Devenidos...

Hambre,
de la materia que atenta y blasfema, de la bravuconada del tiempo comprimido y endurecido que dictan y emerge de entre tus ingles como flor exquisita,
como un epitafio púrpura al día.
Densa, caótica y nutritiva poesía,
tu, yo
podridos en el ardor, gravitando replegados en lo eruptivo
Y ahora,
olvida si puedes los matices de lo que se agolpo en tus venas,
aún cuando tu sexo tartamudea mi nombre.

De pulsos e impulsos

Me he bebido los parabienes de esta noche en ojos desconocidos y copas quemadas por el uso, me he dejado sin cauce, en este redescubrir, en este retomarse tras el luto de esa entrega inmerecida.
Ebria de cálidez y aire, con la maquinaria de destellos circundando más alla de las brumas, del teatrillo de guiñoles que, desentendidos de esa molesta sensación de sus culos, permanecen inmersos y reafirmados en clichés.

Me he tragado los claroscuros de todos los rincones que me ofreció la ciudad, sin compuertas, sin consideracion a sus monstruos de leyenda, sin respeto hacia ésa, aquella adolorida que observe en los espejos y pretenciosa decia "yo", como si la palabra alzara un púlpito. Que estupidez, que cúmulo de presumibles supuestos dando pies con los que otorgar el poder de la huella a los hechos, y continuar así, alimentando los manuales de las tragedias nombrando patria a la memoria.

He tomado la madrugada, en este privilegio del que sabé del placer, y de ser y de estar, con la risa bien armada haciendo la corte a la incertidumbre.

Ya no más sombra mía, un pestañeo una vida...

De cuando todo se precipita...



La tarde se precipitaba como un augurio oscuro que el cielo mecía algodonoso, un descuido de Otoño agrietando lo preciso de los calendarios y eso que alguien nombro por primera vez como estaciones, comprimiendo los ciclos y lo cambiante. Al otro lado de las ventanas, en el reverso de la ciudad que como un espejismo por piezas se forma en los cristales, a las casas se les prendía las tripas, con un capricho de calidez que narraba del quien y desde donde latía y se conformaba el hogar.
Tal vez solo los que cargan su intemperie fueran sensibles a esos fuegos eléctricos donde se intuyen una suerte de paños calientes y bálsamos. Se puede dar que esta mirada en constante alerta no dista mucho de la del niño hambriento frente a un escaparate de dulces que de una forma cruel le son vetados. Un tejer de maravillas en lo que se carece, un justificar el hambre.

En fin, empieza a llover, a desmadejarse las nubes en su narcótico devenirse sobre los objetos y las letras se perfilan como lo irrevocable, ese sumidero sobre el que habitualmente apetece dejarse ir en un ritual a medio camino de la pataleta o el ruego, en la necesaria distancia del que analiza sus propias tripas llena de los restos de aquellos otros en sus excesos o en sus ausencias. Al fin,  la llamada del propio verbo reivindicándose como las hebras anaranjadas del atardecer que no fue.

De esas nostalgias mías...


  Y tras los alientos hiriendo el maldito nombre de todas las madrugadas, el enjambre que suspendido entre las vísceras hacen del verbo silencio o clamor se propaga, como el rumor de un vuelo abriendose paso entre la quietud que ahora doblega las sábanas mancilladas con el apetito de las bestias.

 Se acusa el presente en la propia distancia, y yo, me quedo transitando los perfiles de la ciudad ajena, arañando esa indescifrable promesa que el horizonte desdibuja en los paisajes inacabados de este amanecer donde se me acurrucan constelaciones entre los brazos al mismo tiempo que el cigarro se apura, ya que si el instante se hubiera detenido en nuestras manos.

Y hay en la flor voraz lo que reboso y el vientre dio asilo, el hogar de lo que bien podria llegar a ser adolorido y a merced de todos los apetitos. Están los restos de una muerte que florece en la mecánica de lo fulgurante, como esos astros muertos que la memoria de los cielos mantienen sobre las bóvedas opacas de nuestros vacíos, así, en esa indiscutible brevedad renacera la luz de este ahora.
Queda del otro lo que asciende y desciende, hasta y hacia, el recuerdo de un olor y la desmemoria que gotea entre los muslos su tibia derrota que con neutralidad narra esta cama desordenada, este estar que nos resguarda tras tornarnos aguas, y el claudicar, de nuevo, en ese crepitar de los nervios que obliga al dia a tarde que se descubre anochecer inmersos en esta jauria de hambres, en este enmudecer la sangre a dentelladas sobre los espacios concedidos entre las claviculas.

Y en el después, esa brevedad del instante complacido frente a este gravitar inapelable sobre el abismo, y más tarde, a veces, la torpe trascendencia de las palabras como sudario a los lenguajes elementales.

Que nostalgia tan mía... la de a borbotones pretender detener el aire.

Caricatos y letras



Tú, riendo y llorando en este cuarto ridículo donde cada palabra te sirve de sudario. Haciendo malabares con diminutas bolas de fuego bañadas en alcohol. Tecleando epitafios mientras numeras espectros que la luz del trafico forma sobre el techo. Como si de un proyector olvidado te trataras, tatúas escenas sobre las paredes una y otra vez al borde de la demencia consensuada con tus muebles.
No hay risas de niños, ni primaveras insinuándose en tus retinas, ni manos lascivas sacudiendo el dolor, tan solo el eco mecanizado y eléctrico de tu memoria devorando las horas.
Tu, y el peso vacilante de tu sombra en ademanes de galán derrotado que se jacta de haber domado al dragón en el fondo de una botella. Atorado en tu propio melodrama, te miras en el espejo de tu camerino, y como si todos te esperaran apuras el ultimo trago.

Febril te tintas los ojos de tinieblas y ansia. Emulas una sonrisa, enmarcado entre antiguas fotografías, que ahora se desdibujan como el reflejo que el tocador te devuelve. Relees las desesperadas lineas que rumias una y otra vez cuando la vida no te sabe a nada.
Ironía azabache sobre sus labios cuando el mimo proscrito comienza a declamar, y se inflama el aire de música pervirtiendo al silencio de la barriada, y el rumor agónico del miedo a sentir, es amordazado por una prosa encolerizada que a ratos, lastimera y blasfema, reta a la imperfección de la esperanza sobre el alfeizar de la ventana.

Estudiaste la vida, memorizaste los actos deplorables de la humanidad y aprendiste el credo de miseria, crueldad, injusticia y prejuicio con el que forjaste tus propias cadenas sobre ese nicho hipotecado que con piadoso engaño, llamabas bastión. Ese lúgubre escenario donde solo das cabida a desentrañar la aritmética de la belleza que no logras apresar y te follaste encabronado a la soledad. Poeta siempre, caricato a ratos, mimo y charlatán trasnochado. Loco del extrarradio.

Hoy te preparas para realizar tu acto mas espectacular ante esa multitud pasiva y expectante. Te ajustas el traje raído y gris como la misma urbe, y maldiciendo a los astros te lanzas a escena. Como si pudieras abrazar tu cuerpo contra esos millones de partículas que forman el aire te dejas caer de la ventana. Te precipitas absurdo y arrìtmico, desfilando por cada una de las curiosas caras que asoman de los pisos de tu edificio mientras persistes en tu abrazo , como si esperaras abrir una brecha hacia otra esfera. Deseoso de atentar con el orden gris de la ciudad, hoy darás tu personal toque de color sobre el sucio pavimento que con suerte te acabara por besar.

¡Bon voyage vecino! Hoy celebrare tu vida.


Follarte...



Soldout- The call

¿Te han follado..? Sin corrosivas humedades, copulando con tu imaginario personal, provocando la embriaguez de la locura, sodomizado por esos destellos de plenitud.
Una imagen, una simple imagen, fruto de un puñado de palabras que penetren en ti y provoquen un latigazo desde la base de tu cráneo a ese lugar marmoleo de tu inconsciencia. Una dosis letal de sonoridad, como una corriente de ácido lisergico que resquebraja las estructuras pétreas de la lógica y, las torna un puñado de arena que contemplar sobre tu mano.

