Pájaro de luna



El apareció como todos aquellos hombres que pasearon los recodos de su madre... de la nada. Apareció como esa figura mellada e inabarcable que descubres al final de un pasillo, en la penumbra de la vivienda que no puedes llamar hogar. Y lo sonríes, y te sonríe. Y tras ese manto de tribulaciones rindiendo sus hombros, tras esa ternura que destilaban sus gestos parsimoniosos y quizá, por el hecho de como poseyó los espacios vacíos de las estanterías con todos aquellos libros en los que, con el paso de los años ella se sumergió, buscándolo, siguiendo el rastro que dejo olvidado cuando desapareció. Lo amo. Porque en ese palacio de espantos donde reinaba sobre la soledad y el abandono, desprotegida en la máxima extensión de la palabra, a merced de toda la oscuridad circundante codiciando su inocencia, impregnándola, mancillandola, tan solo aprendió a despistar la pena y reconocer el pestañeo cortes de las ratas.

El era la materialización del rescate que dibujaban sus lagrimas enmudecidas, el ruego secreto que nacía al perder ese signo de vida exterior, cuando aquel viejo televisor al velar noche tras noche, aferrada a ese rumor sintético acariciándola, vulnerando su mente con estridentes realidades, comenzaba a escupir esa fría y ruidosa nieve. El tenia la capacidad de degradar cualquier atisbo de oscuridad, con su atmosférica presencia sabia alejarla del caos mismo sodomizado por el absurdo, de la demencia en los dos extremos de su expresión, de la mujer llena de pasillos transitados por hombres que apostaban su cordura a las mismas cartas, del delirio despótico, de los parámetros de ese universo deforme que inculcaban sobre ella, de la amante de alquiler que era su madre, de esa puta que siempre la castigo, con su ausencia y su apático afecto.

El trascurrir de las tardes adquirieron una tonalidad inusual, mas aún cuando sus pequeños dedos exploraban aquella espalda lunar, blanquecina y herida por centenares de minúsculas cicatrices. Cuando oprimiendo los barrillos que insistían en desfigurarlo, atrincherados bajo aquella tristeza que destilaba a ratos su piel y ocurría lo inaudito dieron un valor a su vida. Allí, ovillada tras èl en el sofá, percibía el pulso del hielo quebrándose bajo su pecho, sin riesgo, porque él, era un mundo ignoto cargado de ternura sobre el que volcar instintivamente lo contenido. Al refugio de su abrigo imperfecto, maravillosamente inacabado y reconocible, podía ser la niña que le negaron. Aquellos ojos ilimitados, sin registro, poseían la capacidad de desterrar el aire gélido de cualquier espacio.

Aprendió con veneración hasta el más insignificante componente del cuerpo humano que él anotaba para ella, se impregno de la sabiduría que le donaba al ojear juntos aquellas pesadas enciclopedias llenas de imágenes que conseguían desbordar su curiosidad, de sus comentarios, de sus actitudes fértiles de la bien entendida humanidad, de su paciencia infinita ante sus preguntas, hasta ese momento irritantes y molestas para todos los demás.. Día tras día, generaron las claves de su mundo mientras permanecían en la constancia de compartirse, de encontrarse entre las palabras, entre muecas y risas violentando el decadente planeta y todos sus monstruos de cuento. Hasta el día que, de igual manera que apareció se fue, tras el restallido de la puerta, y los sollozos vencidos de su madre en el pasillo, mirándola con aquellos ojos de azúcar tostado e inasequibles.

Durante esos tres años, toda la resignada dulzura de ese otro ser floreció para ella llenando su cosmos infantil, conmoviendola, empujándola a imprimir en su mirada una nueva magnitud, y robarle sonrisas, junto a cartografiar cada una de las marcas de su espalda, se convirtió en su reto favorito siempre que pasaban las tardes juntos en espera de la madrugada, del sonido martilleante de tacones sobre la acera, del tintineo previo del juego de llaves que abría la puerta a la expectativa de ser hoy reconocidos y amados por ella.

La tarde húmeda de ella misma le susurraba ayeres, la cortejaba buscando su tributo mientras las gotas de agua se estampaban contra el tiempo dejandose en los cristales. Y pensó en el, en anudarse a su espalda y salir huyendo de ese vació que supuraban las paredes hasta alcanzar ese mundo que pudo vislumbrar una vez. Porque tuvieron mas valor tres años que el resto de lo vivido, porque junto a el todo tenia sentido, porque pocas manos habían sido capaces de trasmitirle esa tierna y reconfortante sensación de ser querida. Porque el siempre seria ese pájaro  azul que le regalo la luna.

La Susodicha.

Ingràvida


Indigo children-Puscifer


La pureza residía en ese espacio de levedad, en los momentos previos a cohabitar con la realidad, antes de la imprimación de cualquier discurso. Tal vez, en la capacidad de permanecer en la ingravidez del desconocimiento, inmunes a la incertidumbre... flotando sobre la
sucesión de variables guiados por ese flujo que nos envuelve y abraza. Indeterminados, descubriéndonos en los dictados de las sensaciones que se abren paso por nuestro interior...


En el ser, antes de pensar ser...


La Susodicha

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