¿Te comió la lengua el gato?




Asomados a los tiempos y los espacios, se levanto el sobresalto en los paisajes lunares. Y el ojo enfrentado al ojo, no pudo menos que aventar a los gatos al allá, a lo lejos, forzados a la curiosidad del ver por mirar.

  Bien sabia, que arrastras con la memoria sobre los pellejos hasta ver el lustre de la llamita sangrada en medias tintas, no era nada o todo lo que quedaba tras. Por esto, y por cierto placer del que observa por un pequeño orificio, trasladaba el mirar a lo sucinto que los disparos a tientas habían conformado en lo escondido tras las paredes, tras los parapetos de palabras (puertas giratorias del caleidoscopio ). Mirar era un ejercicio complicado, ceñido al sentido mismo de la vista, a la agudeza y la lejanía para discernir lo que merecía ser aprendido o lo que arremetía como sensación arañando la base de la nuca. Mirar, inmersos en lo inesperado de las escenas desenvolviéndose ajenas a la presencia o participes desde la morosidad del tiempo incitado.

La desnudez va por dentro, la piel como cobijo de los edenes e infiernos, es aquello que se ofrenda a lo asilvestrado capaz de provocar la herida, de sacudir la médula con la incisión precisa en la impecable medida de la desenvoltura. La ropa que se amontona a los pies tras la ventolera y muestra, la verdad de la delicada carne de esta lengua viva.

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