¿Te han follado así? Sin la voracidad de la piel, con una combinación armónica sobre la que danzo todo tu mundo inanimado, entre convulsiones de placer y anarquía, mientas percibes como tus latidos y tus vísceras se estremecen ante los nuevos puntos erogenos de tu alma y a horcajadas, sobre los delirios, brillantes o febriles del artista cruzaste al otro lado de tu propio reflejo. ¿Si?

Pues bienvenido, voyeaur de los malabaristas de lenguas, cómplice de los asesinos de sórdidas rutinas, bulimico de vidas prohibidas. Estas en el gineceo o andron, de los buscadores de sensaciones, en el averno de los conocedores de lo imposible e irreductible de los deseos y los recuerdos.
Enhorabuena, ya eres un perro puta del arte.

La Susodicha.

De cromáticas desnudeces..


Moby-Porcelain


Sabe una lo complicado de pincelar un escenario con palabras, lo reconozco cuando en muchas ocasiones pretendo componer esa melodía cromática que se desnuda velada por nuestro lenguaje, intentando trasgredir la férrea forma de este, y dejar fluir la impalpable esencia que nos habita. Las limitaciones son tan nuestras como los matices de nuestras emociones, como nuestro arsenal de conocimientos o habilidades. Por supuesto, me refiero al comprometido ejercicio de la escritura, aunque me resulte casi imposible desvincularlo en mi mapa personal a los mismos trazados que recorren la música o la pintura. Siempre que observo un lienzo de Monet, no puedo evitar cierto estremecimiento, muy similar al que te invade cuando reconoces en una mirada o en la cadencia de unas palabras eso que definen como afinidad. Hay algo en esas pinceladas ajenas a la precisión, que me invita vibrar en una sensación de plenitud mucho mas duradera que los pequeños encontronazos de comprensión con los que con suerte te puedes topar en el día a día.
¿Sera esta la adictiva magia del arte, la belleza que sublimada permanece queda en un momento casi perpetuo, pudiendo acudir a ella en busca de esos pellizcos al alma, de esas sedantes caricias que nos hacen renacer en un ahora mas amable y con un ápice mas de fe? Al menos esta tarde si, hoy reniego de su forma convulsa empujándome a trasgredir mis limites, hoy simple, me apetece reconciliarme, recordarme cuando de topetazo el azar te guiña el ojo.
Hoy me senté frente al teclado con la inquietud que acompaña a todo tejedor de lenguajes, me aventure a la caza de alguna imagen por la red mientras a través de mis cascos un piano se funde sobre una base rítmica que enmudece a ratos, un latido acompasado que genera una atmósfera casi ingrávida que me permite dejar que mi pensamiento se comprima en estas lineas que desconocen su objetivo. Y apareció, como surgen las tempestades que ponen patas arriba nuestras vidas, imprevisto y voraz, toda la obra de Monet impregnada de ese aliento liquido que traspira. Y me sentí de nuevo seducida, como cuando de niña me sobrecogí ante aquellas imágenes que emergían del libro de sociales y que almacene durante mucho tiempo en los espacios de mi vida. Siento cierta desnudez frente a la hoja en blanco, pero no es hiriente, es una entrega consentida al amante simétrico que desprende de ti cualquier condicionante o motivo. Es un átomo de perfección escapándose del tiempo, abriendo una grieta hacia otra realidad en tu propia esencia.
Lo miro, y me adentro en ese atardecer invasivo que detona bajo una bruma crepuscular que viaja a lo largo del cerebro evocando adormecidas estelas de mi “yo” no sugestionado por el pensamiento, y el gozo que nace , me empapa del indefinible dialogo de naranjas que, entre una nebulosa armónica logran que la parsimonia de la tarde se convierta en una obscena descarga de emociones. Todo la magnitud de un ser azotado por escalas de sonido, por unas simples notas reiterándose indefinidas frente a las pinceladas que conforman una imagen que carece de margenes salvo los del color invitando a el que lo contempla, a definirlo con pedazos de sus emociones. Una nada diluyéndose en energía, espolvoreándose sobre el tiempo que sus dedos perfilan los contornos de una sensación que brota y quisiera atraparla por siempre. Es mi personal dialogo con los objetos, con esta a ratos desconocida que soy yo.


La Susodicha

Anhelo aquello de la desertización ante esta primavera con trastorno estacional invitando a la branquiatitis


La soledad no deja de ser un enfoque supeditado a nuestra experiencia previa a la hora de ver colmadas nuestras expectativas para con otros, escribió esto y se rasco sin miramientos bajo la gomilla de la braga, quizás no con la propicia pose de quien meditabundo se estudia los poros de la barbilla como si fuera el código de la vida escrito en braille sobre la  luna, falta de flema, pertenencia o clase.

El deseo es el apremio de una necesidad tallada a fuego en nuestra esencia, un guion preso de la genética que dicta los pulsos que atentan la razón , tecleó y observo con una mirada insuficientemente vaporosa y azul la bandada de gaviotas que, a lomos de esa tarde fría, petaban el cielo sobre la antena telefónica del edificio amenazando los cientos de tendales y sus coladas.

Llovía tanto tiempo, que las nubes sufrían de estrés.

Lo más extraño...


No había nada de particular en esa calle humedecida, no residía ni un apice de misticismo en el rumor de las aceras acorraladas por los restos de la noche que, a golpe de mangerazos borraba aquel personaje fosforescente entre bostezos mientras maldecía la fugitiva luna.

Solo luces hirientes de una bocateria, clonandose sobre los adoquines, tintando el escenario de esa luz malva que destacaba sobre la penumbra  con la que las farolas daban cobertura a nuestras travesuras por esta ciudad. 


Sentada bajo los soportales tragandome la vida en una chapata recién horneada, rotando distante de mi propia ausencia, no vomite poesía en el cajero donde sacamos dinero para el taxi. No había frases cifradas por el azar sobre el muro de la casona derruida del casco viejo, nada destacable en la urgencia del drama, nada entre los bosquejos y consignas manidas a golpe de spray que deletrearan el comienzo de un distinto mañana.

Tan solo coro de soledades ebrias, de afrentas al mundo en la cara de algún despistado que veía su orgullo quebrado junto a su ultimo trago mientras andábamos hacia el amanecer, ajenos a el convulsionar del mundo. Reordenando el aire, desenredando silencios tejidos a casi ciento veinte decibelios... leyendome en  la aspereza de tus dedos, amansando el vértigo en tus uñas con todos los semáforos en rojo como coartadas perfectas.

No había un remanso de agua clara bajo tus ojos, eran un cumulo de desesperación  azotada por el humo de los antros, tú, ojeador de culos de botellas, buscando esa libertad efímera de sentir por la que merecia ser brindamos...
Tan solo flores de invernadero en las escalinatas del parque que daba a tu calle, solo aroma acre, maraña de  horas tintadas de luto fundiendose en la piel, conformando nudos de carne y sabanas, de fertil silencio sodomizando el frió de las aceras donde los autobuses comenzaban su recogida de Lunes en esta nada que nos ocupa y tanto invade.

Apenas eramos tú o yo...y lo más extraño es que me parecía bastante.

Cacatúas aspirando a ser cuervos (que idiotez)



No es complicado ser jehadista en el poema. Cierto orden, apropiada pirueta, palabra sangrante, un sutil matiz de evocación sexual, dos capas de mugre al punto de miel , tres o cuatro puñetazos sobre los muros comunes y sera factible el ardor en las tripas. Obtendrás la verosimilitud del cadáver, univoco él en la "putefacción" magistralmente definida...

Aunque en tu vida, el dolor, solo sea algo que adquiere relevancia y magnitud cuando te aprendiste  partituras, leyendo a esos personajes que convivieron y enfrentaron lo más obscuro de la condición humana. Hay mucha cacatúa que se vende como cuervo superviviente del más terrible infierno.

En fin, apenas llueve y mis demonios se aburren jugando al poker.

