¿Y tú, crees saber...?



Crees tú saber del ultimo rincón de estos pasadizos, allí donde se esculpe la fiebre. Crees intuir el fermento de palabras cilicios en las heridas, donde nace el influjo de los cataclismos. Sabes del gusano que roe el corazón de los herodes, del vértigo en la incoherencia de vivir. ¿Si?

Pues entonces, desde el reconocimiento, con los poros abiertos y arrebatados de destellos de locura, llamémonos extranjeros en el sobresalto, demos nombre y sentido a cualquier pared.

Reventemos de una vez.


El té de las cinco de la tarde...



Como cada día Silvina se sentaba a eso de las cinco de tarde con su tecito verde con menta a contemplar el mundo desde la terraza del  Nº5 de la C/ Santos remedios. Era un reflejo acotado de este su placita, enmarcada por los viejos edificios del casco histórico, con sus fachadas de piedra teñidas de días y días de  lluvia monótona de las ciudades del norte, y esa maraña de callejas invariablemente atardecidas confluyendo allí. Cauces empedrados por donde viajaban las tormentas pasadas, por donde la gente se desenvolvía entre colmados tan enraizados que resistían frente a la implacabilidad de las grandes superficies. Vericuetos urbanizados entre tascas de madera robusta, empapadas de un pulso antiguo, de un olor rancio a tradición y quizá verdad. Muy alejadas de la oleada de diseño aséptico y aluminio que se extendía mas allá del barrio. Y nuevos comercios, innumerables y variopintos, proveyendo a la barriada de cualesquiera que fuera la particular necesidad.

No parecía un mal lugar, si la desesperación que sacudía los últimos años, no hubiera convertido las avejentadas viviendas en un refugio de bajo costo para los que subsistir se convirtió en algo a lograr a cualquier precio.Se daba allí una amalgama curiosa de costumbres y lenguas, una convulsa babel en el corazón mismo de la ciudad. Miles de personajes en sus rutinas y quehaceres diarios, los foráneos y los que reciente habían desembarcado, todos gravitando por los aledaños hasta ser empujados por la inercia del que se ve avocado a perseguir  la luz hasta dar a la plaza. Alli, dos enormes terrazas acorralaban la discreta fuente desde la cual,  emergía una especie de monolito cubierto de verdina y coronado por una  figura alada desfigurada por el tiempo, escupiendo un discontinuo chorrito de agua. Tan menudita era esta, que algunas tardes de Domingo solo su borboteo hacia sospechar su presencia entre los que iban en busca de ese pedazo de oasis en medio de lo intrincado y asfixiante de la zona.

Silvina, llevaba años recreándose en sus personales rituales cotidianos, como abrir la enorme sombrilla colorada hubiera o no sol, antes de, (con una exquisita y metódica coreografía) disponer sobre la  mesa de forja las piezas de loza y recoger la colada del tendal para adentrarse de nuevo en el salón y salir con sus gemelos de teatro entre las manos, la cámara que pendía sobre su pecho como antaño y aquel enorme álbum lleno de recortes, fotografías y anotaciones que ojeaba las madrugadas de insomnio. Ya pertrechada, se sentaba, y  tras verter pausadamente el  humeante té en la taza, se dejaba ir contemplando el vapor caprichoso imprimiendo formas en el aire, absorta vete a saber en qué estaciones. Luego aparecía la vieja pitillera, cuarteada y deforme que sacaba de alguno de sus bolsillos. Prendía otro de los numerosos cigarros que la acompañaban , consumiéndolo en bocanadas lentas mientras observaba a aquellos figurantes bajo ella. Todo aquel cumulo bullicioso de rostros, aquel enjambre de convulsas emociones.

