La estrategia del mosquito





El cielo congestionado de nubes es, en esta tarde, la perfecta momificación del movimiento. El manto blanquecino a la espera de que la parca luz se deje seducir por la oscuridad.

Me gusta la noche, su llegada, el poder de sublimación que emerge de todos los recovecos silenciados de la ciudad de los anónimos. La caricia magnética que destilan las horas cuando la haces tuya, cuando dejas que su belleza germine en ti los acordes de su sinfonía enmudeciendo el pensamiento.

Eso es la belleza para mi, la ansiada quietud invitando a las sensaciones a permanecer expectantes del instante, la efímera plenitud gravitando sobre el vértigo. Las retinas inflamadas escapando de sus órbitas, quebrando las elipsis rutinarias y abriendo nuevos espacios por donde fluctuar buscando el asombro de lo mínimo. Lejos de verbos pretéritos y herrumbres, de la consciencia elaborando concordancias con un mundo al que siente ajeno, de la dislocación del ser frente al tiempo, de los dedos mancillando el lenguaje etéreo.

De esto mismo me hablan están notas filtrándose a través de los cascos, de la imposibilidad de tu existencia sin la certeza de tu convulsión, de la necesidad de percibir el pausado vaivén de tu dialogo antes de la violenta desintegración de la razón.

Sutil, así casi mortecina, con el enigma iluminando tu piel al trasluz de una luna arañando las nubes, rompería el refugio de tus encajes secuenciales tras los que te insinuás plena y magnánima, y bebería de todos tus labios, todos los lenguajes y mi propia carne.

De momento tendré que conformarme con los momentos que, con la estrategia del mosquito, logre robarte.

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