El sabor de la papaya






Se van muriendo días sobre nuestro calendario, inmersos en la elección de compartirnos a ratos, me encanta cuanto prorrumpes, en plena madrugada, con esas palabras con sabor a hierba, con tus ademanes cobrizos agazapados a medio pulso entre la risa y la necesidad de derrota en tus ojos.
Y todo ese mundo de colores agolpándose, insinuándose, bajo el calzoncillo de batalla con los restos de la sangre que te bebiste ente Jamaica y Alemania..

Todo esta bien en lo discontinuo y casual de observarnos, desnudándonos en los intersticios de la carne que nos empuja, como dos titanes petrificados en las lecturas de la piel pataleando hasta alcanzar la aceptación del ruego en la mirada del que se sabe a ratos. Todo a resultas del humo verde zarandeando mi infierno receptivo, poniendo las cosas tan patas arriba que adquieren coherencia, a bien de la semejanza que nos condena a querer descubrirnos entregándonos al otro. Desposeyendonos, en esos espacios del deber que nos confiere estas garras quirúrgicas.

Sabes a tierra tostada, a sangre añeja amamantando un vergel, a raíces que aman lo logrado y no cejan sin embargo, de perderse en el horizonte. A deseo muerto salpicando con su bramido los limites de las paredes, a esas semillas que hacen sabrosa a la papaya.


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