ΔE Δt... (me)


Siempre atenta a los chasquidos internos, como un reloj obsesionado con la hora de su muerte, respirando bajito mientras capturΔ estúpidamente coordenadas sobre el flujo del tiEmpo, y las nombrΔ en pleno vuelo, y las aprehende entre palabras para depositarlas en las paredes como garabatos aspirando a salmos sin ningún destino al que acudir, a medio punto, en suspenso, todos las cosas secretas que aletean en el borde de la copΔ que no se termina de derramar. Inmersa en la pataleta perpetua, en ese nadar contra corriente, con la fea costumbre de sobrevivirsE, de arrastrar  los espantos en la piel de verso desfigurado por las excreciones tragadas a borbotones, tan al fondo, tan en las raíces que, comprimidas como plomo en el pecho, es metralla dispuesta a cobrarse cuentas más allá de los fondos temporales, algo así como la superposición armónica de desechos nutriendo la precaria utopía. Queda, ausente... inabarcable. Un poco viva, un tanto muerta.

Las cosas de la mecánicas...


-¿Podría definir tiempo...?

-Ummmm... tiempo es la acumulación de mierda aerostática sobre mi mueble bar.
-¿Que es para usted el espacio?
-Esa sensación que logra su máxima plenitud en cuarto de baño, o aquello que añoro los días de Navidad en los supermercados.
-¿Tiene algún hobby?
-Si, amaestro mejillones tigre los Domingos al mediodía... y suministro electrochoques a renacuajos en vasos de cerveza.
-¿Que espera de la vida?
-Indudablemente, que bajen el precio para poder comprarla... Creo que es una consideración reciproca.
-¿Tiene algún consuelo espiritual?
-Si, pensar en gente con almorranas... y fumarme dos porretes mientras leo a Gloria Fuertes en los clubs de jubilados.
-¿Se siente querido?
-Varias veces al año, sobre todo cuando alimento al gato tuerto de la refinería o cuando pago por mas de dos horas en La Urraca Bohemia.
-¿Que me cuenta de su infancia?
-Poco cosa, mude los dientes y eche pelo en las axilas, por lo demás normal... mucho grano incomprendido.
-¿Llora a menudo?
-Los Viernes, me suele pillar fregando los platos de la semana anterior o cuando recuerdo alguna frase lapidaria de un tal Drago.
-¿Como describiría su vida sexual?
-Pues que decirle, tengo una relación super intima con mi mano y algún que otro accesorio.
-¿Tiene pareja actualmente?
-Si, ya le dije suelo variar la intimidad por la prima opuesta de mi querida los días que no amanezco con el ojete oliendo a flotador nuevo. ¿ Contarían las visitas a mi primo ganadero de Cuenca?
-¿Su mayor virtud?
-Pues no tener muy claro el significado de esa palabra... dependería mucho de la ubicación espacio temporal. Ahora mismo, creo que la paciencia.
-¿Tiene miedo a la muerte?
-Suelo cortarme las uñas con el tostador... creo que no, creo que tan solo me inquieta el que me pille con la muda orto-grafiada, algo así como pudor postmortem.
-¿Utiliza estimulantes...?
-En ocasiones me paseo cerca de la puerta de los institutos...¿Se refiere a eso?
-¿Ha sufrido alguna perdida que lo dejara marcado?
-Un billete de cincuenta y la encarcelación de mi camello habitual.
-¿Tiene sueños por realizar?
-Duermo bastante poco.
-¿Su mayor defecto?
-Deben de ser bastantes, aparte de los físicos que no suplí con altas dosis de cortesía, comprensión y dulzura. Bueno, quizás un exceso de sudoración y buena memoria.
-¿Que siente hacia las mujeres?
-Una infinita admiración hacia su capacidad de dilatación...
-¿Siente odio hacia algo o alguien?
-A las cisternas y a Mariano el del quinto con su problema de próstata y colon irritable.
-¿Que cambiaría del mundo?
-Eso es mucho curro, paso de pensarlo... quizás el sentido de su rotación. Tengo afán de guru apocalíptico o de mosca del vinagre, no sé es uno de mis personales disputas internas.
-¿Como definiría a su pareja ideal?
Al menos del genero humanoide, sin demasiadas taras físicas...no se...uhmmmm
CLICK, CLICK

Eran como las tres de la mañana y Paco, aburrido del test de Happylove se entrego a la mecánica menos quisquillosa del RedTube.

¿Te comió la lengua el gato?




Asomados a los tiempos y los espacios, se levanto el sobresalto en los paisajes lunares. Y el ojo enfrentado al ojo, no pudo menos que aventar a los gatos al allá, a lo lejos, forzados a la curiosidad del ver por mirar.

  Bien sabia, que arrastras con la memoria sobre los pellejos hasta ver el lustre de la llamita sangrada en medias tintas, no era nada o todo lo que quedaba tras. Por esto, y por cierto placer del que observa por un pequeño orificio, trasladaba el mirar a lo sucinto que los disparos a tientas habían conformado en lo escondido tras las paredes, tras los parapetos de palabras (puertas giratorias del caleidoscopio ). Mirar era un ejercicio complicado, ceñido al sentido mismo de la vista, a la agudeza y la lejanía para discernir lo que merecía ser aprendido o lo que arremetía como sensación arañando la base de la nuca. Mirar, inmersos en lo inesperado de las escenas desenvolviéndose ajenas a la presencia o participes desde la morosidad del tiempo incitado.

La desnudez va por dentro, la piel como cobijo de los edenes e infiernos, es aquello que se ofrenda a lo asilvestrado capaz de provocar la herida, de sacudir la médula con la incisión precisa en la impecable medida de la desenvoltura. La ropa que se amontona a los pies tras la ventolera y muestra, la verdad de la delicada carne de esta lengua viva.

El aquejado...


 Parece mantener el mismo peso, especificó, el doctor, ante su gesto aquejado por alguna mortal perdida que tras bajarse de la bascula él no lograba dilucidar.

 -Veintiún gramos señor mio, no debería resultar alarmante, aunque quizás si su localización. Es el primer pene ectoplásmico del que tengo referencia.¿Es usted poeta?

-Bueno, eso al menos pretendo. Mas bien me tacharía de escribidor.

-Pues entonces deberé felicitarle, treinta y tres gramos es el peso medio de este órgano. Le deseo suerte con los doce restantes, no considero que este en riesgo su salud física.

 Y el pálido tipo emulo una sonrisa  al cubrir su singular padecimiento. Acto seguido le sacudió la tos, una tos áspera e imperante con la que comenzó, entre preciosas  flemas multicolores a escupir mariposas e insectos luminosos varios.

-¡Madre mía del amor hermoso! Que despliegue caballero. Es usted sin duda de los especímenes mas curiosos que pisan esta consulta.

-Doctor... ¿cree usted que pudiera tratarse esto de un síntoma de enamoramiento?

-Permitame recordarle, de nuevo, que es aconsejable ponerse el casco de la moto cuando se lance a toda hostia  por las carreteras anochecidas en verano. 

¿Y tú, crees saber...?



Crees tú saber del ultimo rincón de estos pasadizos, allí donde se esculpe la fiebre. Crees intuir el fermento de palabras cilicios en las heridas, donde nace el influjo de los cataclismos. Sabes del gusano que roe el corazón de los herodes, del vértigo en la incoherencia de vivir. ¿Si?

Pues entonces, desde el reconocimiento, con los poros abiertos y arrebatados de destellos de locura, llamémonos extranjeros en el sobresalto, demos nombre y sentido a cualquier pared.

Reventemos de una vez.


El té de las cinco de la tarde...



Como cada día Silvina se sentaba a eso de las cinco de tarde con su tecito verde con menta a contemplar el mundo desde la terraza del  Nº5 de la C/ Santos remedios. Era un reflejo acotado de este su placita, enmarcada por los viejos edificios del casco histórico, con sus fachadas de piedra teñidas de días y días de  lluvia monótona de las ciudades del norte, y esa maraña de callejas invariablemente atardecidas confluyendo allí. Cauces empedrados por donde viajaban las tormentas pasadas, por donde la gente se desenvolvía entre colmados tan enraizados que resistían frente a la implacabilidad de las grandes superficies. Vericuetos urbanizados entre tascas de madera robusta, empapadas de un pulso antiguo, de un olor rancio a tradición y quizá verdad. Muy alejadas de la oleada de diseño aséptico y aluminio que se extendía mas allá del barrio. Y nuevos comercios, innumerables y variopintos, proveyendo a la barriada de cualesquiera que fuera la particular necesidad.

