de las incautas,  como un feriante de chaqué impoluto, como un mago del arte de la envoltura, juega a hacerles trajes a salivazos hasta que vayan dejando esas pequeñas gotitas con las que nutrirte. Y una y otra vez ten preparada bailarina para el escenario en el perfecto por elaborado espectáculo... y monta un club de subterráneos.

El ladrón de palabras, carece de forma concreta una vez que probo el elixir embriagante del reconocimiento en sus múltiples formatos; mediocre, mundial, brillante o comarcal. Y posee una mas que cuestionable autoestima que pende y oscila entre la necesidad de las palmaditas en la espalda de lo que el considera sus iguales y el denso mutismo que acompaña el habitar el torreón donde se encierra con sus dóciles putitas, a recomponerlas, a formar momentos en lo comprimido del poema. Es un ente apático, carcomido en sus rutinas infertiles cuando se aposenta frente al ordenador y teclea, ya que no hay apenas hormigas que le roan las yemas, apenas un silbido asmático de lo que eran sus entrañas. Es una entidad caída en la mecanización así que, juega, y se divierte y sacude las pulsaciones con cada nueva actuación.

Un escritor sin inspiración, es un asesino en serie, un personaje reseco y consumido, ya que el deberse a la ideación de mundos o momentos de cuchillada en las tripas necesita un tributo de sangre. Un escritor reconocible, reconocido, siempre es un ladrón, un cabrón diría él, en un intento de revestir de cierta viveza  a esa mortandad que pende mansa de entre sus muslos sin las palmaditas en la espalda y la admiración de los incautos. Es la sombra del mismo presidio que el conformo, pero puede que, esto aún el no lo sepa.

Lo que desconocía el ladrón de palabras, es que yo la tenia fichado... y jugamos al ajedrez, o no se si fue a los barcos, e incluso por momentos pensé que le resulte tan insufrible o tierna, tan obscena o idiota que me dio clemencia antes de marearse mas la cabeza con la mecánica inversa del probador probado.

Y lo mas extraño es que me cae hasta simpático. Aprecio por lo especímenes raros, va a ser, o que me he divertido tanto que lo considero un digno adversario.



Frescura, muerte exultante de vida...


He bebido de ti, lamido tu cerebro entre las sombras, deslizándome por las circunvoluciones de los pasadizos con las manos sobre mis pechos, he presentido las cosas secretas que se quedan en el borde de la copa que no se termina de derramar para hacer memoria y entregarla. 

Aquí mi paisaje, entre lineas, como ocurre casi siempre con la verdad. Lo contenido en una mentira prolongada en el tiempo en que se edifican mundos, sin gala de sinceridad, porque escribimos en esa forma  de rescate que comprimen las piedras sangrantes que observan lo que acontece. Nadie soportaría el día a día sin la cordialidad de lo adecuado que dona el que conoce la melodía que desearías escuchar.

¿Cuanta muerte y amor en un verso, cuanto restaño para los que viajan  entre párrafo y párrafo de un libro, cuanta bendita mentira?
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