Y siempre el viento...


Y sabia que no la amaba, y sabia que solo la usaría como quien derrama una botella de tequila en sus entrañas para acallar las penas, pero ella deseaba sentirlo suyo, que entrara, que sus deseos confluyeran en la calidez de su cuerpo, que se vaciaran del olvido empeñado en compartir sus almas.

Con un cierto desdén animal la empujo sobre el colchón y la desnudo arrancándola la ropa sin contemplaciones. El viajo por su piel lamiéndola, amasándola  desmenuzandola entre tiernas dentelladas, como si quisiera arrancar alguna certeza de esa criatura extraña que se entregaba a su delirante forma de amar. Viajo hasta su sexo humedecido por el deseo y lo libo como un colibrí inquieto ebrio del mas jugoso néctar, nutriéndose de las serosas palabras que esos labios compartían a su garganta ávida de vida. Su cuerpo se estremecía bombardeado por la excitación mientras el seguía vagabundeando por las veredas de su sexo. La sujetaba fuertemente las manos, obligandola al ardor contenido.
Ella deseaba percibir la firmeza de su desgarro expandiendo su voz tan llena de silencios, alargar el preludio de lo ansiado, quería ser ella quien marcara el ritmo de esta carnal batalla, descarnarlo, atraparlo y acomodarlo al ritmo de su respiración, situarlo preso de sus delirantes jadeos que, entre perversos susurros lo incitaban a derrotar los limites de lo racional. Tras un huidizo beso, dio paso a las solidez de su miembro embistiéndola una y otra vez. Desordenado, libre hasta desbaratarse en su interior, quebrando la quietud de la madrugada con un visceral gemido.

 Andrea fingió dormir cuando dos horas después su casual amante huía furtivamente de la habitación de aquel barato hotel. Cerro los ojos, y navego por sus sueños inconclusos, evadiendo aquella hiriente realidad. Soñó que la soledad no volvería alojarse en su alma y allí, entre los restos de la batalla, durmió.

 Soberbio y pleno, el sol preño el comienzo del día desdeñoso de cualquier atisbo de la pasada oscuridad. Una tibia brisa entro en la habitación envolviendo las cortinas de una momentánea sensualidad que, en su camino, encontró el cuerpo desnudo de Andrea que yacía despreocupado sobre las sabanas que apenas llegaban a cubrirle los muslos. Abrió los ojos y desperezándose se zafo de los brazos de Morfeo. Observaba embebida y absorta la danza de telas, que anunciaban su llegada. Tendida sobre la cama, con la lasitud todavía amordazando su cuerpo, lo espero. Fue fugaz pero enormemente placentero, su piel se estremeció, miro hacia la ventana deseosa de la próxima oleada, citando a ese sutil amante a poseerla, retándolo de nuevo a la lucha…Como disfrutaba de aquello.

Hacia ya mas de diez años que aprendió a jugar, tiempo en el que se entrego sumisa a su sempiterno amor . Lo hizo cuando su cuerpo efervescente por los cambios la llevaba a buscar una secreta intimidad en la que, insegura y convulsa, experimentaba con los rincones mas secretos de su piel, imaginando que se desfiguraba como un delicado castillo de naipes en manos de la imprevisibilidad.

Fue en uno de esos momentos robados a su niñez, mientras jugaba con su sexo adolescente, cuando todo comenzó. Fue un día caluroso, lleno de sol, mar y arena lo que la incito, una vez caída la tarde, a buscar alivio a su piel enrojecida bullendo herida tras largas horas de retozar como una lagartija por todos los rincones de la playa . Y fue allí, bajo el afilado frescor del chorro de la ducha con que intentaba calmar el quemazón, que apareció.
La hipersensibilidad de su epidermis la regalaba un maremágnum de sensaciones inexploradas, caminos dibujados por el agua que despertaban hasta el mas minúsculo receptor sensitivo de su todavía tierno caparazón. Hostigandola, elevándola hacia un grado de agitación que nunca antes había experimentado, se dejo ir... Sus pezones amenazando el aire, la sacudían con leves punzadas que se extendían por cada fibra de su cuerpo. Sutiles latigazos que la hacían estremecer. Se imaginaba como una guitarra tensa, lista, preparada para la ejecución de la mas febril melodía, ansiando el gozo, el discurso de una mano amiga alejandola de cualquier espacio que no oliera a la derrota de sus fantasías. Desbordada por la quemazón de la pubertad agolpaba entre sus muslos, pidiendo paso para estallar desbordando el tiempo, dio con la complicidad el azar, de los caprichos atmosféricos regalandole al amante perfecto.
Ocurrió, así sin mas, filtrándose a través del pequeño ventanal del baño que siempre quedaba abierto. Indolente, fugaz, intangible pero perceptible, confabulado con el agua, el inesperado incendio acariciaba su cuerpo en oleadas, envolvente, arrastrando su razón al borde del dulce absurdo que era el orgasmo.. Extendió sus brazos sobre las baldosas del baño, sintiéndose subyugada ante la detonación de placer de cada partícula de su ser. Entregada, sin pudor, dispuesta a ser asolada por esa perfecta orquesta de la química que obligaba a su cuerpo a bailar entre espasmos de placer, al son de ese voluble, e irreverente elemento que la exorcizaba de ella misma, ráfaga a ráfaga lograba que el mundo se desdibujara como un grabado de tinta en la insignificancia de un charco.

Y allí, en la soledad del cuarto de baño, fue que detono de puro éxtasis empapando su sexo de aquella densa savia que se licuaba entre sus muslos. Palpitando en el vórtice de la aniquilación de su pensamiento, sintiendo durante un instante el analgésico y acerado beso de la muerte, sus manos tentaron el aire hasta lograr aferrarse a cualquier porción de la realidad, que resulto ser, aquella estúpida cortina de textura gomosa y patos en rocambolescas escenas circenses, que la acompañaron hasta el orgasmo.

 Susurrandola secretos vertidos en noches de amantes ebrios de fervor, el viento, su fiel amante, el que la colmaba con su presencia y sus envolventes caricias. Ese que, incondicionalmente la amaba. La llamaba una vez mas a la vida en aquel estéril y sórdido hotel, donde la brisa de la mañana y la soledad amiga llenaban ese escenario deshabitado.
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