No parecía un mal lugar, si la desesperación que sacudía los últimos años, no hubiera convertido las avejentadas viviendas en un refugio de bajo costo para los que subsistir se convirtió en algo a lograr a cualquier precio.Se daba allí una amalgama curiosa de costumbres y lenguas, una convulsa babel en el corazón mismo de la ciudad. Miles de personajes en sus rutinas y quehaceres diarios, los foráneos y los que reciente habían desembarcado, todos gravitando por los aledaños hasta ser empujados por la inercia del que se ve avocado a perseguir  la luz hasta dar a la plaza. Alli, dos enormes terrazas acorralaban la discreta fuente desde la cual,  emergía una especie de monolito cubierto de verdina y coronado por una  figura alada desfigurada por el tiempo, escupiendo un discontinuo chorrito de agua. Tan menudita era esta, que algunas tardes de Domingo solo su borboteo hacia sospechar su presencia entre los que iban en busca de ese pedazo de oasis en medio de lo intrincado y asfixiante de la zona.

Silvina, llevaba años recreándose en sus personales rituales cotidianos, como abrir la enorme sombrilla colorada hubiera o no sol, antes de, (con una exquisita y metódica coreografía) disponer sobre la  mesa de forja las piezas de loza y recoger la colada del tendal para adentrarse de nuevo en el salón y salir con sus gemelos de teatro entre las manos, la cámara que pendía sobre su pecho como antaño y aquel enorme álbum lleno de recortes, fotografías y anotaciones que ojeaba las madrugadas de insomnio. Ya pertrechada, se sentaba, y  tras verter pausadamente el  humeante té en la taza, se dejaba ir contemplando el vapor caprichoso imprimiendo formas en el aire, absorta vete a saber en qué estaciones. Luego aparecía la vieja pitillera, cuarteada y deforme que sacaba de alguno de sus bolsillos. Prendía otro de los numerosos cigarros que la acompañaban , consumiéndolo en bocanadas lentas mientras observaba a aquellos figurantes bajo ella. Todo aquel cumulo bullicioso de rostros, aquel enjambre de convulsas emociones.

Ocurrían cosas, si. Intrascendenntes y definitorios instantes que podía entrever cuando armada con sus gemelos escudriñaba las mesas.
La historia maquillada de discreción en la conversaron de tono leve de aquel hombre canoso que no paraba de hablar sin dejar de mirar obsesivamente su móvil, por ejemplo, era revelado por la humedad contenida en los ojos de una mujer que veía rechazado el ademan de cercanía de su mano una y otra vez.
La traición gestándose en ese destello amarillo aflorando en la mirada de la señora que viendo alejarse a su compañera de cafés, rebosante, desconocedora del  gesto retorcido que se producía a sus espaldas  tras hacerla participe de alguna buena noticia, se disponía a pagar la cuenta de ambas.
El miedo atroz e insalvable del borracho que escandaloso abordaba al primero que se cruzara por su campo de visión, atentando su mala soledad con mil absurdeces buscando el contrapunto al ruido escandaloso de su mente en la verborrea o en la disputa.
La vergüenza enfermiza de aquella adolescente anodina parapetada tras un libro, quizá humedecida soportando los chabacanos chascarrillos de su tío sobre las mujeres mientras a ratos la acaricia el muslo. Aquel hombrecito de cuerpo musculado hasta la obscenidad dando vueltas a su batido hiperproteinico sin poder evitar excitarse al observar sus brazos, que por cierto,  tensaba cuando veía aparecer al camarero.
La anciana de rostro sobrecargado de maquillaje, con sus mamas flácidas venidas arriba por un sujetador dos tallas menor, excesiva  en su mensaje, en el intento de insubordinación ante el paso del tiempo.
El frió que rezumaban  los hábitos de la pareja  perfecta y abnegada a primera vista, estupendos ellos,  reservando las reprimendas de sus hijos para un ambiente más hogareño en el que poder dar rienda suelta a la frustración.
Lo que alguna vez fue ardor entre los muslos, fiebre en las palabras en la mujer que pasea con la distancia pintada en sus labios cada mañana su vista sobre la plaza bajo aquella titanica sombrilla colorada.
Se sucedían  las historias, tantas como la permeabilidad de la retina te permitiera ahondar , tantas como lenguajes fueras capaz de desentrañar y ella era una narradora, alguien dispuesto a ser memoria.

La mayoría desconocían los pasos previos de Silvina hasta su llegada al barrio,  la percibían, eso si, pero como otra curiosidad de aquel lugar, un enigma a refugio del  estallido de color en las monótonas fachadas en los momentos que, apurando el café, la copa o aplazados en sus trayectos a alguna parte, se percataban de su presencia, allí, bajo la enorme sombrilla, observándolos y dando pequeños sorbos a su taza. Llego pasada la cincuentena con un montón de exóticos trastos y muebles y libros, montañas de libros más las numerosas maletas que se acumularon en la entrada del portal el día que apareció, para no vérsela  ya jamas con sus  refinados tacones retando el accidentado pavimento. Dedicada por entero a sus metódicas costumbres, a su soledad perfectamente organizada, enclaustrada o quizá expatriada por sus desencuentros afectivos.

En la quietud de aquella tarde de primavera, nada hacia presagiar lo que aconteció, revelado muchos días después tras la salvaje reyerta entre dos grupos rivales de congoleños enfrentados por el control de alguna zona de venta. Últimamente venia siendo frecuente las grescas entre las mujeres pálidas y bellas del este con sus chulos, las voces a deshoras de los borrachos de acento sofocante y dulzón vomitando su rabia y su locura al vació de los callejones, las desproporcionadas búsquedas de atención de los chavales y chavalas liándose a golpes con el mobiliario urbano, pero en aquel atardecer tan cálido donde el trino de los pajaritos, como un sarpullido bucólico se imponía sobre el rumor de la gentes, el sonido agudo de las dos detonaciones que disolvieron la gresca de los africanos, se propagaron como un eco trágico del que nadie quería ser depositario. Gritos, lamentos, mesas lanzadas al suelo en plena huida, todo un tumulto de personas corriendo en direcciones erráticas, otros paralizados por el estupor sosteniendo sus vasos, las bolsas de la compra, lo que fuera que tuvieran o hicieran... en una especie de stand by, como si la inmovilidad les ofreciera el perfecto refugio. Y después el sonido de las sirenas de la policía, la toma de declaraciones y posterior detención de parte de los responsables de los disparos y en el trascurso de las horas el orden habitual de la vida se fue instaurando, como si nada.

Silvina permanecía sentada, paralizada en un gesto de asombro, con todos sus trastos rodeándola en su terracita, un día, dos, tres... hasta que el dependiente del colmado próximo que le servia el pedido semanal se percato de aquel cuerpo acecinado, quedo, ese que no atendía los timbrazos ni sus llamados desde la calle, el que semioculto bajo la sombrilla  pareciera seguir observando la plaza. Los bomberos y dos agentes se personaron en la casa tras la llamada, y comprobaron que la mujer estaba cadáver. Una de las balas perdidas de aquella idílica tarde de primavera, impacto con fatal y punzante precisión el objetivo de la cámara de Silvina, atravesando la cuenca de su ojo izquierdo para ir a parar al cerebro pero, de una forma tan excepcionalmente limpia que no mostraba apenas señales de hemorragia. La ultima instantánea del carrete era grandiosa, digna de formar parte de las memorias del barrio que con tanto mimo elaboraba. Todas esas fotos, la crónica detallada y sugestiva que de su puño y letra las rodeaban. En fin, un drama...

