La estrategia del mosquito





El cielo congestionado de nubes es, en esta tarde, la perfecta momificación del movimiento. El manto blanquecino a la espera de que la parca luz se deje seducir por la oscuridad.

Me gusta la noche, su llegada, el poder de sublimación que emerge de todos los recovecos silenciados de la ciudad de los anónimos. La caricia magnética que destilan las horas cuando la haces tuya, cuando dejas que su belleza germine en ti los acordes de su sinfonía enmudeciendo el pensamiento.

Eso es la belleza para mi, la ansiada quietud invitando a las sensaciones a permanecer expectantes del instante, la efímera plenitud gravitando sobre el vértigo. Las retinas inflamadas escapando de sus órbitas, quebrando las elipsis rutinarias y abriendo nuevos espacios por donde fluctuar buscando el asombro de lo mínimo. Lejos de verbos pretéritos y herrumbres, de la consciencia elaborando concordancias con un mundo al que siente ajeno, de la dislocación del ser frente al tiempo, de los dedos mancillando el lenguaje etéreo.

De esto mismo me hablan están notas filtrándose a través de los cascos, de la imposibilidad de tu existencia sin la certeza de tu convulsión, de la necesidad de percibir el pausado vaivén de tu dialogo antes de la violenta desintegración de la razón.

Sutil, así casi mortecina, con el enigma iluminando tu piel al trasluz de una luna arañando las nubes, rompería el refugio de tus encajes secuenciales tras los que te insinuás plena y magnánima, y bebería de todos tus labios, todos los lenguajes y mi propia carne.

De momento tendré que conformarme con los momentos que, con la estrategia del mosquito, logre robarte.

Los aspirantes a difuntos




Descontar una a una las palabras australes, dejándose en el humo sin renuncias, fluctuando en el ideario de la proyección, imprudentes, como la disolución verde azulada de tus ojos cruzando a la orilla malva, como las retinas homicidas sujetas en esa flor insólita que brota de entre las pestañas.

Hay una entrega singular en los aspirantes al luto, una gravitación de tinieblas que persuadidas,  corren tras las luciérnagas que los encaminan a la mas sublime perdición. Regueros de pólvora ávidos de fuego, que se dejaran arder, carentes de la fe en los difuntos milagros que la ingenuidad trasmite, dementes e imantados, esperando la confluencia del instante donde lo que fue, se desintegre en un nuevo horizonte de sucesos.

Del aire se precipitan cosas diversas, restos de la irrealidad invadiendo nuestros universos  y, con la implacabilidad de un sumidero, engullimos vida y cochambre, bailando ebrios sobre la perpetua espiral que nos consumirá.


Y es el alma una favela..

Las miradas, punzantes fogonazos reclamando lo que se les niega o negó, tasando los gestos, delineando los limites de esa figura que pasea la misma callejuela donde, en una fugaz ojeada, se confrontan las paranoias. Y los desconocidos, pasan a ser ubicados en alguna parte de nuestro incuestionable decorado de prejuicios. Es entonces que una linea dibujada a tientas, se topa con otros trazos que nacen o confluyen desde las lineas de otra mano y, entre ambas, dan forma por un instante a ese cadáver exquisito que entendemos como la realidad.

Conjugamos miedo o enunciamos amor, y barajando todas las posibles combinaciones de ambos, cargamos la  tinta con la que emborronamos los lapsos de la ambigüedad. Lo ambiguo, las hojas blancas y desbordantes de vértigo para esa esencia en busca de significación constante que somos.

Y mas allá,  la soledad , ese punto abandonado sin frase precedente con el empaque suficiente para soportar el peso de la incertidumbre.
Y en la mente, una gran favela, un espacio convulso mediando entre un maremágnum de necesidades elementales y sintéticas, con la posibilidad.
Y en la carne, el siseo de un péndulo afilado que continua su descenso con total neutralidad...


Mareas en la contradicción




Somos marea y calma.
Átomos convulsos en un grano de arena
Gritos y susurros frente al capricho de mil universos
Una fracción de un todo irresoluto sin espacio en la ecuación
gestando versos entre el ayer y el mañana.

No hay métrica perfecta sobre el trapecio del desequilibrio...
Y somos de aquí, y de allí...
De briznas de viento, de lluvia fugada.
Centelleo de oro entre la escarcha
pálido cobalto sobre la duna de la esperanza.

Somos el eco del grito de ayer
el silencio confesor de la nada.
Una partícula somnolienta de roció sobre la almohada
Alivio en ocasión y musas anestesiadas entre pasado y negación.

Lamento impulsor que se reniega en la mirada,
pausa en los cuerpos 
entre voz y el atlas de una espalda.

No caben certezas en nuestro jardín lastimado tras la pedrisca...
Y vamos de aquí, para allí...
Entre comienzos y finales..
entre lascivas iniciales e indelebles apodos.
Aleación de carne masticable y amor
ternura resignada armada con zarpas de dolor.

Somos amargor y melaza
Nieve redentora en el edén
sueños yermos que florecen abonados por la sinrazón.
Frágil plenitud de vació.
Culminación divagante de la suma
No existe adecuación en el reino sin guion...

Míranos...
somos un mar de contradicción que se bate en oleadas.
La nimiedad aceptada que centellea ilusiones junto a rosas derrotadas.

 Aproximaciones del ser,
o no...


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