De hambre y sopas...


4’33. La madrugada, era un cumulo de horas apilabas bajo las sabanas, de minutos prestados sobre el métrico discurso de aquella maquina que intercedía a favor de mantener su asmático lazo con la vida. Llevaba mas tiempo del que jamas ideo esperando su llegada, masticando el correoso dolor que se retorcía en su pecho empujándolo una y otra vez a la angustia de la asfixia sin resolución, al espasmo de sus músculos obstinados en no vencerse al silencio de los estímulos, pese a las cada vez mas altas dosis de morfina. La metódica coreografiá que acompañaba a una supuesta y momentánea búsqueda de alivio, se habían trasformado en el, en el retorno al centro perverso de un solo de guitarra, al sumiso dialogo de sus parpados entornados por la excitación y abiertos a lo desconocido cuando el analgésico se extendía como la necesaria melodía que acallaba el descompasado trascurso de su mas que nunca, infructuosa existencia. Pero pese, o por esto, era en ese momento cuando el tiempo comenzaba a recobrar algo de valor. Era entonces que su cascaron devorado por la enfermedad, dejaba de ser el lastre inerte que lo convertía en un objeto mas dentro de esa impersonal habitación de hospital.

A cada persistente latido, se extendía un recuerdo ingrávido que emergía reiterativo de entre los restos de su memoria y este era, el untuoso y equilibrado caldo que preparaba su diosa de cobre, que como un fantasma sensorial, aun persistía en su mente invadiendo su pituitaria, provocando que su paladar se retorciera acosado por los matices que se enredaban como raíces por toda su boca. Que su sexo se rebelara a la renuncia del placer y no comulgara con resignación a la muerte, sin una ultima sacudida de libertad o decisión. Ella, su Lidia, aquella hembra rotunda y exuberante de cabellera encendida como el atardecer, la que habitaba en las vencidas tierras de su juventud, la que en lo días de relente y mareas hormonales busco en la marisquería del puerto viejo donde el deseo se torno desde entonces, en el álgebra invisible que desentrañar en los matices de la sopa. Era el arma idónea, el soplo de sangre burbujeante y oxigenada, con la cual sacudir la yerma espera e invitarse al movimiento, a la violencia del cambio de la homogeneidad de su instante aseptico y agónico.. Tras el picotazo de la jeringuilla, todo comenzaba a tomar forma entre letras y números danzando tibios y concupiscentes sobre una cuchara llena de sopa, y de ella. Mascaba los instantes de furor místico con esa pizca de perifollo y pimienta negra que invadían su paladar, aroma salobre que ascendía cálido desde el plato perdiéndose entre sus pechos enormes y obscenos cuando lo depositaba con mimo frente a el en la mesa. Inquietud secuencial al roce de sus prominentes caderas acercándose, dejándose intuir sobre su boca mientras se la bebía lentamente sin llegar tan siquiera a tocarla. Percibía su textura cremosa, llena de la untuosidad del marisco deslizándose por su garganta, también revivía la sensación de su indice escribiendo versos en braille bajo sus bragas, fantaseandola, febril, a la par que acariciaba con las yemas de los dedos la superficie perfecta de caldo que gustaba creer, solo elaboraba para el. Y no podía evitar devorarla en cada una de sus apariciones en el comedor, sorbiéndola con ahincó, queriendo esconderla así en algún espacio vació de sus entrañas. La bebía caliente, dibujando el trayecto de su esófago, cucharada a cucharada, para dar paso a aquella placidez amable y una cierta quietud, que era llamado al ardor expandiéndose en sacudidas circulares desde su estomago hasta su sexo. Y tras esto, desde algún punto ilegible e ignoto de su universo comenzaba a sonar esa sinfonía inaudible que lo subyugaba, como el rumor de un torrente incontenible y que esclavizo una parte de su persona, a aquel instante que trasgredió el tiempo en el que se gesto.


Tal vez, tendría que cortejar a la muerte y ser la plañidera que se resigna a golpe de lagrima a la realidad, y permitir que aquel pulmón artificial y su mecánico soniquete, lo obligara a permanecer preso del dolor continuo y la caprichosa asfixia, anhelando el chute de morfina y los ápices de vida que siempre sabían a sopa. Pero aquella madrugada, decidió ser el director y el coro de esa sinfonía inaudible en la que quería por siempre flotar, así que, en plena euforia y excitación, decidió masturbarse complusivamente hasta consumir el cada vez mas escaso combustible que lograban rescatar sus podridos pulmones. Y así, en el apogeo de el orgasmo, la falta de oxigenación intensifico su ultima descarga de vida que, pálida e inerte, como el, fue el escándalo y la incredulidad de la enfermera de guardia del pabellón de terminales a las 4'33. Semi-desnudo, sentado sobre la taza del váter con el cigarro ladeado pendiendo y adherido a su labio inferior y con una de sus manos, aferrada y rigida rodeando su rabo, el enfermo de la habitaciòn 432, se fugo.

La Susodicha

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