El té de las cinco de la tarde...



Como cada día Silvina se sentaba a eso de las cinco de tarde con su tecito verde con menta a contemplar el mundo desde la terraza del  Nº5 de la C/ Santos remedios. Era un reflejo acotado de este su placita, enmarcada por los viejos edificios del casco histórico, con sus fachadas de piedra teñidas de días y días de  lluvia monótona de las ciudades del norte, y esa maraña de callejas invariablemente atardecidas confluyendo allí. Cauces empedrados por donde viajaban las tormentas pasadas, por donde la gente se desenvolvía entre colmados tan enraizados que resistían frente a la implacabilidad de las grandes superficies. Vericuetos urbanizados entre tascas de madera robusta, empapadas de un pulso antiguo, de un olor rancio a tradición y quizá verdad. Muy alejadas de la oleada de diseño aséptico y aluminio que se extendía mas allá del barrio. Y nuevos comercios, innumerables y variopintos, proveyendo a la barriada de cualesquiera que fuera la particular necesidad.

No parecía un mal lugar, si la desesperación que sacudía los últimos años, no hubiera convertido las avejentadas viviendas en un refugio de bajo costo para los que subsistir se convirtió en algo a lograr a cualquier precio.Se daba allí una amalgama curiosa de costumbres y lenguas, una convulsa babel en el corazón mismo de la ciudad. Miles de personajes en sus rutinas y quehaceres diarios, los foráneos y los que reciente habían desembarcado, todos gravitando por los aledaños hasta ser empujados por la inercia del que se ve avocado a perseguir  la luz hasta dar a la plaza. Alli, dos enormes terrazas acorralaban la discreta fuente desde la cual,  emergía una especie de monolito cubierto de verdina y coronado por una  figura alada desfigurada por el tiempo, escupiendo un discontinuo chorrito de agua. Tan menudita era esta, que algunas tardes de Domingo solo su borboteo hacia sospechar su presencia entre los que iban en busca de ese pedazo de oasis en medio de lo intrincado y asfixiante de la zona.

Silvina, llevaba años recreándose en sus personales rituales cotidianos, como abrir la enorme sombrilla colorada hubiera o no sol, antes de, (con una exquisita y metódica coreografía) disponer sobre la  mesa de forja las piezas de loza y recoger la colada del tendal para adentrarse de nuevo en el salón y salir con sus gemelos de teatro entre las manos, la cámara que pendía sobre su pecho como antaño y aquel enorme álbum lleno de recortes, fotografías y anotaciones que ojeaba las madrugadas de insomnio. Ya pertrechada, se sentaba, y  tras verter pausadamente el  humeante té en la taza, se dejaba ir contemplando el vapor caprichoso imprimiendo formas en el aire, absorta vete a saber en qué estaciones. Luego aparecía la vieja pitillera, cuarteada y deforme que sacaba de alguno de sus bolsillos. Prendía otro de los numerosos cigarros que la acompañaban , consumiéndolo en bocanadas lentas mientras observaba a aquellos figurantes bajo ella. Todo aquel cumulo bullicioso de rostros, aquel enjambre de convulsas emociones.

Ocurrían cosas, si. Intrascendenntes y definitorios instantes que podía entrever cuando armada con sus gemelos escudriñaba las mesas.
La historia maquillada de discreción en la conversaron de tono leve de aquel hombre canoso que no paraba de hablar sin dejar de mirar obsesivamente su móvil, por ejemplo, era revelado por la humedad contenida en los ojos de una mujer que veía rechazado el ademan de cercanía de su mano una y otra vez.
La traición gestándose en ese destello amarillo aflorando en la mirada de la señora que viendo alejarse a su compañera de cafés, rebosante, desconocedora del  gesto retorcido que se producía a sus espaldas  tras hacerla participe de alguna buena noticia, se disponía a pagar la cuenta de ambas.
El miedo atroz e insalvable del borracho que escandaloso abordaba al primero que se cruzara por su campo de visión, atentando su mala soledad con mil absurdeces buscando el contrapunto al ruido escandaloso de su mente en la verborrea o en la disputa.
La vergüenza enfermiza de aquella adolescente anodina parapetada tras un libro, quizá humedecida soportando los chabacanos chascarrillos de su tío sobre las mujeres mientras a ratos la acaricia el muslo. Aquel hombrecito de cuerpo musculado hasta la obscenidad dando vueltas a su batido hiperproteinico sin poder evitar excitarse al observar sus brazos, que por cierto,  tensaba cuando veía aparecer al camarero.
La anciana de rostro sobrecargado de maquillaje, con sus mamas flácidas venidas arriba por un sujetador dos tallas menor, excesiva  en su mensaje, en el intento de insubordinación ante el paso del tiempo.
El frió que rezumaban  los hábitos de la pareja  perfecta y abnegada a primera vista, estupendos ellos,  reservando las reprimendas de sus hijos para un ambiente más hogareño en el que poder dar rienda suelta a la frustración.
Lo que alguna vez fue ardor entre los muslos, fiebre en las palabras en la mujer que pasea con la distancia pintada en sus labios cada mañana su vista sobre la plaza bajo aquella titanica sombrilla colorada.
Se sucedían  las historias, tantas como la permeabilidad de la retina te permitiera ahondar , tantas como lenguajes fueras capaz de desentrañar y ella era una narradora, alguien dispuesto a ser memoria.