Ocurrían cosas, si. Intrascendenntes y definitorios instantes que podía entrever cuando armada con sus gemelos escudriñaba las mesas.
La historia maquillada de discreción en la conversaron de tono leve de aquel hombre canoso que no paraba de hablar sin dejar de mirar obsesivamente su móvil, por ejemplo, era revelado por la humedad contenida en los ojos de una mujer que veía rechazado el ademan de cercanía de su mano una y otra vez.
La traición gestándose en ese destello amarillo aflorando en la mirada de la señora que viendo alejarse a su compañera de cafés, rebosante, desconocedora del  gesto retorcido que se producía a sus espaldas  tras hacerla participe de alguna buena noticia, se disponía a pagar la cuenta de ambas.
El miedo atroz e insalvable del borracho que escandaloso abordaba al primero que se cruzara por su campo de visión, atentando su mala soledad con mil absurdeces buscando el contrapunto al ruido escandaloso de su mente en la verborrea o en la disputa.
La vergüenza enfermiza de aquella adolescente anodina parapetada tras un libro, quizá humedecida soportando los chabacanos chascarrillos de su tío sobre las mujeres mientras a ratos la acaricia el muslo. Aquel hombrecito de cuerpo musculado hasta la obscenidad dando vueltas a su batido hiperproteinico sin poder evitar excitarse al observar sus brazos, que por cierto,  tensaba cuando veía aparecer al camarero.
La anciana de rostro sobrecargado de maquillaje, con sus mamas flácidas venidas arriba por un sujetador dos tallas menor, excesiva  en su mensaje, en el intento de insubordinación ante el paso del tiempo.
El frió que rezumaban  los hábitos de la pareja  perfecta y abnegada a primera vista, estupendos ellos,  reservando las reprimendas de sus hijos para un ambiente más hogareño en el que poder dar rienda suelta a la frustración.
Lo que alguna vez fue ardor entre los muslos, fiebre en las palabras en la mujer que pasea con la distancia pintada en sus labios cada mañana su vista sobre la plaza bajo aquella titanica sombrilla colorada.
Se sucedían  las historias, tantas como la permeabilidad de la retina te permitiera ahondar , tantas como lenguajes fueras capaz de desentrañar y ella era una narradora, alguien dispuesto a ser memoria.

La mayoría desconocían los pasos previos de Silvina hasta su llegada al barrio,  la percibían, eso si, pero como otra curiosidad de aquel lugar, un enigma a refugio del  estallido de color en las monótonas fachadas en los momentos que, apurando el café, la copa o aplazados en sus trayectos a alguna parte, se percataban de su presencia, allí, bajo la enorme sombrilla, observándolos y dando pequeños sorbos a su taza. Llego pasada la cincuentena con un montón de exóticos trastos y muebles y libros, montañas de libros más las numerosas maletas que se acumularon en la entrada del portal el día que apareció, para no vérsela  ya jamas con sus  refinados tacones retando el accidentado pavimento. Dedicada por entero a sus metódicas costumbres, a su soledad perfectamente organizada, enclaustrada o quizá expatriada por sus desencuentros afectivos.

En la quietud de aquella tarde de primavera, nada hacia presagiar lo que aconteció, revelado muchos días después tras la salvaje reyerta entre dos grupos rivales de congoleños enfrentados por el control de alguna zona de venta. Últimamente venia siendo frecuente las grescas entre las mujeres pálidas y bellas del este con sus chulos, las voces a deshoras de los borrachos de acento sofocante y dulzón vomitando su rabia y su locura al vació de los callejones, las desproporcionadas búsquedas de atención de los chavales y chavalas liándose a golpes con el mobiliario urbano, pero en aquel atardecer tan cálido donde el trino de los pajaritos, como un sarpullido bucólico se imponía sobre el rumor de la gentes, el sonido agudo de las dos detonaciones que disolvieron la gresca de los africanos, se propagaron como un eco trágico del que nadie quería ser depositario. Gritos, lamentos, mesas lanzadas al suelo en plena huida, todo un tumulto de personas corriendo en direcciones erráticas, otros paralizados por el estupor sosteniendo sus vasos, las bolsas de la compra, lo que fuera que tuvieran o hicieran... en una especie de stand by, como si la inmovilidad les ofreciera el perfecto refugio. Y después el sonido de las sirenas de la policía, la toma de declaraciones y posterior detención de parte de los responsables de los disparos y en el trascurso de las horas el orden habitual de la vida se fue instaurando, como si nada.

