Dijo ella...

Low - Words

La tragedia como fulana dadivosa siempre se entrega a la tierna y glotona ensalivacion de nuestro ego, como no amarla pues en medida de sus promiscuas atenciones rescatandonos de nuestras horizontales  y planas existencias. Es tan consustancial al hombre como el ímpetu que nos sacude ante la consciencia de nuestra propia fragilidad y finitud.
Escribo esto, mientras me cuestiono porque pretendo enmarcar un mensaje difuso con mis razonamientos y el motivo de que relea las cinco primeras lineas sintiendo que me desnudo codificada velando una sensación que se licuo en sombras como el rubor incandescente de esta  tarde de septiembre.
No hay respuesta, ni en el humo que se contonea entre mis dedos y el teclado ni sobre el montón de ceniza acumulada sobre la mesa. Quizás, y digo quizás ahora, en este momento donde unos acordes desbaratan un eco sin replica que se adhirió a las paredes mucho antes de que se instaura la soledad material, sea preferible entregarse a la puta versada por milenios (embriagante tragedia) que la atrofia de emociones.
Hay un suministro inagotable, un interminable fondo de armario, un catalogo de camaleonicos ademanes y susurros que humedecen y activan los lenguajes a nuestra total  disposición. Quebrar la rutina de los cubículos, desordenar a ratos la vida prepactada de la colmena en busca del vértigo de encontrarnos en otros escenarios y experiencias que heredamos e hicimos propios en cierta manera, delimitando así, quienes somos o seriamos si la libertad fuera algo mas que una palabra no circunstanciada formando cauces sobre esos conceptos ponzoñosos llamados cultura y sociedad.

Dijo... sorprendiéndose de ella misma, mientras mordisqueaba meditabumba aquel pedazo amargo de chocolate.


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