La fatalidad tenia la capacidad de encontrarte allá donde estuvieras, allá donde te imaginaras salvo. Las historias podían asaltarte inesperadamente, y convertirte en el personaje de la más absurda e increíble historia que, quizás habrías querido recoger dentro de tu colección de memorias. Aunque casi siempre la muerte se daba, sin más, y ya otros se dedicarían a buscar las palabras con las que formar factibles razones frente a la imprevisibilidad.

Las piedras sucias de los caminos



Las piedras sucias, no restan belleza a los caminos. Cuando la patina del tiempo las hace estallar de humedad, cuando la vida que se descompuso toma nueva forma y las rescata de esa grisácea indolencia, la simple piedra emerge correspondida a su voluntad de permanecer, y es reintegrada a ese pulso cambiante y bullicioso del que, como en una especie de dictamen cruel, de broma maliciosa, fue expulsada. Y son partes aceptadas como marco, referencia o traspiés de lo transitado, del necesario espacio a explorar que toma forma en la retina del que esculpe la realidad.

Hay piedras simples, vulgares, piedras que no fueron talladas por el magma hasta convertirlas en féretros  hechizantes de luz, que poseen  el encanto de una historia narrada bajito. Un murmullo para aquel capaz de mirar y desnudar las cicatrices, las texturas que la conforman, como la más esquiva de las miradas para un oculista de almas.

Tienen encanto esas piedras, esos pedazos de entrañas diseminadas por los suelos, entregadas a la creación y los flujos, sumisas ante el todo, ante las manos que doman sin fatigarlas los surcos que las conforman. Un algo constituido por inclusiones que las aleja de la ostentación de presunta pureza de las piedras preciosas.

Siempre me gustaron las piedras sucias y su natural franqueza.


Perderse...


El amor era como un juego entre parvularios que nacieron difuntos, era la inconsciente inspiración de la piel buscando la certidumbre de la herida para sentirse viva.
La huida del "Yo" en camino a su propia busqueda.



Todo podría resumirse como fascinación, febril y reiterativa por dibujar a tientas todo el plantel de sombras agazapadas mas allá de esta tenue penumbra, que solían llamar soledad.

Empujada siempre por la enfermiza querencia de observar la luz troquelando juguetona la oscuridad, se adentraba entre el ramaje del bosque, y apostaba al descuido dejándome ir tras el mas nimio sonido, porque el susurro de estas naturalezas muertas del inconsciente, poseían la virtud de tornarlo el eco magnético por donde precipitarse.

Siempre había un lugar, una cita inexcusable que se insinuaba entre al paso bajo y sobre las hojas, que daba un sentido a cualquier extravió, así que, un sutil canturreo de aves entre la mas densa bruma, una delicada brisa generando cierta embriaguez sinfónica, eran motivos mas que suficientes para aceptar la invitación de la frondosidad.

Perderse era requisito obligado, la necesaria travesía para integrarse con el paisaje una vez que la noche se daba por instaurada, ya que solo entonces, aquel cosmos de humedades, de lenguas astilladas, de saliva arcillosa, se revestía con un halo de gentil gesto, de perfil de almohadas compartidas y añoranza ante el éxtasis sublimado de la desesperación , de la soledad mutada en desamparo en medio de... una simple arboleda.


Líbrenme mis ojos de los tontos, los gloriosos y sus palmeros.

  Es verdad que hace frió, que el aliento comprimido y extensivo de tanto mirar privado de libertad gesta los carámbanos afilados que nos podrían, ( oh, azar) perjudicar. También es cierto que me subyuga esta primavera absurda, y el compás veleidoso de los copos de nieve en sus repentes, ese desconocer de los patrones y la voluntad intacta ante las direcciones. Porque gravitan sobre la ciudad y sus alambradas de tendidos eléctricos, leves, tenues sobre ese flujo de pulsos e impulsos, en este increchendo de distancias, de ruidos, bocas y palabras enredándose como hiedras sobre lapidas, vacías de melodía, valor y vida. Por esto me dejo ir en su danzar, arrebatada ante lo impalpable, a lomos de lo que los mueve y promueve a ser, en ese instante, un germen efímero de belleza y entrega. Es entonces cuando escribo lo inenarrable que me acontece, ese maná que brota y me vence ante lo común de los guiños a través de la mirilla, invisibles para muchos, la magnificencia de lo insignificante que me apasiona de lo que me es dado.

Más tarde enciendo el ordenador, y oigo el rumor de algunos muertos arañando sus féretros de hormigón, con las yemas abiertas, resecas, carcomidas en el ultimo acto que les permitió la hemorragia de esos dedos líricos, infectos en una desconcertante cantidad de revanchismo (compensación blandiría yo, si me importara algo más que el desentrañarte) escribiendo poemas hasta agujerear la pasividad que los rodea, hasta recuperar la tibieza de los labios consumidos en apatía por sus reconocibles rutinas, acaparando deseos transitorios que los salve de su Doña Muerte, temosos del arma definitiva que aletargan a base de nostalgia, parapetados tras sensaciones prestadas en papel o en la inmediatez de la red.

No hay mayor amor que el del cobarde amparado en la oquedad maternal de las ciudades, esas viejas solicitas de pellejos resecos, edificadas sobre el delirio de los siglos y siglos que consentirán tus crímenes y tropelías, en ese afecto tributario donde los pulsos adormecidos, mecidos en lo reconocible acallan el hambre con bálsamos de memoria e insignificantes trofeos sobre las baldas que mirar de soslayo cuando entre las sabanas, todo se viene abajo. A veces sucede que las ciudades van dentro de uno, y hasta en el paraíso y el exilio, las transita en runrún automático.

Quizás tú, revanchista, pretensión de animal intuitivo, disfrutes de tus caseras monterías de corderos postrados en la embriaguez de ser, al fin, sacrificados, por algo que tan siquiera es una sospecha de vida, incapaz de sostener y manifestar la destreza necesaria para proceder al movimiento definitivo del que ejecuta la liberación del agónico. Ten al menos cierta mesura sobre el lustre que pretendes a las victorias sobre tus iguales, no vayas a descubrirte otro idiota venido arriba por el soniquete de las palmas.

¿Y tu luna, Eva?



Lo cierto es, que la madrugada me ronda con una luna de sutil sonrisa, burlona en la medida que se sabe inconclusa, perpetuamente inaccesible en su magnitud, como los cuerpos ofrecidos de guiño fácil que pueblan los callejones donde la explicitud de la carne se viste de gala entre los encajes nebulosos de las putas. Estos son los buenos poemas.
 Me acerco a tu verbo compresiva, percibiendo la pólvora mojada en las calles, conocedora de lo que se rearma ante la retina encendida, esas minúsculas revoluciones de importe y coste variable que perseveran en medio de esto.

Esta es la luna del adán, la linea mermada de luz sobre la noche que edifica las lubricas estrellas, la refracción acristalada entre copas de lejía de alta graduación. El poder cedido y desinfectante ante la gangrena alojada en las cuencas de sus ojos, en la rabia estancada entre los pellejos rugosos. Y esos versos, apelmazados en  el travesaño estatuario soportando el peso de la realidad, y toda la sugerencia oscilante que somete el siseo de la guadaña al hambre despiadado por la sangre que, como roció borgoña manara de la garganta del otro aliviando tanta palidez.

¿Y tu luna ,Eva, qué compone los paisajes abruptos que transitas esas noches donde corean los pájaros de los desvelos?¿En qué forma convulsa se apropian de imágenes tus delirios? ¿No es la semejanza al observarla lo que denota en los polos heridos vuestra misma y antagónica naturaleza?



Podrida de primavera...



Censura la ternura, maquilla tu hambre suplicante con los restos entregados pudriéndose a la intemperie, niégate la inspiración hasta que la muerte despiece la grandilocuencia de la nostalgia a la que tributas lo bendito, tú rabia. Castígate al olvido de lo que supone rozar nuevos amaneceres, temeroso de la altitud que sustenta rozar por instantes la luz, déjate rendido, en la voluntad de las piedras porosas. Juzga, tasa, etiqueta amparado en la confusa memoria, persevera en la ausencia. Total, que importara.