Silvina permanecía sentada, paralizada en un gesto de asombro, con todos sus trastos rodeándola en su terracita, un día, dos, tres... hasta que el dependiente del colmado próximo que le servia el pedido semanal se percato de aquel cuerpo acecinado, quedo, ese que no atendía los timbrazos ni sus llamados desde la calle, el que semioculto bajo la sombrilla  pareciera seguir observando la plaza. Los bomberos y dos agentes se personaron en la casa tras la llamada, y comprobaron que la mujer estaba cadáver. Una de las balas perdidas de aquella idílica tarde de primavera, impacto con fatal y punzante precisión el objetivo de la cámara de Silvina, atravesando la cuenca de su ojo izquierdo para ir a parar al cerebro pero, de una forma tan excepcionalmente limpia que no mostraba apenas señales de hemorragia. La ultima instantánea del carrete era grandiosa, digna de formar parte de las memorias del barrio que con tanto mimo elaboraba. Todas esas fotos, la crónica detallada y sugestiva que de su puño y letra las rodeaban. En fin, un drama...

La fatalidad tenia la capacidad de encontrarte allá donde estuvieras, allá donde te imaginaras salvo. Las historias podían asaltarte inesperadamente, y convertirte en el personaje de la más absurda e increíble historia que, quizás habrías querido recoger dentro de tu colección de memorias. Aunque casi siempre la muerte se daba, sin más, y ya otros se dedicarían a buscar las palabras con las que formar factibles razones.

Las piedras sucias de los caminos



Las piedras sucias, no restan belleza a los caminos. Cuando la patina del tiempo las hace estallar de humedad, cuando la vida que se descompuso toma nueva forma y las rescata de esa grisácea indolencia, la simple piedra emerge correspondida a su voluntad de permanecer, y es reintegrada a ese pulso cambiante y bullicioso del que, como en una especie de dictamen cruel, de broma maliciosa, fue expulsada. Y son partes aceptadas como marco, referencia o traspiés de lo transitado, del necesario espacio a explorar que toma forma en la retina del que esculpe la realidad.

Hay piedras simples, vulgares, piedras que no fueron talladas por el magma hasta convertirlas en féretros  hechizantes de luz, que poseen  el encanto de una historia narrada bajito. Un murmullo para aquel capaz de mirar y desnudar las cicatrices, las texturas que la conforman, como la más esquiva de las miradas para un oculista de almas.

Tienen encanto esas piedras, esos pedazos de entrañas diseminadas por los suelos, entregadas a la creación y los flujos, sumisas ante el todo, ante las manos que doman sin fatigarlas los surcos que las conforman. Un algo constituido por inclusiones que las aleja de la ostentación de presunta pureza de las piedras preciosas.

Siempre me gustaron las piedras sucias y su natural franqueza.


Perderse...


El amor era como un juego entre parvularios que nacieron difuntos, era la inconsciente inspiración de la piel buscando la certidumbre de la herida para sentirse viva.
La huida del "Yo" en camino a su propia busqueda.



Todo podría resumirse como fascinación, febril y reiterativa por dibujar a tientas todo el plantel de sombras agazapadas mas allá de esta tenue penumbra, que solían llamar soledad.

Empujada siempre por la enfermiza querencia de observar la luz troquelando juguetona la oscuridad, se adentraba entre el ramaje del bosque, y apostaba al descuido dejándome ir tras el mas nimio sonido, porque el susurro de estas naturalezas muertas del inconsciente, poseían la virtud de tornarlo el eco magnético por donde precipitarse.

