De sentidos y busquedas



No hay noche de luna clara, la consentida de los poetas esta presa entre nubes que araña enferma de lluvia y ausencia. Estamos tu y yo, inmersos en un pliegue desconocido de la realidad, en este piso donde todo el universo comienza a cobrar algo de sentido. Bajo la luz de estas velas que juguetean con el aire que nos rodea. Te miro, y la magnitud de todo el cosmos serpentea sobre tus retinas, y a mi, a mi se me desmenuza por momentos la coraza de apatía con la que me he travestido para sobrevivir. 

No tengo armas en esta taquicardia que me desmadeja cuando te miro, o recojo en mis labios tus suspiros codiciandolos míos. Vibro, al son de la lluvia que golpea los ventanales, al compás del aire que se escapa de tu garganta donde no necesito adjetivos. Aquí, en este salón en penumbra que da refugio al compás de tus manos desabrochándome la ropa y los sentidos, apenas me queda cordura. Soy presa del hambre enfermizo, del anhelo de querer perderme en el abismo de tu abdomen, y esconderme por siempre en algún espacio de tu ombligo, aun a sabiendas que el mundo entero se tambaleara cuando mañana sume los pasos que me alejen de ti... 

Todo lo que soy, o lo que seré a partir de ti, se descompone en partículas sobre el ritmo de tu respiración, y soy capaz de rozar con las yemas de mis dedos las notas agridulces que destila tu pecho, tan cerca, tan cerca de mi piel herida, que no se si debo llorar o reír. Notas graves, distorsionadas como el tiempo, como nuestras manos desmadejando los matices del verso, descifrando los secretos de un lamento cadencioso que ya parece que empiece a mitigar , y mi voz, tararea todos los susurros y lagrimas que confesé al silencio amigo de las noches de esta ciudad, confesados a las sombras que, en las tardes de insultantes naranjas me incitaban a idear la llegada de este ahora que deseo eterno.

 Maldita canción que me abre en canal el alma, esta melodía que me hablo, y me hablara irremediablemente de ti y de este “Te quiero” que espero sentirlo tatuado a fuego, la soñada yaga que nos hará siervos de la encontrada magia de este momento, que quizás, en otras vidas intentaremos revivir, buscando las notas perdidas entre la estúpida métrica de los verbos.

Aquí dejas, el rastro, tu huella, el sudor compartido que corroerá mi memoria, tibio e invasivo, con sabor a coral y mar, a victoria y derrota, a toda esa inmensidad de posibilidades que siempre me sugerían las costas, las que me comentaban de ti, las que volverán a traerte a mi en las tardes quedas que retorne en busca de respuestas y senderos por definir. Desnudame así, azotame el alma, empujame a la mayor obscenidad que quiero compartir y dejemos ir a las pieles que cuenten lo que las bocas callan.

Encaramada al mundo, a horcajadas sobre tu abdomen, saboreo tu lengua con regusto a almendras amargas, lamo tus dedos que me dibujan la vida que se nos prometerá mañana mas cordial y con un nuevo y quizá, efímero destello de esperanza. Pero no importa, habrá tiempo de desordenar los miedos, uno a uno, y cuando salgan, los ejecutaremos a base de minutos compartidos andando y desandando las calles del ayer y el mañana, los puliremos a base de caricias, de palabras y manos que se entrelazan, los sepultaremos bajo la estimulante 
complicidad y dejaremos que se pudran bajo los fuertes pies de la confianza.

Ves, deliro, y me niego a que el aire encendido que nos rodea, que los muebles que nos observan llenos de asombro, que las cortinas buscando salida al escándalo de esta forma de querernos me obliguen a liberarme de la asfixia de tu abrazo, a frenar tus dedos tan llenos de mi, a comedir el obsceno dialogo de estos cuerpos enfrentados, devorando y detonando cada átomo que los conforman, por que los minutos consumidos empujan a dejar para otros lo usual para amar, y no tengo miedo, a que mi cordura se licue sobre los cojines, el suelo o las baldosas del portal. Así que, amordazame a ese pecho, el tuyo, al radiador del salón o donde el deseo quiera invitarnos a la pasión, por que a mi se me antoja perfecta de acústica nuestra desinhibiciòn y siempre que pueda gemir pegada a tu pelo inmersa en este bucle de húmedas inercias, despiojando todos los minutos que nunca fueron nuestros, los que ahora estallan y se contonean llenando de brisas nuevas nuestras caras, todo es y sera, como debía haber sido. 

Dejémonos pues, mimar por este instante perecedero, por la frágil victoria a la muerte y por la ternura, que compartida estalla irreverente, y le va dando un sentido a esto que es vivir.

A bocanadas...



A beautiful Lie - 30 Seconds To Mars

La vida pudiera ser este instante ilimitado del que somos posibles dueños, este, el ahora frente a un azul que se insinuá perenne, sin pros o contras, sin el peso de la inercia o el esfuerzo. No hay hueco en el aire vació de la tarde para el ayer o el mañana. Esta la obscenidad de una Primavera que se extiende sin cortapisas sobre la hierba, cantidades de luz derramándose, fermentando las notas agridulces de las arterias invitándote a la constancia de respirar, pero hoy con al ansia desmedida por que cada partícula de oxigeno borre la angustia sustituyéndola por pasajera euforia.

Y regresa el silencio, lentamente, robandole bocanadas al día ajeno a motivos. Algo se activa, un percutor olvidado que abre la pequeña mirilla por la que captas o descartas la mentira de esa urbe que se desdibuja en la distancia. Se esfuman las incoherencias de tu rum rum de monologista ebrio, de ser sometido por un ego acuñado a fuerza de repetición. A cada condicionante enmudecido, le nacen tres sensaciones simples que entre la calidez de la tarde no tienes que buscar. Es la vida, que te asalta sin previo aviso, y los deseos giran sobre la misma rotación del planeta y percibes el afán de retomar tu elemento. Echarte a volar como esas semillas ingrávidas que hace un momento regalaste al aire. Esas que susurraste con los ojos cerrados al viento mientras agradecida dejas que tu piel la agarre la tierra, tomando el pulso que haces tuyo. Respiras, una y otra vez tachando y borrando cada palabra que te hicieron aprender. Te citas al otro lado de la realidad, te paseas por las calles incendiadas de tu inconsciente donde no hay un guion preestablecido y avanzas sin historia. A mil fotogramas por segundo te empapas de la belleza del momento, del zigzagueante compás de la brisa sobre el escenario, del aura dorada que se disemina perpendicular entre los arboles, de todo aquello que el ruido de una babel confusa y cortesana te niega.

Todo es silencio, polinizandote por dentro, jugueteando con la dirección de tu pelo, asomandose a los pequeños rincones del césped, a la minúscula verdad que se reitera en la caducidad de las flores. Retornas a un lugar que no entiende de extrañezas ni del eco de las multitudes adecuadas por esta maquinaria canibal, a un espacio habitable que se extiende en tu interior. A ratos todo se tinta del color de la abundancia de un primitivo sentir, un simple matiz , el del mero y burdo echo de vivir.

La Susodicha.
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