Ampárate en el absurdo en proyección, con las órbitas desencajadas del que observa con mutismo acercarse la ultima y determinante tempestad sin compasión alguna, ajeno, tendido y ausente sobre un lecho de palabras... o duerme por siempre de una vez, en el sueño de los ciegos donde el sabor defina paisajes, donde el olor tiña los campos del rumor de hierba, donde el tacto de una piel te narre los matices del gesto de quien te abraza. Y que alguien, al fin, susurre el brillo lunar e imposible de atrapar en la cambiante mar.

Se lengua erguida inyectando adrenalina entre labios mullidos de carne coralina, que ya procederá el tic tac a desalojar lo piretico y deforme de tu hambre versada en mi memoria, se el domador de los versos acuosos amortiguando las ortigas de tus entrañas, y si te atreves, vacíame el mirar, miénteme hasta matarte y sino, púdrete en la indiferencia del universo.

Dijo ella, un Domingo cualquiera podrida de primavera.

Blanco perfecto...



En el verso que no escribiré, en los cuentos merecidos que no te contaron, las perfectas balas que hicieron de  miserias, poesía...  se propagan. En la recamara, ajenas a las lenguas livianas, sin filo, incapaces de formar zanjas en la piel, esta toda la luz que me hace blanco perfecto de cafés fríos, de cazadores apostados en las cunetas del quizás  buscando redención en la lucha, amilanados, parapetados en la desigualdad, insuficientes para el cara a cara, quizá inteligentes, posiblemente vencidos por el sonido estrepitoso del hastió, vacíos sin inspiración en resumen.

 No podrás alcanzarme, roto a velocidades impalpables para quien  no duda de su experiencia y dilatándola mas allá del ahora que fue, la nombra certeza o clarividencia. Que estupidez... ¿No te parece?
 Suponer que conoces todos los pasos cuando nunca te dejaste ir sobre el rumor de la hierba, sin dirección.

Ay, petulante animal domesticado no intuiste ni por asomo lo que supone ser de permanente arcilla.

De como se rascan las pulgas...



La verdad es que últimamente, esto en vez de convertirse en un reducto donde se podía respirar y disfrutar de algunos cruces de palabras de cierta calidad, se vuelve por momentos la sombra  agigantada y apestante de lo que hay de sobra en el día a día  Estoy harta de mirones que se nutren de lo que ofreces sin ningún animo de equidad y de gente con mala baba que con cierta maquillada animadversión y empujados por sus personales piojos anímicos se dejan caer por aquí  Así que como me aburre y me inquieta esto de recibir visitas desde algunos puntos del mapa y por parte de algunos bloguer@s obsesivos. ( El caso de Málaga a mas nombrar y destacar, 240 y tantas en este ultimo mes... ) y que tan siquiera tengan a bien mostrarse solo en unas más que curiosas y  ¿casuales? apariciones en forma de comentario, cuando perciben un pulsito de complicidad hacia una con otros comentaristas o blogueros,  y como no me molan que tomen mis medidas para hacerse un traje con los que simular ser, como no  me molan los parásitos que no sean consentidos por mi, ni convertirme en el libre acceso para los que muertos de vete a saber que... estén siguiendo mis pasos por la red, por esto, y porque necesito los filtros duros, veto los limites de mi huerto.

Muy poco equitativo pensaran aquellos que leo y comento de tanto en tanto,  los que quizás un día sintieron mi interés, a el que visite recurrentemente llena de admiración y otro tanto por hacer de traductora celestina para aquella tipa de Madrid, pero en fin. Entiendanme,  ya se sabe que cada uno de su capa un sayo,  y nunca he pretendido ser ejemplarizante ni moralizante para nadie, escupo mis historias y que cada cual de lo suyo gaste al final cuando se enfrenta a los textos y las palabras.

Y bueno, si alguien tiene interés de seguir accediendo a este mi pequeño blog, tendrá que hacérmelo saber por vía mail o comentario, y obligarse a ser o no aceptado, es lo que hay.  Tampoco se perderá nada especial para muchos, así que... lo dicho. 

ignea.and.ignea@gmail.com


Besos a todo pichi y minichi, incluso para ti, pretensión de algo. 

Espero veros, y sino, pues fue un placentero y convulso trayecto para mí, que os vaya bien, yo continuare jugando con  mis pequeñas putitas, en un marco que deseo mucho mas intimo. XD


Ah, las cortinas se echaran en seis días.

Fragmentos de nadie...

 


 Las manos de memoria, las simas y los paisajes lunares de los ojos, la gravedad que hace de la costa en el reverso de tu frente mareas, los verbos que inflaman la lengua ojerosa  prestandose a otras huellas, redescubriendo el pulso de las estaciones de ida y vuelta.

Apostar,  los huesos esquirlados y bermejos,  la polvora que emerge de los costados desgarrados, los kilos de distancia consumidos al habitar otra piel. Arder, en el retinar agudo de las mañanas, dolerse, en el enjambre enfervorecido del utero maldito conjurando los paisajes verdes, bajito, en susurro de niño huidizo que sabe de ausencias. Escuchar, lo intimo de las entrañas en el desnudarse del agua sacudiendo la indiferencia de las aceras grises, lo armonico, de ese torrente que barre los restos de la muerte.

El asombro, ese tiempo, donde el fracaso que sabemos en la trastienda es tributo al incensario quemando los pulmones con el exotismo de las criaturas que olisquean de nuevo el aire y citan, jalean e inducen a los vientres radiactivos de las nuevas bestias al estremecimiento.

Esas cosas que suceden cuando iridiscente, sangra alentada la carne esos fragmentos de nadas, quiero.

Consúmeme así...




Llevo cuarenta y cinco minutos merodeandote por mi ahora inconcluso. Agazapada en el suelo tras el sofá, mientras observo como el día muere apuro otro trago y dejo que el tiempo se me escurra entre los dedos. Te bebo y comulgo con la esencia de mi carne, con el esperma moribundo que perfilo las iniciales de tu nombre.. No quiero tejidos que me enmascaren, solo la fragilidad de este cuerpo sometido al paso del tiempo. Necesito sentir el atardecer dorando la desnudez que le ofrezco, deleitarme en la tibieza de estos últimos rayos  que se filtran por el ventanal y resguardarlos del paso del tiempo en mi, en los pliegues húmedos de mi sexo. Que te invoca, recita y escupe al musitar palabras a mi reflejo.

El día sodomita se cede a  la luminosa oscuridad, todo un cromatismo fluye de nuevo y me invita a desperezarme y despiojar toda ficción, a rasgar las paredes de mi atalaya hasta que me se desprendan las uñas de los dedos y volver a tornarme vulnerable para entregarme a la volubilidad de nuestros alientos enredándose y poniendo patas arriba el mundo.

Asceta de todo esta orgía de neones y cemento, donde me inculcaron sueños a los que no me debo, he profanado tantas veces secretos al roce de mi boca que tuve que tornar tu cuerpo santuario donde reside las claves donde se fuga toda lógica y las aceras se desintegran de pura certeza y entrega.

Abandonada  al otro lado del horizonte invadido por los edificios, me restriego contra los vidrios añorando la dulce contención de tus dientes, el vértigo de la mirada que desgajandome me habita y da paso a esas yemas cargadas de ambición  por redescubrir el sonido torrentoso de la sangre, enfermas de empeño por devorar este cumulo epidémico de emociones que te anhelan en la densidad de este silencio que es compañero perfecto.

Consumeme así, ebria y lasciva, con el eco de todos los pasos que nos mortificaron hasta llegar hasta aquí, aliméntate de mi delirio, de cada requiebro de mi piel serpenteando por la indignidad de un suelo prestado e infecto del  rumor de la ciudad y su trafico. Provocame el placer mezclado con el gemido animal y el llanto, que se pierdan mis sombras por todas las avenidas de esta ciudad rendida, sorprendeme con la profundidad de tus heridas.

Los barrotes de lo indiscutible..