Siempre había un lugar, una cita inexcusable que se insinuaba entre al paso bajo y sobre las hojas, que daba un sentido a cualquier extravió, así que, un sutil canturreo de aves entre la mas densa bruma, una delicada brisa generando cierta embriaguez sinfónica, eran motivos mas que suficientes para aceptar la invitación de la frondosidad.

Perderse era requisito obligado, la necesaria travesía para integrarse con el paisaje una vez que la noche se daba por instaurada, ya que solo entonces, aquel cosmos de humedades, de lenguas astilladas, de saliva arcillosa, se revestía con un halo de gentil gesto, de perfil de almohadas compartidas y añoranza ante el éxtasis sublimado de la desesperación , de la soledad mutada en desamparo en medio de... una simple arboleda.


Líbrenme mis ojos de los tontos, los gloriosos y sus palmeros.

  Es verdad que hace frió, que el aliento comprimido y extensivo de tanto mirar privado de libertad gesta los carámbanos afilados que nos podrían, ( oh, azar) perjudicar. También es cierto que me subyuga esta primavera absurda, y el compás veleidoso de los copos de nieve en sus repentes, ese desconocer de los patrones y la voluntad intacta ante las direcciones. Porque gravitan sobre la ciudad y sus alambradas de tendidos eléctricos, leves, tenues sobre ese flujo de pulsos e impulsos, en este increchendo de distancias, de ruidos, bocas y palabras enredándose como hiedras sobre lapidas, vacías de melodía, valor y vida. Por esto me dejo ir en su danzar, arrebatada ante lo impalpable, a lomos de lo que los mueve y promueve a ser, en ese instante, un germen efímero de belleza y entrega. Es entonces cuando escribo lo inenarrable que me acontece, ese maná que brota y me vence ante lo común de los guiños a través de la mirilla, invisibles para muchos, la magnificencia de lo insignificante que me apasiona de lo que me es dado.

Más tarde enciendo el ordenador, y oigo el rumor de algunos muertos arañando sus féretros de hormigón, con las yemas abiertas, resecas, carcomidas en el ultimo acto que les permitió la hemorragia de esos dedos líricos, infectos en una desconcertante cantidad de revanchismo (compensación blandiría yo, si me importara algo más que el desentrañarte) escribiendo poemas hasta agujerear la pasividad que los rodea, hasta recuperar la tibieza de los labios consumidos en apatía por sus reconocibles rutinas, acaparando deseos transitorios que los salve de su Doña Muerte, temosos del arma definitiva que aletargan a base de nostalgia, parapetados tras sensaciones prestadas en papel o en la inmediatez de la red.

No hay mayor amor que el del cobarde amparado en la oquedad maternal de las ciudades, esas viejas solicitas de pellejos resecos, edificadas sobre el delirio de los siglos y siglos que consentirán tus crímenes y tropelías, en ese afecto tributario donde los pulsos adormecidos, mecidos en lo reconocible acallan el hambre con bálsamos de memoria e insignificantes trofeos sobre las baldas que mirar de soslayo cuando entre las sabanas, todo se viene abajo. A veces sucede que las ciudades van dentro de uno, y hasta en el paraíso y el exilio, las transita en runrún automático.

Quizás tú, revanchista, pretensión de animal intuitivo, disfrutes de tus caseras monterías de corderos postrados en la embriaguez de ser, al fin, sacrificados, por algo que tan siquiera es una sospecha de vida, incapaz de sostener y manifestar la destreza necesaria para proceder al movimiento definitivo del que ejecuta la liberación del agónico. Ten al menos cierta mesura sobre el lustre que pretendes a las victorias sobre tus iguales, no vayas a descubrirte otro idiota venido arriba por el soniquete de las palmas.

¿Y tu luna, Eva?



