A bocanadas...



A beautiful Lie - 30 Seconds To Mars

La vida pudiera ser este instante ilimitado del que somos posibles dueños, este, el ahora frente a un azul que se insinuá perenne, sin pros o contras, sin el peso de la inercia o el esfuerzo. No hay hueco en el aire vació de la tarde para el ayer o el mañana. Esta la obscenidad de una Primavera que se extiende sin cortapisas sobre la hierba, cantidades de luz derramándose, fermentando las notas agridulces de las arterias invitándote a la constancia de respirar, pero hoy con al ansia desmedida por que cada partícula de oxigeno borre la angustia sustituyéndola por pasajera euforia.

Y regresa el silencio, lentamente, robandole bocanadas al día ajeno a motivos. Algo se activa, un percutor olvidado que abre la pequeña mirilla por la que captas o descartas la mentira de esa urbe que se desdibuja en la distancia. Se esfuman las incoherencias de tu rum rum de monologista ebrio, de ser sometido por un ego acuñado a fuerza de repetición. A cada condicionante enmudecido, le nacen tres sensaciones simples que entre la calidez de la tarde no tienes que buscar. Es la vida, que te asalta sin previo aviso, y los deseos giran sobre la misma rotación del planeta y percibes el afán de retomar tu elemento. Echarte a volar como esas semillas ingrávidas que hace un momento regalaste al aire. Esas que susurraste con los ojos cerrados al viento mientras agradecida dejas que tu piel la agarre la tierra, tomando el pulso que haces tuyo. Respiras, una y otra vez tachando y borrando cada palabra que te hicieron aprender. Te citas al otro lado de la realidad, te paseas por las calles incendiadas de tu inconsciente donde no hay un guion preestablecido y avanzas sin historia. A mil fotogramas por segundo te empapas de la belleza del momento, del zigzagueante compás de la brisa sobre el escenario, del aura dorada que se disemina perpendicular entre los arboles, de todo aquello que el ruido de una babel confusa y cortesana te niega.

Todo es silencio, polinizandote por dentro, jugueteando con la dirección de tu pelo, asomandose a los pequeños rincones del césped, a la minúscula verdad que se reitera en la caducidad de las flores. Retornas a un lugar que no entiende de extrañezas ni del eco de las multitudes adecuadas por esta maquinaria canibal, a un espacio habitable que se extiende en tu interior. A ratos todo se tinta del color de la abundancia de un primitivo sentir, un simple matiz , el del mero y burdo echo de vivir.

La Susodicha.
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