Llueve, esa lluvia laxa de las primaveras enrarecidas de las que somos testigos y Carmen, organiza mentalmente el menú de mañana bajo en sodio mientras, como una planta en un invernadero se deja estar en el sofá, frente a esa luz sintética de la pantalla, esperando la llamada de su única hija proporcionándole esa conversación que la permita sentirse parte del flujo de la vida. Siempre junto a ella, una libreta llena de números de los que solo ella debe conocer el significado apuntala esos momentos de ausencias y falta de riego subproducto de esa picazón insistente, de la enorme cicatriz que la parte en dos el pecho. Carmen, es buena esposa, una mujer ejemplar de su tiempo que llevo con estoicismo las pequeñas escaramuzas mensuales de su contrario en los puticlubs locales, y la afición deportiva de este por el levantamiento de vidrio tras las megajornadas en la fabrica de rodamientos, y alrededor de unos cientos de bofetones que asumió con admirable resignación. 

 Faustino, su marido, es una sombra rendida que recorre las habitaciones desorientado, falto de significado desde que hace seis años lo jubilaron. Suele bajar la basura a menudo aún cuando la bolsa esta medio llenar, es el motivo lógico que se facilita para asomarse al mundo, a los cien metros de realidad que hay desde el portal al contenedor mas cercano. También ha generado sus pequeñas obsesiones, las manías que en la rutina de la ratonera  que asumieron como objetivo indiscutible y cohesión de sus caminos, lo definen y logran frenar el terror por lo incontrolable que intento acallar a base de lingotazos. Tiene un frente abierto con la joven peruana que acude por horas a luchar contra ese olor avinagrado de la derrota que se hace fuerte en las casas de los ancianos. Es una carne mansa, tostada y debida, una muchacha comprimida y robusta que le otorga las tres horas mas estimulantes del día. Siempre al despiste añade sal a sus guisos, cantidades insanas para la pareja de ejemplares abuelos, también esconde los productos de limpieza o formula pequeñas tretas para que se de el vivificante encontronazo de la reyerta entre su parienta y ella. Y como no, con sutil maestría deja caer objetos por la casa para disfrutar de lo que intuye se esconde entre esas desorbitadas nalgas.

Llueve, impregnando las ventanas de esos anónimos exiliados, humedeciendo la tarde de esa reconocible monotonía que les permite mantener a raya  la sensación de tristeza y fracaso, de estafa y fraude que no escapa mas allá de los cristales. Son dos personas discretas, dos personas que asintieron que se debían a la formulación de lo indiscutible, y soportan los últimos coletazos gracias a la mil boticas que ocupan la balda central del mueble del salón junto al televisor que incesantemente encendido, a un volumen invasivo, ejerce su función de paliativo para la distancia y el silencio corrosivo entre ambos.

Sobre las siete de la tarde, Carmen se apura un buen puñado de nueces y un vaso de leche. Tras la operación a corazón abierto la seccionaron noseque nervio, lo que la provoca cierta incapacidad para respirar con normalidad.
Faustino, debido a sus problemas de colon irritable se pasa las dos siguientes horas tras la merienda en un trasegar constante al baño mientras ella permanece conectada a la maquina de oxigeno. A veces, sentado en la taza observa sus genitales, mansos y cedidos,  pendiendo sobre la porcelana blanca y contiene el impulso de presentarse en la habitación contigua donde ese soniquete mecánico  le recuerda el cada vez menor préstamo de tiempo del que disponen.  Carmen no fue una mujer sexual, no fue una hembra encendida que disfrutara de los encontronazos de la carne y el sabor de los cuerpos enredados y sin limitaciones, demasiados días buscando sentido en los sermones de la iglesia, demasiado tiempo empleado en aparentar la normalidad, en afianzarse en la dignidad  que carecían las putas a las que acudía su marido para que le ensalivaran los bajos. Faustino, espera la cena observando esa copia del Gernika de Picasso que domina la sala como una especie de broma macabra.

Llueve, en la ciudad de los anónimos el agua tibia de esta primavera que sume la totalidad de las historias en un caldo de apatía.  Los motores rompen la indiferencia de las ciudades por segundos, y la tarde continua, inevitable para todos, pesada para los muchos que hicieron de sus horas una comunión de cobardía.

El sueño del verdugo...


Ingrid Michaelson - Creep

 El peligroso silencio entre los labios del que inesperado se descubre boqueando, en esa distancia medida del otro, absorto este, en la crueldad  infantil  del que trascurre por lo indescifrable de la ausencia invadiendo esos ojos de espejo empañado. No puedes hacerte una idea de cuan desnudo te ves a través de quien ausculta las sacudidas sobre un muelle sin mas ruidos que el eco de las olas que ya quebraron y son futuro prestado en el rompiente. Y ya, ni apenas los gritos espumosos del viejo loco que perdió el norte en una pocera del este, sacudiéndose el sopor bajo los pies de la virgen consumida por el salitre, (de la que tú no lo sabes, pero yo enseñe a besar) logran abstraerte de la concesión que otorga el mirar y percibir mas allá del juego de luces y escamas, cuando surge el contrapunto del gemido en lo convulso, en esos labios cargados de la mentira oportunista y sofocante de quien sabe en sus días que, las sombras jamas fueron capaces de respirar y sin embargo no puede evitar el metódico intento..

En las lineas paralelas, la niña y el pez a la deriva en su agonía pudriendole las tripas, troquelando efímeras escenas sobre la madera mientras se reseca expuesto a la escasa teatralidad de un día nublado, y él, sueño de verdugo en tiempos pasados, ahora se descubre anhelando la clemencia de un buen golpe en el cogote que al menos lo rescatara de la forma atroz de quien lo mira desde un extraño mutismo. Ahora ansían que lo sirvan eviscerado, como delicia, como esa pieza simetría que eleve el menú de alguna avinagrada marisquería, a soportar tanta apatía.

Esa niña no podría asegurarte si te prestaría sus labios o el gesto de sus manos, esta inmersa en descubrir el trasfondo de las tripas.

Los arañazos en las tripas...





¿Como dejar de sentir los arañazos en las tripas de esas fieras enfrentadas, convulsas y enfervorecidas en la batalla de lo real y lo convenido por extensión  Entre el pensamiento y el verbo implícito en la carne que muere asfixiada por el mundo sintético al que nos hicieron ver debidos ? 

A más miedo, mas necesidad de entender la vida, como si esto fuera la forma de frenar el vértigo presuponiendo que con las claves, si las hubiera,  controlaremos ese flujo aleatorio e indescifrable que nos envuelve y sucumbe, y que finalmente nos acabara por derrotar. Nacimos vencidos de antemano, con un préstamo del que somos depositarios, y a mi entender sin más deber que el de ser, para con uno y en reconocimiento inverso, un brillo transitorio y efímero que deje un rastro mas que cuestionable para los que vendrán. 


No es posible entender, tal vez, el hecho de que una tenue comprensión y aceptación de esa magnitud que se nos escapa de las manos, nos acomode en una visión menos sesgada, y recuperar el único espacio que nos pertenece, el ahora. Y quizás sea ese ahora, la llave adquirida a la actitud que nos predisponga y acerque a la cada vez mas inalcanzable libertad en una sociedad  maniqueista que, dicta los parámetros que habitamos en función de un objetivo enfermizo y desde un mal entendido individualismo donde se le priva al individuo del tiempo de su desarrollo y autoconocimiento, obligandolo y sometiendolo a la parcelación en roles en función de su casta . De una sociedad que nos imprime necesidades irreales y el prejuicio como forma de control y alimento a la vez, para ese temor latente que subyace en toda persona, en la necesidad de ser aceptado como garantía inconsciente de vida, de huida imposible del dolor  y la muerte.

¿Como admitir entonces al otro como esa extensión demasiado similar de ti, cuando enfrentas sus ojos, si estas prieto de limitaciones, si todo esta dividido en estratos?


Soy una nadie, un alguien trasegando por los limites de los otros, un parásito de instantes avocada a una cierta tendencia a la irritación fruto de la fricción con una realidad con la que no comulgo. Y desde mi reprobada rabia, desde lo no conveniente para esta panacea de mantener el bien social, desde mi inadaptacion a las certezas, tejo mis supuestos con el animo candente de reconquistarme día a día hasta lograr abrazarme.  