Lo cierto es, que la madrugada me ronda con una luna de sutil sonrisa, burlona en la medida que se sabe inconclusa, perpetuamente inaccesible en su magnitud, como los cuerpos ofrecidos de guiño fácil que pueblan los callejones donde la explicitud de la carne se viste de gala entre los encajes nebulosos de las putas. Estos son los buenos poemas.
 Me acerco a tu verbo compresiva, percibiendo la pólvora mojada en las calles, conocedora de lo que se rearma ante la retina encendida, esas minúsculas revoluciones de importe y coste variable que perseveran en medio de esto.

Esta es la luna del adán, la linea mermada de luz sobre la noche que edifica las lubricas estrellas, la refracción acristalada entre copas de lejía de alta graduación. El poder cedido y desinfectante ante la gangrena alojada en las cuencas de sus ojos, en la rabia estancada entre los pellejos rugosos. Y esos versos, apelmazados en  el travesaño estatuario soportando el peso de la realidad, y toda la sugerencia oscilante que somete el siseo de la guadaña al hambre despiadado por la sangre que, como roció borgoña manara de la garganta del otro aliviando tanta palidez.

¿Y tu luna ,Eva, qué compone los paisajes abruptos que transitas esas noches donde corean los pájaros de los desvelos?¿En qué forma convulsa se apropian de imágenes tus delirios? ¿No es la semejanza al observarla lo que denota en los polos heridos vuestra misma y antagónica naturaleza?



Podrida de primavera...



Censura la ternura, maquilla tu hambre suplicante con los restos entregados pudriéndose a la intemperie, niégate la inspiración hasta que la muerte despiece la grandilocuencia de la nostalgia a la que tributas lo bendito, tú rabia. Castígate al olvido de lo que supone rozar nuevos amaneceres, temeroso de la altitud que sustenta rozar por instantes la luz, déjate rendido, en la voluntad de las piedras porosas. Juzga, tasa, etiqueta amparado en la confusa memoria, persevera en la ausencia. Total, que importara.

Ampárate en el absurdo en proyección, con las órbitas desencajadas del que observa con mutismo acercarse la ultima y determinante tempestad sin compasión alguna, ajeno, tendido y ausente sobre un lecho de palabras... o duerme por siempre de una vez, en el sueño de los ciegos donde el sabor defina paisajes, donde el olor tiña los campos del rumor de hierba, donde el tacto de una piel te narre los matices del gesto de quien te abraza. Y que alguien, al fin, susurre el brillo lunar e imposible de atrapar en la cambiante mar.

Se lengua erguida inyectando adrenalina entre labios mullidos de carne coralina, que ya procederá el tic tac a desalojar lo piretico y deforme de tu hambre versada en mi memoria, se el domador de los versos acuosos amortiguando las ortigas de tus entrañas, y si te atreves, vacíame el mirar, miénteme hasta matarte y sino, púdrete en la indiferencia del universo.

Dijo ella, un Domingo cualquiera podrida de primavera.

Blanco perfecto...



En el verso que no escribiré, en los cuentos merecidos que no te contaron, las perfectas balas que hicieron de  miserias, poesía...  se propagan. En la recamara, ajenas a las lenguas livianas, sin filo, incapaces de formar zanjas en la piel, esta toda la luz que me hace blanco perfecto de cafés fríos, de cazadores apostados en las cunetas del quizás  buscando redención en la lucha, amilanados, parapetados en la desigualdad, insuficientes para el cara a cara, quizá inteligentes, posiblemente vencidos por el sonido estrepitoso del hastió, vacíos sin inspiración en resumen.

 No podrás alcanzarme, roto a velocidades impalpables para quien  no duda de su experiencia y dilatándola mas allá del ahora que fue, la nombra certeza o clarividencia. Que estupidez... ¿No te parece?
 Suponer que conoces todos los pasos cuando nunca te dejaste ir sobre el rumor de la hierba, sin dirección.

Ay, petulante animal domesticado no intuiste ni por asomo lo que supone ser de permanente arcilla.

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