La estación de San Petrua



Bajo la enorme marquesina de la estación de San Petrua, las cosas se sucedían lentas. Los pasajeros de destinos ciertos se ralentizaban al cruzar el umbral. Margueritte, la camarera de la única cafetería , angulosa  ella, de mejillas consumidas y dedos ambarinos, decía, que era debido a aquella endiablada vidriera que diseño aquel alemán loco. Que sacudido por una especie de éxtasis demoníaco  se recluyo por tres años en una olvidada cabaña de los bosques de Broisse, hasta que considero terminado el diseño de su obra. Decía, que hasta allí tan solo acudía un viejo tuerto de mirada esquiva y siempre ensombrecida bajo su gorro, a reponer la despensera, a dejar enormes manojos de cartas, que se fueron amontonando, semana tras semana y que, desprendían un profundo aroma a mirra y tabaco.

En San Petrua, los gatos supervivientes del frenesí de la urbe, realizaban un extraño ritual pasadas  las doce del mediodía. En una improvisada procesión, salían de los recoveco mas insospechados, los podías ver corretear apresurados sobre los tejados de los talleres, hasta darse arrobados a retozar bajo el reflejo que producía la mas desconcertante imagen de la vidriera.

 Había una luz extraña en San Petrua, una luz apática y densa, inquietante mente bella a determinadas horas del día.

Todo el que allí entraba, pasaba a formar parte de aquella atmósfera, de ese influjo indescriptible que provocaba que las partículas de polvo, de restos, suciedad, gravitaran como ajenos al tiempo, aunque siempre prevaleciera esa mecánica que los compartimentaba, que los sometía a el eco inaplazable del enorme reloj que, en la pared de enfrente de la vidriera cumplía con exquisita precisión su función informativa.

Era hermosa la vidriera de San Petrua, con todos aquellos personajes neblinosos, indefinidos en grotescas posturas, escupiendo su ondulante collage de colores sobre los mármoles del suelo, sobre los que estaban de paso hacia algún lugar, sobre los que decían adióses, que eran hasta luegos o nuevas ausencias, sobre los que  habían olvidado sus pies, y acudían allí, rutinariamente, a por su dosis de nana mecánica que adormecía vete tu a saber que personales monstruos de leyenda.

Quizás por todo esto permanezco aquí, con los ojos inflamados, sentada junto a Guinbridge, con su vieja maletita de ratan llena de lo que nunca le termino por preguntar.
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