Y si esto es locura, si negarme a lo presideñado es lo reprobable por la humanidad llena de despropósitos,  bendigo todos mis delirios, por que al fin y al cabo son mis universos exiliados donde me reconozco y apoyo, en mi personal batalla de hacer de este préstamo algo mio y ser capaz de encontrarme en otras retinas sin temor a perdernos.

Viene todo ardor...



Viene todo ardor, el resplandor que rompe los paisajes inhabitados, los campos de roció helado y esmegma infértil. Llego toda nadie, desde las cenizas, inflamada en el traqueteo que parte la noche en dos para hacerla pan y atender los dos carrillos. Desmandada, como las ruedas enloquecidas ante la decisión del suicida. 
La ropa tan de ventolera, a mis pies, desestructurada en el reencuentro frente al charco sin fondo. 

Un proyecto, el tiro formal a los hábitos celestes, faltas, ausencias, renuncia, hambre. Y el vientre reconociéndose sobre el agua con aullidos suaves, con los dedos pronunciando el eco en pasos graves, amenazando las grietas de la presencia, con el lomo arqueado de la memoria sometiendo el horror y la mugre para tornarla recreo, abrigo y muchas burbujas tomando el espacio del otro lado de los parpados. 

Sin más dueño que el asombro la vida fluye inexcusable hacia el sumidero.

El fluir de las vulvas de entre vías...





Tú jugando a buscar a tú puta triste, la hermosa, la sucia y dadivosa, la obscena e imperfecta, sublime en su entrega, la niña maltratada, la diosa de la caja de muñecas que apilas en los bajos de la cama con todas esas revistas con las que aprendiste a sacudir el aburrimiento engrosando tú polla, la ansiedad agolpandose en las pelotas, la libertad transitoria en lo perfecto de la hidráulica. 

Y yo sin mas dueño que la necesidad de asombro y treinta euros la media hora. El precario travestí predispuesto al capricho de los días apurándose las colillas, observando, con el corazón tan hinchado como lo carnívoro de su sexo el trasegar de los hombres a la deriva, el feto indefinido flotando en una probeta llena de tierra haciendo guardia en los callejones de entre vías con sus dos flamantes y ofensivas tetas a modo de portentosa sintaxis.

Eras más de lo mismo, el mal común, el común de lo hombres, el denominador de las cosas, el denominado ¿Gregorio? Y su petulante sombra convirtiendo el planeta en un gran estercolero, lo reiterativo con ciertas capas de heroicidad  tras los alardes de estar follándote la vida apurándote las botellas, el coraje que se presupone bullir en la autodestrucción, el grito en la renuncia, el placer del martirio, porque no estabas purgando vicios, no. 

Acudías a mi en busca del castigo, del placer de desconocerte cuando ebrio de frustración y al borde de la inconsciencia mas absoluta, te necesitabas ofrecido, rendido a ser invadido, tomado por la consistencia del deseo echo tibia y gruesa carne...o en su defecto, buen latex. Me recordabas a la Dolo, chupeteando los antidepresivos que engulle sin medida a modo de caramelitos mientras invade la ventanilla de los coches dejando caer sus flácidas mamas, pero gustabas que te llamaran escritor, así que vomitabas palabras en vez de ese marasmo espumoso como ella, aquello que la acabo por vencer junto a los contenedores de descarga, reventada y tan azul como los pensamientos de la floristería de Doña Gracia. 

Si, quizás esto te libraba de la quema donde nos dejamos  arder las putas enmudecidas, aun así, resultabas tan o mas barata que cualquiera de nosotras,  pero habías leído aquella interminable lista de autores que podrías nombrar sin apenas respirar. Hasta cuando me pedías que citara a los ojos de Dios sacudiendo tù próstata hasta el delirio solías correrte recitando versos de Gloria Fuertes.


Padre que habitas en cualquier sitio,
Dios que penetras en cualquier hueco,

Tú que quitas la angustia, que estás en la tierra.

En este punto, era inevitable lo que se arrancaba de mi garganta hacia tu nuca, mientras la mordía con la suficiente energía para inquietarte, y acaecía  el susurro que te sumergía en esa extrañeza que te liberaba.
"Y en tú agujero" 
Lo que provocaba el latigazo que recorría como un impulso enloquecido tus nervios narcotizados para dar a morir en la sacudida, en el espasmo blanquecino de tu ansiedad empapando las sabanas como la más deliciosa poesía, que luego gustabas lamer. 

Era algo casi protocolario, que repetíamos al igual que la conversación del después, cuando me observabas con esos ojillos de virgen de estampa, bello y alucinado, y decías que podrías llegar amarme de esa forma atroz que hace del pecho tempestad y ausencia, que mañana sufrirás el mas funesto de los males una vez superada la descomunal borrachera, que no existía un Adiós posible en mi.

Y acariciándote con ternura los muslos y enfundándome la polla de goma dentro de las bragas te recitaba los últimos dos versos de la realidad...

"No cariño, no, adiós no. Son 130, pero hoy no hace falta que lo dejes en la mesilla."

Asilados en la memoria..


Aventuremos que amar aquello que te contiene, por extensión a la musicalidad de los paralelismos que precariamente nos definen, no es citar al viento y dejarse estar en la firmeza de las arenas, de ese tiempo movedizo que compondrían tus manos en lo sutil del castigo. Y ser, y ver, la llama viva de tus ojos cambiantes azuzados por las bestias, lo terso de tù hambre cuando engorda mi nombre entre las ingles y  escupe sobre yo paredes, el cumulo de huesos molidos que te conforman y te hacen presente, erigiendote ya, como un asilado en mi memoria..

Las mesas que cojean...

 Puedes leerte todos los libros que te recomienden, te dejen o seduzcan. Puedes aprenderte de memoria frases y pensamientos de otros para calzar la mesa de tú vida que viene cojeando demasiado. Que no esta basada sobre la madera que produjo tú propio pensamiento. Puedes hacer todo eso, si ya decidiste, que no andarás como lo hacen los niños, con la torpeza del iniciado y abierto al asombro, que no berrearas insufriblemente hasta ver satisfecha tú necesidad, que no pondrás en funcionamiento las estrategias que te aproximen al objetivo y  no aceptaras de antemano la posibilidad del error que te otorgara grados. Que te refugiaras en la derrota de vivir tu tiempo y las experiencias que te pertenecen en una especie de manual que jamas sera el tuyo. Puedes acaparar mil datos que te nombren de cara a otros como un ejemplo de erudición... detalles irrelevantes realmente que te aportan ese ficticio brillo de sabiduría.

 Humo y niebla... nada. Memoria prestada...¿No?

Retalistas, si quizás no se engendra la firmeza de ese hilo a base de fricción con la vida para que lo componga en lo reconocible que nos abrigue.

El síndrome de la nostalgia de lo que...



Supongamos, que el síndrome de la nostalgia no es lo que destila ese sol que se desploma en este atardecer, lo que no es, y aún desconociendo el ser se perfila más allá de los edificios y las montañas. Que se enreda por las tripas como la llamada del frente a frente en un prolongado siseo provocando el escándalo en plena tarde. Figuremos un allí, ahí, en el bajo vientre de los nervios resecos donde amenaza el deseo, en el refugio temporal donde no alcanza el olvido y sí,  los mórbidos tentáculos de la memoria haciendo trenzados de hojas y salivas, dinamitando la orfandad, dando expresión a la carne que se pudre de puro hambre.

Negarlo seria amputarme las manos, desligarme de la luz dorada y pálida que cubre las tardes de este abril, aceptar la renuncia en  los arañazos sin replica en las mudas, y dejar fenecer ese universo permeable que cita  la agresión de lo que entra en comunión cuando algo se vuelve flama y las sabanas enredadas son la cartografía errática de lo que se ansia.

Supongamos, que no estuviera hablando del deseo y la pasión, que esto solo fueran poco menos que el filo preciso que tienen algunas palabras... Que afirmara, y en realidad no cuestionara.

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