La mayoría desconocían los pasos previos de Silvina hasta su llegada al barrio,  la percibían, eso si, pero como otra curiosidad de aquel lugar, un enigma a refugio del  estallido de color en las monótonas fachadas en los momentos que, apurando el café, la copa o aplazados en sus trayectos a alguna parte, se percataban de su presencia, allí, bajo la enorme sombrilla, observándolos y dando pequeños sorbos a su taza. Llego pasada la cincuentena con un montón de exóticos trastos y muebles y libros, montañas de libros más las numerosas maletas que se acumularon en la entrada del portal el día que apareció, para no vérsela  ya jamas con sus  refinados tacones retando el accidentado pavimento. Dedicada por entero a sus metódicas costumbres, a su soledad perfectamente organizada, enclaustrada o quizá expatriada por sus desencuentros afectivos.

En la quietud de aquella tarde de primavera, nada hacia presagiar lo que aconteció, revelado muchos días después tras la salvaje reyerta entre dos grupos rivales de congoleños enfrentados por el control de alguna zona de venta. Últimamente venia siendo frecuente las grescas entre las mujeres pálidas y bellas del este con sus chulos, las voces a deshoras de los borrachos de acento sofocante y dulzón vomitando su rabia y su locura al vació de los callejones, las desproporcionadas búsquedas de atención de los chavales y chavalas liándose a golpes con el mobiliario urbano, pero en aquel atardecer tan cálido donde el trino de los pajaritos, como un sarpullido bucólico se imponía sobre el rumor de la gentes, el sonido agudo de las dos detonaciones que disolvieron la gresca de los africanos, se propagaron como un eco trágico del que nadie quería ser depositario. Gritos, lamentos, mesas lanzadas al suelo en plena huida, todo un tumulto de personas corriendo en direcciones erráticas, otros paralizados por el estupor sosteniendo sus vasos, las bolsas de la compra, lo que fuera que tuvieran o hicieran... en una especie de stand by, como si la inmovilidad les ofreciera el perfecto refugio. Y después el sonido de las sirenas de la policía, la toma de declaraciones y posterior detención de parte de los responsables de los disparos y en el trascurso de las horas el orden habitual de la vida se fue instaurando, como si nada.

Silvina permanecía sentada, paralizada en un gesto de asombro, con todos sus trastos rodeándola en su terracita, un día, dos, tres... hasta que el dependiente del colmado próximo que le servia el pedido semanal se percato de aquel cuerpo acecinado, quedo, ese que no atendía los timbrazos ni sus llamados desde la calle, el que semioculto bajo la sombrilla  pareciera seguir observando la plaza. Los bomberos y dos agentes se personaron en la casa tras la llamada, y comprobaron que la mujer estaba cadáver. Una de las balas perdidas de aquella idílica tarde de primavera, impacto con fatal y punzante precisión el objetivo de la cámara de Silvina, atravesando la cuenca de su ojo izquierdo para ir a parar al cerebro pero, de una forma tan excepcionalmente limpia que no mostraba apenas señales de hemorragia. La ultima instantánea del carrete era grandiosa, digna de formar parte de las memorias del barrio que con tanto mimo elaboraba. Todas esas fotos, la crónica detallada y sugestiva que de su puño y letra las rodeaban. En fin, un drama...

La fatalidad tenia la capacidad de encontrarte allá donde estuvieras, allá donde te imaginaras salvo. Las historias podían asaltarte inesperadamente, y convertirte en el personaje de la más absurda e increíble historia que, quizás habrías querido recoger dentro de tu colección de memorias. Aunque casi siempre la muerte se daba, sin más, y ya otros se dedicarían a buscar las palabras con las que formar factibles razones frente a la imprevisibilidad.

3 comentarios:

  1. Es increíble que uno deba estar en la trayectoria de algo tan ínfimo (pero letal) como una bala... Un abrazo.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Las cosas y esas leyes no escritas, ya sabes.

      Abrazo.

      Eliminar
  2. A mi me ha causado una pena terrible la vida Silvina, tengo la sensación de que vivía a través de imágenes de otros que no dejan de ser instantes parados del tiempo -y eso que me encanta la fotografía-.
    Besotes.

    ResponderEliminar

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...